jueves, 9 de octubre de 2014

Miedo al contagio

 

            Si en nuestro siglo XXI, a pesar de los gigantescos avances en la tecnología y en la medicina nos puede causar alarma, miedo y hasta pavor la posible presencia de una enfermedad contagiosa cuyo modo de contagio desconocemos, podemos imaginarnos lo que podía representar en la sociedad gaditana del siglo XIX la aparición de una epidemia entonces tan mortífera como el llamado cólera morbo.

            Las alarmas ante los brotes de cólera eran habituales en Cádiz y su entorno desde hacía siglos. Su condición de puerto de mar abierto a casi todo el mundo conocido, hacía que las autoridades ante la primera alarma implantaran una serie de medidas preventivas como la cuarentena de las personas, la clausura de los espectáculos públicos o la prohibición de entrada en la ciudad de alimentos o ropas que se suponía eran los propagadores de la mortal infección.

            Aunque la lucha contra esta epidemia dio lugar a numerosos sucesos muy curiosos desde nuestra óptica actual, ya que entonces resultarían dramáticos, hoy trataré sólo de dos actuaciones municipales que retratan hasta donde llegaba el miedo ante el contagio y la ignorancia de sus medios de propagación y de cura.

            El 23 de agosto de 1854 el Alcalde de Chiclana y Presidente de su Junta de Sanidad Francisco Manjón envía a su homólogo de Cádiz este escrito: “Gozándose en esta villa del más perfecto estado de salud por la Misericordia de Dios y declarado que en esa capital se padece el cólera morbo, la Junta de mi presidencia ha resuelto cerrar absolutamente toda comunicación con esa Plaza.” Y pensando en los chiclaneros que se encontraran en la plaza infectada, les conminaba así: “Al propio tiempo ha acordado conceder a los vecinos de esta población que se encontrasen en ésa, el término de hasta la hora de ponerse el sol del día de mañana, para regresar a sus hogares.”. 

            Otro ejemplo de miedo e insolidaridad se produjo años después. En 1860 regresan a Cádiz las tropas que habían participado en la guerra con Marruecos. En el mes de Febrero de ese año, al conocer la toma de Tetuán, el repique de las campanas de la ciudad y las bandas militares de la guarnición despertaron de madrugada a “un inmenso gentío embriagado de gozo llenaba las calles de la población y “con indecible entusiasmo” vitoreando a la Reina, “al valiente ejército español y a su ilustre caudillo”, “exaltando a las bizarras huestes de Isabel 2ª, dignas émulas de los esforzados tercios de la primera Isabel”.  Ese mismo día el Ayuntamiento acuerda “sacar procesionalmente por las calles de Cádiz el retrato de S. M. la Reina”.
Invitación a la procesión del retrato.
Incluso el mismo mes de Febrero, la Corporación municipal acuerda que se diera el nombre del general O´Donnell, el Duque de Tetuán que había dirigido las tropas españolas hacia la victoria, a una de las más céntricas calles de Cádiz, la calle Ancha.

La lápida para la anterior calle Ancha.

Pero ¿y los soldados? En el mes de Abril cuando las tropas victoriosas se acercaban a la ciudad, la Corporación se dirige al Gobernador Civil en un escrito que comenzaba así: “Uno de los más importantes deberes de V. E. es conservar la salud de los ciudadanos, la salud pública es la suprema ley” y “si a algunos buques que vienen de nuestras Antillas no se les da libre entrada, aunque gocen de la mejor salud los que en ellos viajan… hay que hacer lo mismo con nuestros regimientos que vuelven de la campaña de África “.

Alertaba que “los colchones, las prendas de vestir desaseadas y otros objetos ya se están introduciendo en Cádiz”, “atraviesan nuestras calles y extienden sus emanaciones con riesgo del vecindario que ya hoy está alarmado porque presiente sus consecuencias”.

Y aunque “muchas son las simpatías que nos unen a nuestro valiente ejército…y a nuestros soldados a los que no queremos de modo alguno negarles nuestra hospitalidad, nuestra entusiasta recepción, cual se merecen, como distinguidos héroes de la Patria”, proponía que los soldados y los oficiales se alojaran en los cuarteles y “que en modo alguno se alojen en las casas” como eran habitual; si traían con ellos sus colchones que se sacaran de la ciudad “procurando hacerlo a alta hora de la noche”; que sus “efectos de vestuarios y demás artículos que traigan de África se coloquen para su previa ventilación ya en la Aguada, ya en el fuerte de Puntales, ya en el Campo Soto”; que si venía algún enfermo, aunque no fuera de cólera, que no se mandara al más céntrico Hospital de San Juan de Dios; y por último que si había habido durante la travesía algún afectado por el cólera, “toda la tropa deberá desembarcar en Puerta Tierra y permanecer allí acampados hasta su marcha”.

