En el Diario de Cádiz de hoy, el candidato a la alcaldía
de la ciudad del partido Podemos pone como su guía político a Fermín Salvochea, al que piensa imitar durante su mandato como alcalde si las urnas así lo deciden.
Ignoro de qué asignatura da clases nuestro candidato a
Alcalde, si no está liberado claro, pero debía profundizar un poco más en la
Historia, así sabría que, además de las actitudes brillantes, abnegadas y
heroicas, los revolucionarios, de derecha o de izquierda, los salvadores de la
patria y los salvadores del pueblo, todos, suelen dejar tras de sí unas
secuelas de daños y destrozos, cuando no de lágrimas, de sangre y desgracias
humanas. Secuelas quizás necesarias para obtener la revolución y la adquisición
rápida del poder, pero que resultan cuanto menos molestas para quienes las
sufren, quienes las padecen y quienes las pagan.
En mi época de adolescente era un joven romántico en una
ciudad también muy romántica o que al menos entonces todavía conservaba rastros
de su antiguo romanticismo. Quizás por eso visitaba a menudo la tumba de Fermín
Salvochea en el cementerio de San José, en el espacio dedicado al cementerio
civil conocido popularmente como “el patio de los amargaos” porque en él,
además de a los no católicos, se enterraban a los suicidas. Yo veía a Salvochea
como un idealista, un hombre bueno que había luchado por los desheredados de la
fortuna, incluso me identificaba con su figura de rebelde ante la sociedad de
Cádiz que no le gustaba, igual que a mí tampoco me gustaba la sociedad de esa
época y esta visita, que entonces sólo realizábamos algunos iniciados, me
confirmaba en mis ideas de progreso y de mejora de la sociedad.
Dejé de ir cuando conocí algo más de su obra y, sobre
todo, cuando conocí a algunos de los que hacían bandera de su figura, de su vida altruista,
de su generosidad y de su honradez, pero que en verdad la utilizaban para introducirse
en el poder y poder beneficiarse de los dineros públicos que tan generosamente
se ofrecieron a toda clase de pillos, falsarios y caraduras a partir de finales
de los setenta y principios de los ochenta del siglo pasado.
Aunque mis ideas sean las mismas de entonces, pero
animado quizás por algún malvado y envidioso resentimiento, fruto de que en toda mi vida de funcionario,
nunca pude disfrutar del estatus de liberado en cualquiera de las tres
categorías que existían con el P.S.O.E. y existen con el P.P. en la Diputación
Provincial, a saber, sindicales, políticos y administrativos, me permito hacer
esta pregunta a los admiradores de nuestros salvadores de uno y otro signo:
¿Quién paga la Revolución?
Por seguir con el ejemplo de buen alcalde de nuestro
gaditano, nos preguntamos ¿quién pagó los gastos de las revoluciones locales de
1868 y del Cantón gaditano de 1873 de las que fue alma y dirigente indiscutible
el hoy modelo a imitar Fermín Salvochea? La respuesta es muy simple, el pueblo
de Cádiz. El pueblo que es siempre el que paga los platos rotos; en este caso
rotos por los revolucionarios idealistas, políticos al fin y al cabo, que
venían a salvar a este mismo pueblo al que luego cobrarían los destrozos.
En una próxima entrega, ya hablaremos de los famosos
fusiles americanos, en esta entrada vamos a reseñar algunos de los gastos a los que tuvieron
que hacer frente los gaditanos tras los fastos revolucionarios de estos años.
En el mismo año 1868, a consecuencia de los sucesos del 5
de diciembre, recibió el Ayuntamiento varias reclamaciones para cobrar
indemnizaciones por daños ocurridos durante la revuelta. Así la Compañía
Central de Alumbrado y Calefacción por Gas le reclamó 81.397 reales y 87
céntimos por los daños recibidos, que incluían entre otras partidas, 200
farolas destrozadas, 10 espiochas, 3 picos y 2 palas “llevadas y no devueltas”,
700 kilos de carbón “entregados por un bono del Sr. Vilches Oficial de
Milicias”, 14.632 metros cúbicos de gas
perdidos por roturas de tuberías, unos 500 metros de tuberías repuestos y “la
manutención de los operarios y suplentes que quedaron encerrados en la fábrica
durante la revolución”.
