viernes, 12 de septiembre de 2014

Los escribientes de San Juan de Dios


            Aunque sea una estampa ya afortunadamente desaparecida de nuestras ciudades, hasta bien entrado el siglo XX era frecuente la utilización de los servicios de estos profesionales de la pluma o la máquina de escribir, los amanuenses o escribientes que por una módica cantidad rellenaban estadillos, escribían primorosas cartas de amor o de negocios o redactaban las instancias tan necesarias para cualquier trámite ciudadano ante las administraciones públicas de nuestro país.

            El analfabetismo reinante y la dificultad de redacción de los escritos dirigidos a autoridades y funcionarios propiciaron la aparición de verdaderos escritorios públicos en las cercanías de las sedes administrativas, en una estampa que todavía hoy puede contemplarse por desgracia  muchos países.
Escribiente en la Arequipa de Vargas Llosa.
 

     Muy conocidos fueron los escribientes de Barcelona, como los ubicados junto al Palau de la Virreina que aparecen en esta fotografía; por cierto que el último de estos amanuenses continuó con su actividad hasta 1992.
Los escribientes de Barcelona.
            En Cádiz hasta finales del siglo XIX los escribientes tuvieron su sitio entre los arcos de los soportales del Ayuntamiento. Las periódicas crisis económicas que azotaban a la ciudad arrojaban al paro y la pobreza a un buen número de personas que, por su esmerada educación familiar, por su anterior trabajo en los escritorios de las firmas mercantiles desaparecidas o por su condición de funcionarios cesantes por los cambios políticos, encontraban en esta modesta profesión una forma de ganarse el sustento.

            Para instalarse en los soportales se necesitaba el correspondiente permiso municipal, como el que solicita en 1840 Juan Pacheco quien “hace bastante tiempo se encuentra sin colocación alguna y en bastante indigencia, sin poder atender a socorrer y alimentos a sus hijos, por lo que ha pensado, para no ser víctima de la necesidad, establecerse o situarse en uno de los arcos que se encuentran vacantes de esta Casa Consistorial con el objeto de ocuparse de memorialista”. El permiso se le concedió, tras el informe favorable de su Alcalde de Barrio “sobre su conducta moral y política”.

            Este informe de conducta se exigía incluso a los que, por alguna circunstancia, dejaban de ejercer esta profesión durante algún tiempo. Es lo que le sucedió a Antonio Álvarez Osorio, casado y con dos hijos menores, quien había “faltado un año en ocupar la carpeta que se hallaba situada en el número 2 de los arcos”; por lo que necesitó que el Alcalde del Pópulo certificara que “D. Antonio Álvarez Osorio, vecino de esta demarcación Calle de la Posadilla nº 303, en el tiempo que ha estado avecindado en ella ha observado buena conducta, tanto moral como política”, para que se le autorizara su vuelta a los soportales.

            Pero aunque los soportales de San Juan de Dios servían de cobijo para escribientes y clientes, a veces las condiciones meteorológicas dificultaban la estancia en los mismos, lo que motivó la súplica que en 1839 dirigieron al Alcalde “Los escribientes públicos que subscriben establecidos con sus respectivas carpetas numeradas en los Arcos de las Casas Consistoriales” a los que, “por desgracia les es forzoso sufrir la rigidez de la invernada para buscar su subsistencia y las de sus esposas e hijos”, y que “con dolor del corazón han visto en los años pasados enfermar y ser víctimas algunos de sus compañeros a influjo de la intemperie, sin tener el auxilio de poderse guarecer en algunos puntos con la pared del frente”, por ello solicitaban que se les autorizara acercarse a la pared del edificio conservando el mismo orden en que se encontraban, lo que “no ocasiona el más leve perjuicio ni incomodidad al tránsito, se concilian los extremos para los despachos del público y se evitan los males y desgracias a que están expuestos”.

            Estos argumentos no conmovieron al Alcalde que al parecer no los quería tan cerca, por lo que sólo les dio permiso para “que se coloquen contra los macizos de los arcos y de espalda a éstos, vuelta la cara hacia la Casa Capitular”.

            Y de cara al Ayuntamiento continuaron los amanuenses ganándose la vida con sus plumas hasta los comienzos del siglo XX en que, por razones de seguridad pública al haber sufrido las Casas Consistoriales varios intentos de asalto, se quitaron de ese lugar, colocándose centinelas del Ejército e incluso prohibiéndose el paso de los peatones por debajo de los soportales.