La petición municipal tuvo eco acordándose por el Gobernador Civil y por la autoridad militar el acuartelamiento de la tropa y que toda la impedimenta que traían los soldados no entrara en Cádiz y quedara almacenada fuera de la población.
 
En Gerona aclamados, en Cádiz temidos.

                     
            Del Archivo Municipal de Cádiz


jueves, 25 de septiembre de 2014

Carta de Matagorda U.S.A.


 
Matagorda U.S.A.

            Habían pasado doce años, ya la Guerra Hispano-Norteamericana se estaba olvidando y los antes denostados yankees eran personas normales a los que, en una ciudad que se preciaba culta y cosmopolita, había que darles el mismo trato correcto y educado que a los demás extranjeros.

            En 1910 Harriet Talbot, profesora de la Universidad norteamericana de Nashville se dirigió al Alcalde de Cádiz con una carta de la que utilizo la versión en español, incluso el nombre “Tejas” que el ignorante traductor españoliza quizás por parecerle inglés el “Texas” que se correspondía con la tradicional grafía española de ese territorio.
 
 
Miss Talbot, tras disculparse por escribirle en su idioma, confiando en que nuestro Alcalde tendría “un traductor de inglés” por lo que “no le causará gran molestia entender esta comunicación”, le dice que “Aun cuando ahora resido en Nashville Tennessee, nací y me crié en Matagorda (Tejas) y tanto mis paisanos como yo hemos tenido siempre curiosidad por saber de dónde le vino a nuestra preciosa villa sobre el mar este amable nombre. Y habiendo leído últimamente que cerca de Cádiz hay un fuerte de ese mismo nombre, escribo a usted preguntándole de donde viene a ese fuerte su nombre. ¿Fue llamado así en honor de algún preeminente ciudadano de Cádiz o por algún heroico defensor de sus murallas? ¿O es sólo un nombre con esa definición? ¿O es nombre de algún objeto de la naturaleza o se le dio en recuerdo de algún acontecimiento notable de tiempos antiguos? ¿Y sabría Vd. por qué se llama así este pequeño pueblecito de Tejas? ¿Se habrá llamado así por este fuerte español? Y si es así ¿quién le confirió este nombre?

Tras disculparse de nuevo, “Como no puedo comprar aquí sellos españoles por eso no los remito para su contestación”,  le quedaba agradecida por si pudiera darle alguna información.


El Alcalde ordenó que se le diera la información que existiera en el Archivo Municipal. Y correspondió a Pedro Riaño emitir este informe que resumimos: “La Bahía de Cádiz se estrecha para formar su segundo seno en dos puntas, una llamada Matagorda en término de Puerto Real y la otra el Puntal, término de Cádiz. El nombre de Matagorda se usaba ya a finales del siglo XVI sin que se sepa cuál fue el origen de dicho nombre. En 1596 una armada inglesa sostuvo combate con la española junto a Matagorda y en él perdieron los españoles las naves “San Felipe”, “Santiago” y el “Santo Tomás” y además hubo que incendiar toda la Flota de Indias para que no cayera en poder del enemigo…Puede ser que en recuerdo de este triunfo naval de Inglaterra y que tan caro costó a España, algunos emigrantes británicos de los Estados-Unidos fundaran ese pueblecito de Texas que lleva el nombre de Matagorda, eso parece ser lo más probable…”.

 Aunque el erudito informante, que por cierto escribe correctamente “Texas”, se olvidara en su escrito de los que colonizaron esa tierra española que llenaron de nombres españoles su toponimia, creo que la docente norteamericana quedaría muy contenta al recibir la carta de Cádiz con esta información, y además sin haber tenido que mandar antes los sellos para su franqueo.

Del Archivo Municipal de Cádiz

Ni burkas ni capirotes


            En estos días en que se vuelve a hablar sobre la conveniencia de prohibir por motivos de seguridad que algunas mujeres musulmanas transiten por lugares públicos con la cara velada o tapada, conviene recordar que este mismo problema ya se presentó a los gobernantes gaditanos hace algunos siglos, sin que en ningún momento dudaran en adoptar las medidas que estimaron oportunas para salvar el orden público como era su obligación.
            En el siglo XVIII los Borbones emprendieron diversas campañas para prevenir la criminalidad; para ello dictaron varias Reales Órdenes prohibiendo el uso de armas cortas y de fuego, así como el uso por hombres y mujeres de prendas que impidieran ver su rostro, prohibiendo el uso de capas, sombreros o velos con este fin.