Luis Vallejo, el contratista de la limpieza pública, al
que durante la revuelta le “fueron ocupados los carros del apero por los
Voluntarios de la Libertad” para destinarlos “a la conducción de efectos”, así
como los mulos “para trasporte de cañones y cureñas de hierro de un peso
enorme, cuya operación dejó al ganado en general maltratado y ocasionó la
muerte de dos mulos.” Además, “Los carros quedaron todos en el mayor deterioro
y sin las compuertas que todas desaparecieron, inutilizándolos, no sólo a causa
de las barricadas, sino con posterioridad a los sucesos porque han tenido que
transitar por las calles cuyo pavimento estaba todo levantado, particularmente
por el barrio del Hospicio y Palma que ha permanecido más de dos meses en el peor
estado”.
Ni que decir tiene que la proverbial falta de fondos del
Ayuntamiento no permitió que cobraran al principio ni un solo real, alegando
los regidores de San Juan de Dios, a los franceses que habían presentado su
reclamación a través del Consulado de Francia, “como si la Fábrica fuera
extranjera”, lo que no se podía permitir, diciéndoles que la presentaran
directamente y que ya decidirían, al español, aunque sólo pedía el valor de los
carros deteriorados y del ganado perdido, le dijeron que “sería sentar un mal
precedente, dando lugar a que todas las personas que se crean encontrarse en el
mismo caso soliciten con razón que de la misma manera se les indemnice por los
perjuicios que puedan haber sufrido durante los sucesos de Diciembre” y sólo
lograrían “gravar considerablemente las arcas del municipio”. Tendrían que
esperar años a que el Ayuntamiento, forzado por el Gobernador, se viera
obligado a indemnizarles.
Años
después en 1873 vuelve la revolución a Cádiz con los sucesos del Cantón, en los
que de nuevo Salvochea, esta vez como alcalde, es el promotor y principal
dirigente.
Un
mes antes de declararse la ciudad en Cantón, el Ayuntamiento había expropiado y
derribado en cuestión de pocos días la capilla de la Orden Tercera de San
Francisco del callejón del Tinte que era propiedad de esta Orden y no del
convento de San Francisco. Interpuesto un pleito por Juan de Silóniz su
“Ministro Presidente”, que reclamaba al Ayuntamiento una indemnización por
importe de 179.424,89 pesetas, éste le ofertó a cambio o construirle de nuevo
la capilla o indemnizarle con 75.000 pesetas a pagar en diez anualidades de
7.700 pesetas cada una. Al igual que en el caso anterior, años después todavía
el Ayuntamiento continuaba pagando por el derribo de la capilla del callejón
del Tinte.
Una
reclamación menor es la que hace un modesto carpintero, al que el Mayordomo
municipal le encargó, “por acuerdo de la Comisión de Gobierno que presidía Don
Fermín Salvochea”, que “quitase las coronas de los escudos de la cancela de
caoba de la segunda puerta principal” de la casa consistorial. Aunque se trataba sólo de 120 reales, esta
reclamación también fue rechazada, “por falta del visto bueno de dicha
Comisión”; pese a que el artesano insistió en que no podía obtener dicho visto
bueno, “porque los individuos que pertenecían a dicha corporación se hallan
ausentes”, unos presos y otros huidos, como bien sabían los munícipes gaditanos
que les habían sustituido.
Son historias prosaicas, sin ninguna relevancia ni grandeza
histórica, pero que demuestran que los grandes hombres, y los revolucionarios y
nuestros políticos lo son, no se entretienen en menudencias ni pamplinas
menores, ¿los destrozos que hagamos y los resultados de nuestros errores? Ya
los pagará el pueblo, como hace siempre… A menos que los elegidos sean personas
normales, sin deseos de gloria, que sólo piensen en administrar bien nuestros
dineros y nuestros intereses ciudadanos.
En fin, Mayo está cerca y, mientras esperamos la llegada
de esos políticos ideales que sólo existen en nuestra imaginación, volvamos al
silencio reflexivo del que nunca debimos salir, y continuemos revolviendo papeles viejos del Archivo Municipal de Cádiz del que hemos sacado estas notas.
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