            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz  

    

El libro de Orgambides


            Me envía Fernando Orgambides la invitación para el acto de presentación en Madrid de su libro “Manuel Rodríguez Piñero (1872-1929) La causa republicana en el Cádiz de la Restauración”, que se celebrará el próximo día 24 del actual mes de Septiembre en la Fundación Diario Madrid sita en la calle Larra 14, donde el autor compartirá diálogo con unos invitados muy cualificados. Aprovechando la ocasión busqué para releerla la entrada que escribí para El Papelón sobre este libro en cuanto se puso a la venta en la gaditana librería Manuel de Falla de la plaza de Mina y descubro con sorpresa que no llegué a publicarla. Fuera por inexperiencia en los temas informáticos o por un despiste propio de mi edad, el caso es que la entrada se quedó escrita y guardada, por lo que procedo ahora a subsanar mi torpeza anterior.


            El libro de Orgambides.

            Ya ha salido publicado el libro de Fernando Orgambides “Manuel Rodríguez Piñero (1872-1929). La causa republicana en el Cádiz de la Restauración”, un libro que no debe faltar en la biblioteca de ningún aficionado a la Historia de Cádiz, ya que nos describe un personaje inmerso en a una época que, salvo excepciones, ha sido poco estudiada y es poco conocida por la mayoría de los gaditanos a pesar de su proximidad.

            Por ser testigo de la elaboración del libro puedo dar fe de la rigurosidad de su contenido, ya que es fruto de un serio trabajo de investigación como lo acreditan las fuentes utilizadas aunque, por la condición de periodista que no de historiador de su autor, algunos echemos en falta algunos detalles como la referencia de notas en el texto, lo que haría al libro más “científico”, aunque también quizás más “aburrido” y menos atractivo.

            Escuché hablar de la figura de Manuel Rodríguez-Piñero casi desde niño, por formar parte de las historias gaditanas “políticas” de transmisión oral; esas que nos relataban los mayores y que guardábamos en la memoria junto con “las otras” sobre las murallas, los franceses o el maremoto de la calle de la Palma. Entre estas historias políticas se encontraban la caída desde la mesa y posterior fallecimiento de Fermín Salvochea por haber regalado su cama a un necesitado, las bofetadas que “Carranza padre” (el del estadio) le propinó en la plaza de San Juan de Dios a la salida de un pleno a “Carranza hijo” (el del puente) o el, entonces todavía cercano, heroico comportamiento de la novia del telegrafista Luis Parrilla presenciando su fusilamiento, y la del personaje de este libro.

Rodríguez Piñero era un esforzado republicano que falleció en 1929 sin ver por dos años el triunfo de sus ideales, pero todo Cádiz sabía, o al menos lo contaba como real, que sus hijos fueron tras la proclamación de la II República al cementerio de San José a visitar su tumba para decirle, en versión de los informantes, “Papá por fin lo hemos conseguido”.

            Lo que entonces me llamaba la atención era el tono de normalidad con que los narradores hablaban de la filiación republicana del protagonista; a pesar de la proximidad de la Guerra Civil, y de que muchos pertenecían al bando de los vencedores, ninguno hablaba en tono despectivo o rencoroso de este político republicano, ya que ni siquiera se bajaba la voz al hablar de él como se hacía cuando se hablaba de los “rojos” o de los “nacionales”. O el republicanismo de Rodríguez-Piñero era asumible por todos los gaditanos o su figura había entrado ya en el imaginario de los personajes propios de la ciudad.

Años después entré de pasante en el despacho de abogados de su nieto Manuel Rodríguez-Piñero y conocí a otros miembros de su familia, una familia en la que continuaban vivas algunas figuras del republicanismo español del siglo XIX, hasta el punto de que se citaban frases o anécdotas de Salmerón o Castelar como si se tratara de cualquiera de los ministros franquistas del Opus Dei que eran los que estaban entonces.

            Rescatar del olvido esa figura y ese periodo de la historia gaditana contemporánea es el objetivo de este magnífico libro de Fernando Orgambides; lo que ha conseguido elaborando una exhaustiva biografía personal que contempla sus empresas profesionales, sus implicaciones políticas y sus relaciones con numerosos personajes de la vida gaditana y española que aparecen en la obra y que algunos, que ya no somos tan jóvenes, alcanzamos a conocer.

            En esta época de exaltación publicitaria de tantas medianías culturales, es un consuelo la aparición de un libro respetuoso con la Historia, serio aunque ameno, y neutral aunque inspirado por el espíritu liberal abierto y tolerante que antaño distinguió a los gaditanos. Le deseamos un gran éxito y esperamos su próxima presentación en Cádiz.

               

     

jueves, 14 de agosto de 2014

LA PLAZA DEL PUEBLO Y EUGENIO CAMPE


 


            La actual plaza de San Juan de Dios ha tenido varios nombres; además de llevar el nombre de la orden religiosa propietaria del hospital que da a esa plaza, también ha sido llamada, entre otros nombres, por la plaza Real, de la Villa, de la Corredera, e incluso simplemente como la Plaza, aunque es menos conocida esta otra denominación que les contamos.