            En Cádiz se reprodujeron estas normas reales que buscaban acabar con la costumbre que se conocía como “Tapada de Mujeres”, costumbre que era habitual en la indumentaria de las mujeres en gran parte de España y de la América hispana.

            Los Gobernadores de Cádiz se aprestaron a dictar Bandos que reproducían estas Reales Órdenes, obligando “para la tranquilidad pública y seguridad de la vida humana” a los habitantes de Cádiz a obedecerlos bajo penas de cárcel o de multa.

            Así en 1721 Antonio Álvarez de Bohórquez ordena que “ninguna persona de cualquiera calidad sin excepción alguna use de día o noche, los disfraces y embozos que se traen y usan”, sino que “anden y lleven las caras descubiertas sin embozos, monteras o extraordinarios sombreros” (se repite en 1729) “que ninguna mujer, de cualquier estado, calidad y condición que sea, ande tapado el rostro, en todo o en parte, con manto ni ora cosa, sino descubierto de forma que sea conocida y vista”, y como era una época en que la condición social eximía a algunas personas del cumplimiento de las leyes, aclaraba que “sin que a las mujeres les valga el privilegio o fuero que tuvieren sus maridos” . El  incumplimiento se castigaba con una multa de diez mil maravedís y “el perdimiento del manto”.

            En 1732 insiste “prohibiendo que las mueres usasen del tapado de ojo” y como al parecer se había extendido el uso de abanicos ordena “que anduviesen con las caras descubiertas, sin usar de manto, abanico ni otra cosa que la malicia les hace discurrir para encubrir el rostro” y “que las imposibilite del conocimiento de sus personas”, condenando a las infractoras a la pérdida del abanico.

            Finalizando este siglo, en un Bando de Buen Gobierno de 1794 de Joaquín Mayone y Ferrari Conde de Cumbre Hermosa “se prohíbe que en las noches de verano se use de capa en los paseos de la Alameda, Muralla y Recinto, ni mantilla en la cabeza, para que los embozos y facilidad de taparse no prive a los vecinos honrados de la seguridad con que deben disfrutar la sencillez de estos honestos recreos”.
 
Tapada limeña.
            Estos bandos se leían públicamente, acompañado el vocero por soldados “con cajas de guerra y pífanos”,  “con visibles voces y presente multitud de pueblo” y en los lugares habituales, “calle Nueva, Plazuela de San Francisco, en la de San Antonio, esquinas de Porriño, Plazuela de los Descalzos, Barrio de Santa María en las esquinas más arriba de las que dicen de Valcázar, Plazuela de Santo Domingo y Puerta de Sevilla frente a la Real Aduana”.

            Ya en el siglo XIX, el represor absolutista Gobernador José Aymerich Vara en otro Bando de 1825 dispuso que “nadie andará por las calles cubierto el rostro, ni con máscara ni disfraz, en tiempo ni ocasión alguna”.

            Años después “Don Manuel María de Arjona, Caballero Profeso del Hábito de Montesa, Doctor en Jurisprudencia, Gefe de 2ª clase de Administración Civil”, en su calidad de “Alcalde Corregidor por Su Magestad”, es decir como la máxima autoridad competente en el orden público de la ciudad de Cádiz, buscando “el mejor orden de las procesiones de Semana Santa e impedir los excesos a que pueden dar lugar el uso de antifaces” y de las molestas peticiones de limosnas, dictó el siguiente Bando: “Por ser contrario a la buena Policía, prohíbo que los individuos de las Hermandades y Cofradías hagan cuestaciones, ni vayan con la cara cubierta vestidos de penitentes, sino en el acto de ir incorporados en la procesión de que formen parte. Los infractores de este Edicto serán detenidos a mi disposición por los Celadores de Vigilancia y Alguaciles de Policía Urbana”. Cádiz 21 de Marzo de 1853.

            A los dos días de aparecer este bando el Comandante de la Guardia Municipal Cristóbal Rivas “dejó detenido en la Prevención Municipal a disposición del Señor Alcalde”, a Julián García, que trabajaba en una pensión, pues era “doméstico de la Casa de Pupilos de la calle de la Torre nº 56 y 57”, el cual “vestido de penitente de Jesús Nazareno y con la cara tapada pedía con una batea vieja de charol en la que llevaba 23 reales”, interrogado dijo que pedía por una promesa que tenía hecha. Aunque el penitente detenido fue puesto en libertad dos días más tarde por una orden verbal del Alcalde, no se le devolvieron ni la bandeja con la que pedía ni los 23 reales que había obtenido en su interrumpida colecta.
 
Penitentes tapados por la calle.
 
            ¿Acató la sociedad española estas prohibiciones? ¿Lograron cambiar los usos y modos de vestir? Mi abuela me contaba que siendo niña viajó a finales del siglo con sus padres desde Bornos hasta Vejer al entierro de un familiar y recordaba que todas las mujeres que vieron por la calle y las que asistieron al velatorio llevaban el traje de cobijada o tapada, vestido que estuvo en uso en esa población y creo que también en Tarifa hasta finales de los años cuarenta; en cuanto a los penitentes tapados o descubiertos todavía hoy los hay para todos los gustos.

Por supuesto que esta forma de proceder pertenece al pasado. Desde nuestra visión actual del Mundo resulta impensable que se legisle sobre el modo de vestir de las personas; además, conociendo a las autoridades gaditanas dudo que ninguna se atreva a interferir en lo más mínimo en el arriesgado mundo de las minorías étnicas o en el no menos arriesgado mundo de las minorías cofrades.    

            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Los escribientes de San Juan de Dios


            Aunque sea una estampa ya afortunadamente desaparecida de nuestras ciudades, hasta bien entrado el siglo XX era frecuente la utilización de los servicios de estos profesionales de la pluma o la máquina de escribir, los amanuenses o escribientes que por una módica cantidad rellenaban estadillos, escribían primorosas cartas de amor o de negocios o redactaban las instancias tan necesarias para cualquier trámite ciudadano ante las administraciones públicas de nuestro país.

            El analfabetismo reinante y la dificultad de redacción de los escritos dirigidos a autoridades y funcionarios propiciaron la aparición de verdaderos escritorios públicos en las cercanías de las sedes administrativas, en una estampa que todavía hoy puede contemplarse por desgracia  muchos países.
Escribiente en la Arequipa de Vargas Llosa.
 

     Muy conocidos fueron los escribientes de Barcelona, como los ubicados junto al Palau de la Virreina que aparecen en esta fotografía; por cierto que el último de estos amanuenses continuó con su actividad hasta 1992.
Los escribientes de Barcelona.
            En Cádiz hasta finales del siglo XIX los escribientes tuvieron su sitio entre los arcos de los soportales del Ayuntamiento. Las periódicas crisis económicas que azotaban a la ciudad arrojaban al paro y la pobreza a un buen número de personas que, por su esmerada educación familiar, por su anterior trabajo en los escritorios de las firmas mercantiles desaparecidas o por su condición de funcionarios cesantes por los cambios políticos, encontraban en esta modesta profesión una forma de ganarse el sustento.

            Para instalarse en los soportales se necesitaba el correspondiente permiso municipal, como el que solicita en 1840 Juan Pacheco quien “hace bastante tiempo se encuentra sin colocación alguna y en bastante indigencia, sin poder atender a socorrer y alimentos a sus hijos, por lo que ha pensado, para no ser víctima de la necesidad, establecerse o situarse en uno de los arcos que se encuentran vacantes de esta Casa Consistorial con el objeto de ocuparse de memorialista”. El permiso se le concedió, tras el informe favorable de su Alcalde de Barrio “sobre su conducta moral y política”.

            Este informe de conducta se exigía incluso a los que, por alguna circunstancia, dejaban de ejercer esta profesión durante algún tiempo. Es lo que le sucedió a Antonio Álvarez Osorio, casado y con dos hijos menores, quien había “faltado un año en ocupar la carpeta que se hallaba situada en el número 2 de los arcos”; por lo que necesitó que el Alcalde del Pópulo certificara que “D. Antonio Álvarez Osorio, vecino de esta demarcación Calle de la Posadilla nº 303, en el tiempo que ha estado avecindado en ella ha observado buena conducta, tanto moral como política”, para que se le autorizara su vuelta a los soportales.

            Pero aunque los soportales de San Juan de Dios servían de cobijo para escribientes y clientes, a veces las condiciones meteorológicas dificultaban la estancia en los mismos, lo que motivó la súplica que en 1839 dirigieron al Alcalde “Los escribientes públicos que subscriben establecidos con sus respectivas carpetas numeradas en los Arcos de las Casas Consistoriales” a los que, “por desgracia les es forzoso sufrir la rigidez de la invernada para buscar su subsistencia y las de sus esposas e hijos”, y que “con dolor del corazón han visto en los años pasados enfermar y ser víctimas algunos de sus compañeros a influjo de la intemperie, sin tener el auxilio de poderse guarecer en algunos puntos con la pared del frente”, por ello solicitaban que se les autorizara acercarse a la pared del edificio conservando el mismo orden en que se encontraban, lo que “no ocasiona el más leve perjuicio ni incomodidad al tránsito, se concilian los extremos para los despachos del público y se evitan los males y desgracias a que están expuestos”.

            Estos argumentos no conmovieron al Alcalde que al parecer no los quería tan cerca, por lo que sólo les dio permiso para “que se coloquen contra los macizos de los arcos y de espalda a éstos, vuelta la cara hacia la Casa Capitular”.