            Corría el año de 1867, Eugenio Campe era un periodista y polemista brillante, de ideas políticas avanzadas, podíamos definirlo como un demócrata o liberal progresista, equivalente a lo que después se conocería como republicano. Perteneciente a una conocida familia de comerciantes germanos del centro de Cádiz, fue elegido como Concejal en el Ayuntamiento que surgió tras la revolución de 1868 que llevaría al exilio a Isabel II.

            Como a raíz de esta expulsión se había quitado el nombre de esta soberana que tenía la anterior plaza de San Juan de Dios, Eugenio Campe propuso el 13 de septiembre que a la plaza se le diera el nombre de “Plaza del Pueblo”, propuesta que fue admitida en el pleno que tuvo lugar pocos días después, el 17 de septiembre, acordando los asistentes al punto octavo que en adelante llevara ese nombre.   

            Como plaza del Pueblo sirvió de escenario a diversos y trágicos acontecimientos históricos del siglo XIX hasta que finalmente se le volvió a denominar de San Juan de Dios, nombre que conserva en la actualidad.
La propuesta al Pleno de Eugenio Campe
 

            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz

A LA INFAME MANIGUA

 
 

            Como decía el tango, ¿Cuántos volverán? de los “pobres soldaditos” que marchaban “a la infame manigua” Muchos no volvieron, se quedaron para siempre en Cuba víctimas, no siempre de las balas enemigas, sino a veces de unas enfermedades tropicales entonces al parecer incurables.
            Uno de esos soldaditos fue el gaditano Felipe Silvera Vergara, movilizado en el Regimiento de Infantería de Antequera nº 11 que falleció el 24 de enero de 1880 en el Hospital Militar de Bayamo de “fiebre biliosa”, según reza el certificado de defunción expedido por el Capellán Párroco Castrense en Manzanillo donde se encontraba de guarnición dicho regimiento.

El certificado de defunción.

            El certificado de defunción acompañado de la liquidación de haberes, se enviaron al Ayuntamiento de Cádiz para que éste se lo notificara a su madre María Vergara, acompañando la relación de documentos que ésta debía presentar para cobrar los doce pesos que el Ejército le debía en su condición de heredera del soldado fallecido, cantidad que podría cobrar “cuando en la Caja General de Ultramar haya fondos y le llegue el turno de antigüedad”.
 
Le debían 12 pesos...
             SI fría y cruel fue la forma de comunicar su muerte a sus familiares a través del Ayuntamiento, más cruel resulta el apartado final de la liquidación que se refiere a los bienes y prendas personales del soldado: “No teniendo más prendas que las puestas se le dio sepuntura con ellas".
Sus únicas "prendas".
 
            ¿Cuál sería el dolor de su madre al recibir la noticia a través de los papeles que le entregó un guardia municipal? ¿Cuál su pena al leer este párrafo?
            Las historias de la vida cotidiana nos ayudan a comprender la gran Historia. Esta es una simple anécdota pero que nos revela cual era la forma de notificación a los familiares de los soldados caídos en Cuba, así como el respeto que se tenía al pueblo que entregaba la vida de sus hijos para una guerra que encima se acabaría perdiendo al final.

            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz.

domingo, 29 de junio de 2014

¿De donde era la piedra ostionera?

Piedra ostionera en la Alameda.

Con motivo de la desafortunada intervención que se está realizando estos días en nuestras murallas, recordé que hace muy poco un conocido arquitecto local hablaba de la piedra ostionera con la que se habían construido las murallas de Cádiz, asignando esta categoría en exclusividad a las que formaban el suelo rocoso de nuestra ciudad, lo que no es exacto pues, además de las primeras y pronto esquilmadas canteras locales, a partir del siglo XVII se fueron utilizando en su construcción piedras de los siguientes lugares, que señalamos colocadas por orden de su dureza.

Piedra Palomera del Puerto de Santa María, se deshacía con facilidad por lo que sólo se usaba para molduras en la construcción civil y en edificios de viviendas militares.

Piedra de Rota, parecida a la anterior aunque un poco más dura.

Piedra de Isla Paloma en Roche, más consistente que las anteriores, se usó en la construcción de las primeras murallas de la ciudad.

Piedra de Santi Petri, también se desgastaba con facilidad con los cambios de temperatura, por lo que se usó sobre todo en el arrecife o carretera desde Cádiz a la Isla de León.

Piedra de la Carraca, de Santa Catalina en El Puerto y de Chipiona, tenía la misma composición que los arrecifes marinos que aparecen con la marea baja; aunque sus materiales suelen erosionarse con las arenas que llevan las olas, es la que se empleó en casi todas las zapatas que sustentan las murallas.