            Y de cara al Ayuntamiento continuaron los amanuenses ganándose la vida con sus plumas hasta los comienzos del siglo XX en que, por razones de seguridad pública al haber sufrido las Casas Consistoriales varios intentos de asalto, se quitaron de ese lugar, colocándose centinelas del Ejército e incluso prohibiéndose el paso de los peatones por debajo de los soportales.

            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz  

    

El libro de Orgambides


            Me envía Fernando Orgambides la invitación para el acto de presentación en Madrid de su libro “Manuel Rodríguez Piñero (1872-1929) La causa republicana en el Cádiz de la Restauración”, que se celebrará el próximo día 24 del actual mes de Septiembre en la Fundación Diario Madrid sita en la calle Larra 14, donde el autor compartirá diálogo con unos invitados muy cualificados. Aprovechando la ocasión busqué para releerla la entrada que escribí para El Papelón sobre este libro en cuanto se puso a la venta en la gaditana librería Manuel de Falla de la plaza de Mina y descubro con sorpresa que no llegué a publicarla. Fuera por inexperiencia en los temas informáticos o por un despiste propio de mi edad, el caso es que la entrada se quedó escrita y guardada, por lo que procedo ahora a subsanar mi torpeza anterior.


            El libro de Orgambides.

            Ya ha salido publicado el libro de Fernando Orgambides “Manuel Rodríguez Piñero (1872-1929). La causa republicana en el Cádiz de la Restauración”, un libro que no debe faltar en la biblioteca de ningún aficionado a la Historia de Cádiz, ya que nos describe un personaje inmerso en a una época que, salvo excepciones, ha sido poco estudiada y es poco conocida por la mayoría de los gaditanos a pesar de su proximidad.

            Por ser testigo de la elaboración del libro puedo dar fe de la rigurosidad de su contenido, ya que es fruto de un serio trabajo de investigación como lo acreditan las fuentes utilizadas aunque, por la condición de periodista que no de historiador de su autor, algunos echemos en falta algunos detalles como la referencia de notas en el texto, lo que haría al libro más “científico”, aunque también quizás más “aburrido” y menos atractivo.

            Escuché hablar de la figura de Manuel Rodríguez-Piñero casi desde niño, por formar parte de las historias gaditanas “políticas” de transmisión oral; esas que nos relataban los mayores y que guardábamos en la memoria junto con “las otras” sobre las murallas, los franceses o el maremoto de la calle de la Palma. Entre estas historias políticas se encontraban la caída desde la mesa y posterior fallecimiento de Fermín Salvochea por haber regalado su cama a un necesitado, las bofetadas que “Carranza padre” (el del estadio) le propinó en la plaza de San Juan de Dios a la salida de un pleno a “Carranza hijo” (el del puente) o el, entonces todavía cercano, heroico comportamiento de la novia del telegrafista Luis Parrilla presenciando su fusilamiento, y la del personaje de este libro.

Rodríguez Piñero era un esforzado republicano que falleció en 1929 sin ver por dos años el triunfo de sus ideales, pero todo Cádiz sabía, o al menos lo contaba como real, que sus hijos fueron tras la proclamación de la II República al cementerio de San José a visitar su tumba para decirle, en versión de los informantes, “Papá por fin lo hemos conseguido”.

            Lo que entonces me llamaba la atención era el tono de normalidad con que los narradores hablaban de la filiación republicana del protagonista; a pesar de la proximidad de la Guerra Civil, y de que muchos pertenecían al bando de los vencedores, ninguno hablaba en tono despectivo o rencoroso de este político republicano, ya que ni siquiera se bajaba la voz al hablar de él como se hacía cuando se hablaba de los “rojos” o de los “nacionales”. O el republicanismo de Rodríguez-Piñero era asumible por todos los gaditanos o su figura había entrado ya en el imaginario de los personajes propios de la ciudad.

Años después entré de pasante en el despacho de abogados de su nieto Manuel Rodríguez-Piñero y conocí a otros miembros de su familia, una familia en la que continuaban vivas algunas figuras del republicanismo español del siglo XIX, hasta el punto de que se citaban frases o anécdotas de Salmerón o Castelar como si se tratara de cualquiera de los ministros franquistas del Opus Dei que eran los que estaban entonces.

            Rescatar del olvido esa figura y ese periodo de la historia gaditana contemporánea es el objetivo de este magnífico libro de Fernando Orgambides; lo que ha conseguido elaborando una exhaustiva biografía personal que contempla sus empresas profesionales, sus implicaciones políticas y sus relaciones con numerosos personajes de la vida gaditana y española que aparecen en la obra y que algunos, que ya no somos tan jóvenes, alcanzamos a conocer.

            En esta época de exaltación publicitaria de tantas medianías culturales, es un consuelo la aparición de un libro respetuoso con la Historia, serio aunque ameno, y neutral aunque inspirado por el espíritu liberal abierto y tolerante que antaño distinguió a los gaditanos. Le deseamos un gran éxito y esperamos su próxima presentación en Cádiz.

               

     

jueves, 14 de agosto de 2014

LA PLAZA DEL PUEBLO Y EUGENIO CAMPE


 


            La actual plaza de San Juan de Dios ha tenido varios nombres; además de llevar el nombre de la orden religiosa propietaria del hospital que da a esa plaza, también ha sido llamada, entre otros nombres, por la plaza Real, de la Villa, de la Corredera, e incluso simplemente como la Plaza, aunque es menos conocida esta otra denominación que les contamos.

            Corría el año de 1867, Eugenio Campe era un periodista y polemista brillante, de ideas políticas avanzadas, podíamos definirlo como un demócrata o liberal progresista, equivalente a lo que después se conocería como republicano. Perteneciente a una conocida familia de comerciantes germanos del centro de Cádiz, fue elegido como Concejal en el Ayuntamiento que surgió tras la revolución de 1868 que llevaría al exilio a Isabel II.

            Como a raíz de esta expulsión se había quitado el nombre de esta soberana que tenía la anterior plaza de San Juan de Dios, Eugenio Campe propuso el 13 de septiembre que a la plaza se le diera el nombre de “Plaza del Pueblo”, propuesta que fue admitida en el pleno que tuvo lugar pocos días después, el 17 de septiembre, acordando los asistentes al punto octavo que en adelante llevara ese nombre.   

            Como plaza del Pueblo sirvió de escenario a diversos y trágicos acontecimientos históricos del siglo XIX hasta que finalmente se le volvió a denominar de San Juan de Dios, nombre que conserva en la actualidad.
La propuesta al Pleno de Eugenio Campe
 

            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz

A LA INFAME MANIGUA

 
 

            Como decía el tango, ¿Cuántos volverán? de los “pobres soldaditos” que marchaban “a la infame manigua” Muchos no volvieron, se quedaron para siempre en Cuba víctimas, no siempre de las balas enemigas, sino a veces de unas enfermedades tropicales entonces al parecer incurables.
            Uno de esos soldaditos fue el gaditano Felipe Silvera Vergara, movilizado en el Regimiento de Infantería de Antequera nº 11 que falleció el 24 de enero de 1880 en el Hospital Militar de Bayamo de “fiebre biliosa”, según reza el certificado de defunción expedido por el Capellán Párroco Castrense en Manzanillo donde se encontraba de guarnición dicho regimiento.

El certificado de defunción.

            El certificado de defunción acompañado de la liquidación de haberes, se enviaron al Ayuntamiento de Cádiz para que éste se lo notificara a su madre María Vergara, acompañando la relación de documentos que ésta debía presentar para cobrar los doce pesos que el Ejército le debía en su condición de heredera del soldado fallecido, cantidad que podría cobrar “cuando en la Caja General de Ultramar haya fondos y le llegue el turno de antigüedad”.
 
Le debían 12 pesos...
             SI fría y cruel fue la forma de comunicar su muerte a sus familiares a través del Ayuntamiento, más cruel resulta el apartado final de la liquidación que se refiere a los bienes y prendas personales del soldado: “No teniendo más prendas que las puestas se le dio sepuntura con ellas".
Sus únicas "prendas".
 
            ¿Cuál sería el dolor de su madre al recibir la noticia a través de los papeles que le entregó un guardia municipal? ¿Cuál su pena al leer este párrafo?
            Las historias de la vida cotidiana nos ayudan a comprender la gran Historia. Esta es una simple anécdota pero que nos revela cual era la forma de notificación a los familiares de los soldados caídos en Cuba, así como el respeto que se tenía al pueblo que entregaba la vida de sus hijos para una guerra que encima se acabaría perdiendo al final.

            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz.

domingo, 29 de junio de 2014

¿De donde era la piedra ostionera?

Piedra ostionera en la Alameda.

Con motivo de la desafortunada intervención que se está realizando estos días en nuestras murallas, recordé que hace muy poco un conocido arquitecto local hablaba de la piedra ostionera con la que se habían construido las murallas de Cádiz, asignando esta categoría en exclusividad a las que formaban el suelo rocoso de nuestra ciudad, lo que no es exacto pues, además de las primeras y pronto esquilmadas canteras locales, a partir del siglo XVII se fueron utilizando en su construcción piedras de los siguientes lugares, que señalamos colocadas por orden de su dureza.