Piedra de Roche, se extraía de 3 o 4 canteras, era más compacta que las anteriores, aunque no tenía una apariencia muy estética.

Piedra de Bolonia, también se sacaba de varias canteras, era más compacta y más dura que las otras, pero tenía la ventaja sobre las anteriores que se labraba muy bien.

Piedra del Jardal, que se extraía de la cantera de ese nombre y de otra cercana a la playa de la Barrosa; además de en las fortificaciones también se utilizó mucho en construcciones religiosas como la Iglesia Mayor de San Juan Bautista de Chiclana, la Prioral de El Puerto y la Catedral nueva de Cádiz.  

Piedra de Barruecos, se usaba para sillares como los de la Catedral, en casas particulares y en edificios militares en tierra, pero no en las murallas porque se  desconocía su comportamiento ante el agua del mar.

Calizas de Santa Ana, que se descubrieron en 1800 y se extraían de seis canteras por canteros que venían de Málaga por existir allí otras similares; eran muy resistentes al agua, y se usaron en caminos y escaleras de los recintos que se levantaron a partir de esos años.

Salipez, era el granito de las canteras de Chiclana y Vejer; considerado incluso mejor que le granito de Madrid, pero su dificultad para labrarla hizo que sólo se usara esta piedra en la muralla del Sur.

En resumen, aparte de los ladrillos, la mayoría de las piedras que se utilizaron para levantar las murallas de la ciudad no tenían origen gaditano, vinieron de Bolonia, Roche, Chiclana y La Isla.
 

Del Archivo Histórico Provincial de Cádiz.

UNA INDUSTRIA VICIOSA


 
Mucho vicio en unas cartulinas.
           
            Conocida es la fama que alcanzó en siglos pasados la industria gaditana de fabricación de naipes; las barajas gaditanas se impusieron en España y en América por la calidad y por el diseño de sus cartones, que llegaron a constituir un estilo propio conocido como  “a la gaditana” o “Cádiz”.

            Dado el auge de esta industria, en 1874 el Ministerio de Hacienda, con fines totalmente culturales claro, solicitó al Gobernador datos sobre las fábricas de naipes existentes en la provincia, la maquinaria y el personal que tenían, así como el número de barajas que producían.

            Por su contestación sabemos que en ese año existían en la ciudad de Cádiz cinco fábricas, El Venado, Los Dos Gallos, El Gallito, El León y Segundo de Olea.

            Respecto a la maquinaria que empleaban, las barajas se hacían “por  estampación a mano”, aunque cada fábrica disponía de “dos máquinas de cilindros laminadoras para satinar la cartulina y además un aparato bruñidor con el mismo objeto, todos movidos a mano excepto en la fábrica  de El León que han adoptado el movimiento por caballería”.

 En cuanto al personal que empleaban y el número de barajas que fabricaban por día laborable era el siguiente:

En El Venado trabajaban 9 hombres y 5 muchachos, que hacían  240 barajas diarias.

En Los Dos Gallos trabajaban 14 hombres y 15 muchachos que hacían 480 barajas diarias.

En El Gallito trabajaban 11 hombres y 4 muchachos, que hacían 360 barajas diarias.

En El León trabajaban 8 hombres, 5 muchachos y 5 mujeres, que hacían  240 barajas diarias

En Segundo de Olea trabajaban 22 hombres, 14 muchachos y 6 mujeres, que hacían 720 barajas diarias.

Se observa la continuación del sistema de trabajo tradicional de  los aprendices, los “muchachos” de la relación, así como una tímida  introducción del trabajo femenino.

Pero no todos los gaditanos estaban contentos con esta pujanza de la industria, o al menos con su publicidad, tres años después Benito Cuesta vecino de la calle Cristóbal Colón 17 denuncia el anuncio de madera que, con el rótulo “Fábrica de Naipes del León” y una carta gigantesca, se exhibía en la planta baja de la casa número 15 sede de esa fábrica, no sólo “por estar fuera de las condiciones del ornato público”, sino por “privar  de la vista al balcón” del denunciante.

Éste se queja de que antes no existía este problema, pues la finca 17 “estaba destinada a la venta de géneros” por lo que “los pisos altos no tenían otro destino que para dormitorio de los dependientes”, problema que ahora surgía por culpa de la  eterna crisis gaditana, “hoy, que por desgracia han desaparecido  de aquella calle  la mayor parte de estos establecimientos”. El Alcalde ordenó a la fábrica del Rey de la Selva que redujera las dimensiones de su anuncio “de modo que no avance a la vía pública más que las repisas de los balcones del principal”.

Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz 

EL BEATO DIEGO JOSÉ EN PROCESIÓN


 

            Hace unas semanas vi pasar por las calles de Cádiz en procesión la imagen del beato Fray Diego José de Cádiz. Al principio no le di importancia porque supuse que se trataba de una manifestación más del mundo cofrade, mundo que, según dicen es un mundo totalmente distinto del mundo religioso; pero cuando vi que, además de una magnífica banda de música, acompañaba o más bien presidía la procesión un religioso, comencé a hacerme unas preguntas que ahora planteo.

            Las ideas que en su día defendió ardientemente Fray Diego José, entre ellas el origen divino del poder de los reyes y de las autoridades civiles, la bondad de las supersticiones y la ignorancia popular, la demonización de las ciencias, o la defensa de la esclavitud o la Inquisición, ya no son defendidas por nadie dentro del Catolicismo. Han pasado algunos siglos, muchas encíclicas y hasta un concilio, el Vaticano II acatado por todos, al menos de palabra, y la Iglesia fue abandonando estas viejas ideas y abrazando curiosamente otras más cercanas a las de la propia Revolución Francesa que el Beato combatió toda su vida. No sólo por el sentir de los tiempos, sino porque los postulados de Libertad, Igualdad y Fraternidad, se acercaban más al Cristianismo que las ideas reaccionarias y retrógradas que defendió el capuchino gaditano.

            Es indudable que este tema es ajeno a la cultura cofrade, pero no debe ser ajeno a la cultura religiosa.

            Por eso me pregunto, ¿qué sentido tiene que miembros de la Iglesia Católica presidan públicamente en el siglo XXI una procesión con la imagen del Beato Diego? Si comulgan con sus ideas, están en contra de la doctrina de la Iglesia, que desde hace más de un siglo ya admitió por ejemplo su compatibilidad con las Ciencias modernas o con el Liberalismo.

            Pero además esta procesión se ha divulgado en los medios locales, habrá llegado al conocimiento de todos los católicos de la ciudad, incluidos aquellos que conocen y han estudiado algo la doctrina moderna de la Iglesia o, al menos, la Historia de España, por lo que me sigo preguntando.

            ¿El Obispo de Cádiz no tiene nada que decir al respecto? ¿Habría hablado si, por ejemplo, las ideas de Fray Diego se hubieran defendido hoy día por alguien en la prensa? ¿Su permisividad y silencio contrastan con las ideas contrarias al capuchino del Papa Francisco? Ideas que por cierto chocan con la praxis de una gran parte de la Iglesia de su Diócesis.

            ¿Ningún clérigo de la “culta Cádiz” tiene tampoco una opinión sobre este culto? ¿Es que tienen miedo de expresarla? ¿Es que imitan a los políticos y esperan a que el que manda se pronuncie para seguirle en su misma dirección?

            ¿Y los intelectuales católicos? Al menos dos catedráticos de nuestra Universidad publican artículos regularmente en la prensa local; además uno de ellos está especializado en la época en que vivió Fray Diego. Ellos si tienen una reconocida cultura religiosa y de la otra, junto con una plena libertad de pensamiento como manifiestan en sus escritos. ¿Tampoco ellos tienen una opinión formada? ¿No le dan importancia por ser una cosa de “capillitas”, propia de una religiosidad popular que no tiene cabida en su mundo superior?

            ¿Tampoco tienen nada que decir los católicos cultos? ¿Dónde están? ¿Por qué dejan que la imagen pública de la Iglesia Católica provenga sólo de las plumas de algunos habituales de las Cartas al Director de nuestro Diario de Cádiz?

A nadie, a nadie le ha resultado extraño, heterodoxo, o al menos extemporáneo, este resurgir de la devoción por el Beato Diego de Cádiz. 

Sin duda se trata de un problema de falta de cultura, pero si tanta gente no ve ninguna incongruencia ni tiene ninguna duda al respecto, ¿por qué tengo yo que hacer estas preguntas? Y encima viviendo a dos pasos de la Capilla del Beato Diego.

           

domingo, 25 de mayo de 2014

Los Tercios Vascongados en Campo Soto



Con esas botas, pobres hierbas de Campo Soto.

            En 1859 estalló la que después sería conocida como Guerra de África; el Ejército español se prepara para marchar a la lucha en las tierras del reino de Marruecos en medio de un entusiasmo patriótico que surgió por todo el país. También en las provincias de las que hoy se denominan “nacionalidades históricas”, que acudieron a formar parte del ejército expedicionario encuadrados los voluntarios catalanes en la Legión Catalana y los voluntarios vascos en los Tercios Vascongados dirigidos por el general Carlos María Latorre.

Son estos Tercios los que desembarcaron en San Fernando para realizar su instrucción en la que era, desde tiempos inmemoriales y hasta bien entrado el siglo XX, dehesa municipal gaditana de Campo Soto, el lugar donde pastaban los ganados que luego se dirigirían a Cádiz por los caminos salineros y por la playa durante la bajamar.