Piedra Palomera del Puerto de Santa María, se deshacía con facilidad por lo que sólo se usaba para molduras en la construcción civil y en edificios de viviendas militares.

Piedra de Rota, parecida a la anterior aunque un poco más dura.

Piedra de Isla Paloma en Roche, más consistente que las anteriores, se usó en la construcción de las primeras murallas de la ciudad.

Piedra de Santi Petri, también se desgastaba con facilidad con los cambios de temperatura, por lo que se usó sobre todo en el arrecife o carretera desde Cádiz a la Isla de León.

Piedra de la Carraca, de Santa Catalina en El Puerto y de Chipiona, tenía la misma composición que los arrecifes marinos que aparecen con la marea baja; aunque sus materiales suelen erosionarse con las arenas que llevan las olas, es la que se empleó en casi todas las zapatas que sustentan las murallas.

Piedra de Roche, se extraía de 3 o 4 canteras, era más compacta que las anteriores, aunque no tenía una apariencia muy estética.

Piedra de Bolonia, también se sacaba de varias canteras, era más compacta y más dura que las otras, pero tenía la ventaja sobre las anteriores que se labraba muy bien.

Piedra del Jardal, que se extraía de la cantera de ese nombre y de otra cercana a la playa de la Barrosa; además de en las fortificaciones también se utilizó mucho en construcciones religiosas como la Iglesia Mayor de San Juan Bautista de Chiclana, la Prioral de El Puerto y la Catedral nueva de Cádiz.  

Piedra de Barruecos, se usaba para sillares como los de la Catedral, en casas particulares y en edificios militares en tierra, pero no en las murallas porque se  desconocía su comportamiento ante el agua del mar.

Calizas de Santa Ana, que se descubrieron en 1800 y se extraían de seis canteras por canteros que venían de Málaga por existir allí otras similares; eran muy resistentes al agua, y se usaron en caminos y escaleras de los recintos que se levantaron a partir de esos años.

Salipez, era el granito de las canteras de Chiclana y Vejer; considerado incluso mejor que le granito de Madrid, pero su dificultad para labrarla hizo que sólo se usara esta piedra en la muralla del Sur.

En resumen, aparte de los ladrillos, la mayoría de las piedras que se utilizaron para levantar las murallas de la ciudad no tenían origen gaditano, vinieron de Bolonia, Roche, Chiclana y La Isla.
 

Del Archivo Histórico Provincial de Cádiz.

UNA INDUSTRIA VICIOSA


 
Mucho vicio en unas cartulinas.
           
            Conocida es la fama que alcanzó en siglos pasados la industria gaditana de fabricación de naipes; las barajas gaditanas se impusieron en España y en América por la calidad y por el diseño de sus cartones, que llegaron a constituir un estilo propio conocido como  “a la gaditana” o “Cádiz”.

            Dado el auge de esta industria, en 1874 el Ministerio de Hacienda, con fines totalmente culturales claro, solicitó al Gobernador datos sobre las fábricas de naipes existentes en la provincia, la maquinaria y el personal que tenían, así como el número de barajas que producían.

            Por su contestación sabemos que en ese año existían en la ciudad de Cádiz cinco fábricas, El Venado, Los Dos Gallos, El Gallito, El León y Segundo de Olea.

            Respecto a la maquinaria que empleaban, las barajas se hacían “por  estampación a mano”, aunque cada fábrica disponía de “dos máquinas de cilindros laminadoras para satinar la cartulina y además un aparato bruñidor con el mismo objeto, todos movidos a mano excepto en la fábrica  de El León que han adoptado el movimiento por caballería”.

 En cuanto al personal que empleaban y el número de barajas que fabricaban por día laborable era el siguiente:

En El Venado trabajaban 9 hombres y 5 muchachos, que hacían  240 barajas diarias.

En Los Dos Gallos trabajaban 14 hombres y 15 muchachos que hacían 480 barajas diarias.

En El Gallito trabajaban 11 hombres y 4 muchachos, que hacían 360 barajas diarias.

En El León trabajaban 8 hombres, 5 muchachos y 5 mujeres, que hacían  240 barajas diarias

En Segundo de Olea trabajaban 22 hombres, 14 muchachos y 6 mujeres, que hacían 720 barajas diarias.

Se observa la continuación del sistema de trabajo tradicional de  los aprendices, los “muchachos” de la relación, así como una tímida  introducción del trabajo femenino.

Pero no todos los gaditanos estaban contentos con esta pujanza de la industria, o al menos con su publicidad, tres años después Benito Cuesta vecino de la calle Cristóbal Colón 17 denuncia el anuncio de madera que, con el rótulo “Fábrica de Naipes del León” y una carta gigantesca, se exhibía en la planta baja de la casa número 15 sede de esa fábrica, no sólo “por estar fuera de las condiciones del ornato público”, sino por “privar  de la vista al balcón” del denunciante.

Éste se queja de que antes no existía este problema, pues la finca 17 “estaba destinada a la venta de géneros” por lo que “los pisos altos no tenían otro destino que para dormitorio de los dependientes”, problema que ahora surgía por culpa de la  eterna crisis gaditana, “hoy, que por desgracia han desaparecido  de aquella calle  la mayor parte de estos establecimientos”. El Alcalde ordenó a la fábrica del Rey de la Selva que redujera las dimensiones de su anuncio “de modo que no avance a la vía pública más que las repisas de los balcones del principal”.

Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz 

EL BEATO DIEGO JOSÉ EN PROCESIÓN


 

            Hace unas semanas vi pasar por las calles de Cádiz en procesión la imagen del beato Fray Diego José de Cádiz. Al principio no le di importancia porque supuse que se trataba de una manifestación más del mundo cofrade, mundo que, según dicen es un mundo totalmente distinto del mundo religioso; pero cuando vi que, además de una magnífica banda de música, acompañaba o más bien presidía la procesión un religioso, comencé a hacerme unas preguntas que ahora planteo.

            Las ideas que en su día defendió ardientemente Fray Diego José, entre ellas el origen divino del poder de los reyes y de las autoridades civiles, la bondad de las supersticiones y la ignorancia popular, la demonización de las ciencias, o la defensa de la esclavitud o la Inquisición, ya no son defendidas por nadie dentro del Catolicismo. Han pasado algunos siglos, muchas encíclicas y hasta un concilio, el Vaticano II acatado por todos, al menos de palabra, y la Iglesia fue abandonando estas viejas ideas y abrazando curiosamente otras más cercanas a las de la propia Revolución Francesa que el Beato combatió toda su vida. No sólo por el sentir de los tiempos, sino porque los postulados de Libertad, Igualdad y Fraternidad, se acercaban más al Cristianismo que las ideas reaccionarias y retrógradas que defendió el capuchino gaditano.

            Es indudable que este tema es ajeno a la cultura cofrade, pero no debe ser ajeno a la cultura religiosa.

            Por eso me pregunto, ¿qué sentido tiene que miembros de la Iglesia Católica presidan públicamente en el siglo XXI una procesión con la imagen del Beato Diego? Si comulgan con sus ideas, están en contra de la doctrina de la Iglesia, que desde hace más de un siglo ya admitió por ejemplo su compatibilidad con las Ciencias modernas o con el Liberalismo.

            Pero además esta procesión se ha divulgado en los medios locales, habrá llegado al conocimiento de todos los católicos de la ciudad, incluidos aquellos que conocen y han estudiado algo la doctrina moderna de la Iglesia o, al menos, la Historia de España, por lo que me sigo preguntando.

            ¿El Obispo de Cádiz no tiene nada que decir al respecto? ¿Habría hablado si, por ejemplo, las ideas de Fray Diego se hubieran defendido hoy día por alguien en la prensa? ¿Su permisividad y silencio contrastan con las ideas contrarias al capuchino del Papa Francisco? Ideas que por cierto chocan con la praxis de una gran parte de la Iglesia de su Diócesis.

            ¿Ningún clérigo de la “culta Cádiz” tiene tampoco una opinión sobre este culto? ¿Es que tienen miedo de expresarla? ¿Es que imitan a los políticos y esperan a que el que manda se pronuncie para seguirle en su misma dirección?

            ¿Y los intelectuales católicos? Al menos dos catedráticos de nuestra Universidad publican artículos regularmente en la prensa local; además uno de ellos está especializado en la época en que vivió Fray Diego. Ellos si tienen una reconocida cultura religiosa y de la otra, junto con una plena libertad de pensamiento como manifiestan en sus escritos. ¿Tampoco ellos tienen una opinión formada? ¿No le dan importancia por ser una cosa de “capillitas”, propia de una religiosidad popular que no tiene cabida en su mundo superior?

            ¿Tampoco tienen nada que decir los católicos cultos? ¿Dónde están? ¿Por qué dejan que la imagen pública de la Iglesia Católica provenga sólo de las plumas de algunos habituales de las Cartas al Director de nuestro Diario de Cádiz?

A nadie, a nadie le ha resultado extraño, heterodoxo, o al menos extemporáneo, este resurgir de la devoción por el Beato Diego de Cádiz. 

Sin duda se trata de un problema de falta de cultura, pero si tanta gente no ve ninguna incongruencia ni tiene ninguna duda al respecto, ¿por qué tengo yo que hacer estas preguntas? Y encima viviendo a dos pasos de la Capilla del Beato Diego.