            Los marciales chicarrones del Norte comenzaron su instrucción, en los lugares donde un siglo después algunos la haríamos, bajo la asustada mirada de las reses que por allí se encontraban, haciendo sus marchas y pateando el terreno con ardor y entusiarmo como si estuvieran ya en las peligrosas tierras africanas.

            Pero no contaban con la profesionalidad y el celo del guarda de la dehesa Francisco Pabón quien, el 23 de Febrero de 1860 da parte al Ayuntamiento “de estar el batallón de voluntarios vascongados aprendiendo ha hacer el hejercicio en los terrenos de dicha dehesa y pisoteando toda la yerba por cuya causa todo se seca y además las reses se asustan”.

            Al día siguiente el Alcalde de la ciudad Antonio Gargollo se dirigió al Gobierno Militar pidiéndole que “las tropas acantonadas de los Batallones Vascongados efectúen los ejercicios de instrucción en otro punto que no causen perjuicios a las yerbas que sirven de pasto al ganado que se conduce a esta plaza para el consumo público”; recibiendo el mismo día la contestación del Gobernador en la que le decía que suspendería estos ejercicios “como es justo para cortar los perjuicios de que hace V. S. mérito si no fuera porque hoy se están racionando los expresados Tercios con objeto de empezar mañana con urgencia el embarque para África”.

            Llegaba tarde el Alcalde, los soldaditos voluntarios vascos dejaron de pisar las yerbas de la dehesa de Campo Soto y de asustar a los cornúpetas, futuros filetes en los platos gaditanos, para marchar, convertidos en protagonistas de la Historia de España, en busca de la gloria militar en los campos africanos.

            Una entrada que cuenta una pequeña anécdota, quizás hoy bastante incorrecta políticamente hablando, sacada del Archivo Histórico Municipal de Cádiz.                   
 
Y de Campo Soto se fueron a luchar.

lunes, 19 de mayo de 2014

Cádiz contra Sevilla ...por la Feria.



Cádiz esperaba la llegada del tren.
            Fue en 1859 cuando las “fuerzas vivas” de Cádiz, pues aunque ahora suene raro en esa época había en Cádiz “fuerzas vivas” y además actuaban unidas, dirigieron un manifiesto a Isabel II. En este escrito que suscribían la Diputación Provincial, el Ayuntamiento, la Junta de Comercio, la Sociedad Económica de Amigos del País, sociedades, contribuyentes y ciudadanos particulares, protestaban contra una decisión del Ayuntamiento sevillano que perjudicaba los intereses gaditanos.  

            Desde 1846 se celebraba en la hermana ciudad del Betis su Feria de Abril, ubicada en el lugar donde se siguió celebrando hasta el último tercio del siglo XX, el Prado de San Sebastián; con trece años de antigüedad el Prado se había consolidado ya como el sitio natural donde instalar la feria.

            Cuando se concedió la línea de ferrocarril que uniría córdoba con Sevilla y ésta con Jerez y Cádiz se autorizó, a pesar de la oposición del Ayuntamiento hispalense la construcción de dos estaciones, la de la Plaza de Armas que sería el final de la línea con Córdoba y la del Prado de San Sebastián o “Campo de la Feria” que sería la “estación de primera clase” en la línea “que uniría Madrid con el Océano en los muelles de Cádiz”. Cuando los trabajos de la línea estaban para terminar, el Ayuntamiento de Sevilla protestó de nuevo y consiguió que se paralizara el proyecto hasta estudiar una nueva ubicación “que debería satisfacer los intereses generales de la línea de primer orden de Madrid a Cádiz sin desatender en lo posible los intereses de particulares de la localidad” impugnante.

            Ante este parón los firmantes estiman que la oposición sevillana “constituye a Cádiz en el imprescindible deber de rechazar tanta sinrazón, salvando ilesos los fueros de la justicia, del derecho y de la conveniencia pública”.

            Argumentaba el municipio sevillano que colocada la estación en el Prado de San Sebastián no se podrían utilizar las servidumbre de paso y los abrevaderos del ganado que acudía durante los tres días que duraba la Feria. Los firmantes alegan que en todas las vías férreas se están instalando “los paso niveles” por los que “podrán pasar muy cómodamente los ganados domados y cerriles y las reses para el matadero”. Además que el Prado tenía una extensión de cuarenta hectáreas de las que la estación sólo ocuparía siete por lo que quedaría “treinta y siete hectáreas donde descansen y abreven los ganados, donde trillen sus mieses los pequeños labradores, donde paren y alberguen los arrieros y carros…”

            En Sevilla se quejaban que con la estación su Feria desaparecería “y con ella ese fecundo elemento de vida, de prosperidad y riqueza”,  a lo que los gaditanos oponen la modernidad liberal de su ciudad “Hablar de feria, Señora, en 1859 y a propósito de la construcción de un camino de hierro, hablar de esos mercados de privilegio que no cuentan otro origen ni tienen otro fundamento que la dificultad de las comunicaciones y traerlos a cuestión precisamente para suscitar entorpecimientos a una vía férrea que, facilitando esas mismas comunicaciones, pondrá diariamente todos los mercados a disposición de todos los negociantes …”; para los firmantes los argumentos sevillanos son “graves errores económicos” y la Feria un “raro anacronismo”, e insisten en que no ven los perjuicios para Sevilla, ya que el ferrocarril duplicaría el número de forasteros que acudirían a la Feria.

            Además estaba el tema del ahorro, poner la estación en otro lugar suponía alargar la línea en doce kilómetros más para empalmarla con la vía a Córdoba, por lo que ven mal que todos los intereses públicos “se sacrifiquen día por día y perpetuamente en holocausto de su feria que dura sólo tres días en el año”.

            Por último esgrimen en su favor el interés estratégico de Cádiz y San Fernando “posee cuarteles donde colocar más de veinte y cinco hombres, que es el punto de embarque para nuestras amenazadas Antillas, que es el puerto defensor del Mediterráneo, que existen en él dependencias importantísimas, como son entre otras el Arsenal, el Colegio Naval y el Departamento”, por lo que resaltan su importancia para la defensa del Estado y la integridad de su territorio como motivos suficientes “para rechazar las inmoderadas exigencias del Ayuntamiento de Sevilla”.

            Terminaban pidiendo se desestimaran las pretensiones sevillanas y se llevaran a cabo inmediatamente las obras proyectadas.

¡Mi arma, no me digas que aquí  no cabe una estación!
 
            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz.
 

sábado, 19 de abril de 2014

Lo nuestro en Cáceres

            Hace ya muchos años, cuando me acerqué a las múltiples manifestaciones del folklore de lo que entonces se conocía por España, quedé impresionado por las diferencias que existían entre la Semana Santa en cualquier lugar de Andalucía y la de un pueblo de Zamora, Bercianos de Aliste, en el que los cofrades marchaban en su procesión vestidos con las mortajas con las que los enterrarían a su muerte.
La procesión de Bercianos de Aliste 
            Me he acordado de este pueblo al conocer la Semana Santa de Cáceres, que tiene una fama similar de seria y austera. Lo de seria y austera lo comprobé leyendo en el “Avuelapluma”, el “Viva Cádiz” cacereño, una entrevista al Presidente de la Unión de Cofradías, el “Martín José” local. Este señor alardeaba de la reducción de gastos de las cofradías “ha sido una constante en los últimos años” y ¿en qué recortan? “por ejemplo, ya hay varias que han optado por sacar las procesiones en silencio riguroso” y cita a alguna que “sólo irá acompañada por un tambor”, tacaños. También nos dice que otras “han modificado la forma de decorar los pasos, utilizando elementos mucho más sencillos e incluso, en algunos casos, engalanándose con flores del campo”, por supuesto sin contar con que su color sea el correcto para el paso de que se trate, un disparate. Y en cuanto a los estrenos en los enseres nada de nada, si hasta presume de que “Hay mayordomos que salen con varas de mando que datan del siglo XVI…” Sobran las palabras.
            Cuando vi la primera procesión, me confirmó la impresión que saqué de la entrevista, pasos llevados a hombro, con cargadores que usaban las maniguetas con el mismo desparpajo que algunos de esta tierra. Las músicas muy discretas tocadas por bandas de hermanos muy sencillas, la mayoría de tambores y cornetas, muy del siglo XX. En cuanto al cortejo, se ponía en marcha o se paraba siguiendo las notas de un tambor solitario o el sonido de una campana. El cuerpo de acólitos y pertigueros carente de marcialidad, se notaba la falta de un entrenamiento adecuado, los penitentes, o mejor dicho nazarenos, algunos descalzos con cadenas en los pies y con pesadas cruces al hombro. Las varillas muchas de madera, no me extraña que fueran del siglo que decía el Presidente, y encima tenían unos tacos de goma en las puntas… ¿Así cómo pueden hacerlas sonar en las tapas de las alcantarillas? Imposible.
           Pero la prensa anunciaba una novedad, una cofradía con un paso que sería “portado por costaleros”. Para no perdérmelo elegí la céntrica calle de mi paisano Moret, al que por cierto le acababan de colocar una lápida con motivo del centenario, en agradecimiento a quien promovió las minas de fosfatos que durante muchos años dieron trabajo a muchos cacereños, aquí también ponemos plazas, pero sería impensable por ejemplo que le pusieran una placa a Horacio Echevarrieta por mantener abiertos los Astilleros hasta 1947 y darle trabajo a muchos gaditanos, esas cosas ni se nos ocurren.
 
La lápida de Moret
            La espera sosita, nada de bullas ni empujones, si alguien quería pasar lo pedía por favor y luego daba las gracias, los espectadores tan fríos y educados parecían paisanos de las dos japonesas que se instalaron a mi lado provistas de sus correspondientes máquinas fotográficas; no se veía ni una sillita, vale que ellos no las utilicen para las playas que no tienen, pero ¿allí no hay tiendas de chinos? Otra cosa que eché en falta fueron los frutos secos, no pasó ni un carrito vendiendo nada, la gente aguantaba la llegada de la procesión de pie y sin comer ni beber nada, debe ser que desconocen las virtudes anti estrés de las pipas y las avellanas, resultado el suelo queda limpísimo con lo que no se fomenta la venta local ni se estimula al Ayuntamiento para que contrate a más personal de limpieza, así les irá.
 
            La procesión con claros y negros, aunque abría el cortejo una banda con uniformes de colorines que parecían copiados de los que animaban en mi infancia las sesiones del “Circo Price instalado en las Cuestas de las Calesas”, luego se volvía a los penitentes, digo nazarenos, descalzos con las cadenas y las cruces, pero detrás venía el paso… Un paso kilométrico que avanzaba alegremente por la calle Moret al son de una alegre marcha.
           Lo primero que noté fue la desproporción entre la longitud del paso y lo vacío que estaba, Jesús, un romano y uno que podía ser Pilatos levantado, pues su silla estaba detrás vacía. Pensé en cuan inteligente son estos cofrades cacereños, en una ciudad en la que al parecer está mal visto realizar “estrenos” hacen un paso grande para poder irlo rellenando poco a poco, así un año podrán poner a Pilatos, sentado en un trono como Dios manda, con un águila dorada como el pájaro que estaba en la pared del “Gavilán” de la plaza Cruz Verde hasta que lo cerraron; otro año la mujer de Pilatos, la del sueño, otro el subsahariano de la palangana, otro al menos a un soldado romano más, firme y de pié: meter un caballo ya me parecería excesivo. En fin un verdadero programa de inversiones cofrade con varios años por delante.

Un paso desaprovechado
             Tras el paso la banda. Por su guión supe que procedía de Salamanca, por fin un detalle musical digno. Aunque la primera impresión al verlos de lejos es que venía avanzando un grabado antiguo que representaba una apertura de las Cortes con Isabel II y todos sus generales, Espartero, Narváez, Serrano y unos veinte más, todos vestidos con levitas negras orladas de pasamanería dorada y tricornios de corte clásico del mismo color, impresionante; hasta las japonesas se emocionaron viendo la cantidad de fotos que hacían.
Pero lo mejor estaba en la marcha del paso, lo que podíamos llamar la asimilación por la parte renovadora y progresista del pueblo de Cáceres de las nuevas tendencias en el mundo de la carga del siglo XXI. Un paso casi vacío, movido por un nutrido grupo de costaleros cuyas zapatillas y calcetines uniformes aparecían por los faldones del paso; una marcha propia de una banda valenciana en días de traca, y esos costaleros que impulsan al paso al ritmo de la música con movimientos alegres y valientes. Un talibán de la calle Veedor quizás diría que los vaivenes que sufría el paso eran algo excesivos, más propios de las calles del Cerro del Águila que de las austeras piedras cacereñas y que Jesús, Pilatos y el soldado romano bailaban más de la cuenta, pero todo es cuestión de estética cofrade, ya los irán perfeccionando, sobre todo con la incorporación al paso de nuevos personajes que hagan el paso más pesado.
El público con división de opiniones; algunos aplaudían como ven por televisión que se debe hacer, otros callaban y ponían cara de no saber cómo comportarse. En cuanto a mí ¿qué quieren que les diga? Me sentí embargado como el de la Zarzuela por un sentimiento de orgullo y satisfacción al ver con mis propios ojos un triunfo más del espíritu y de la cultura del pueblo andaluz, ya exportamos nuestro estilo de carga a las cofradías de Cáceres…
          Aprovechando una parada de la procesión me marché con estos pensamientos y me volví para echar una última mirada; las dos japonesas seguían retratando a los marciales músicos salmantinos. No me extraña, más que músicos eran unos personajes históricos, con ese uniforme que envidiaría hasta el mismo Kiko Rivera para su cofradía trianera.
Kiko Rivera, otro andaluz que triunfa en el mundo... Va a tener razón Canal Sur “la nuestra”, somos la ¡Andalucía imparable! Por ahora llegamos hasta Cáceres, pero pronto llegaremos a todo el E. E. (Estado español).
          ¿Con qué pueden pararnos? ¿Con mortajitas? Que se vayan preparando los cofrades de Zamora.