sábado, 19 de abril de 2014

Lo nuestro en Cáceres

            Hace ya muchos años, cuando me acerqué a las múltiples manifestaciones del folklore de lo que entonces se conocía por España, quedé impresionado por las diferencias que existían entre la Semana Santa en cualquier lugar de Andalucía y la de un pueblo de Zamora, Bercianos de Aliste, en el que los cofrades marchaban en su procesión vestidos con las mortajas con las que los enterrarían a su muerte.
La procesión de Bercianos de Aliste 
            Me he acordado de este pueblo al conocer la Semana Santa de Cáceres, que tiene una fama similar de seria y austera. Lo de seria y austera lo comprobé leyendo en el “Avuelapluma”, el “Viva Cádiz” cacereño, una entrevista al Presidente de la Unión de Cofradías, el “Martín José” local. Este señor alardeaba de la reducción de gastos de las cofradías “ha sido una constante en los últimos años” y ¿en qué recortan? “por ejemplo, ya hay varias que han optado por sacar las procesiones en silencio riguroso” y cita a alguna que “sólo irá acompañada por un tambor”, tacaños. También nos dice que otras “han modificado la forma de decorar los pasos, utilizando elementos mucho más sencillos e incluso, en algunos casos, engalanándose con flores del campo”, por supuesto sin contar con que su color sea el correcto para el paso de que se trate, un disparate. Y en cuanto a los estrenos en los enseres nada de nada, si hasta presume de que “Hay mayordomos que salen con varas de mando que datan del siglo XVI…” Sobran las palabras.
            Cuando vi la primera procesión, me confirmó la impresión que saqué de la entrevista, pasos llevados a hombro, con cargadores que usaban las maniguetas con el mismo desparpajo que algunos de esta tierra. Las músicas muy discretas tocadas por bandas de hermanos muy sencillas, la mayoría de tambores y cornetas, muy del siglo XX. En cuanto al cortejo, se ponía en marcha o se paraba siguiendo las notas de un tambor solitario o el sonido de una campana. El cuerpo de acólitos y pertigueros carente de marcialidad, se notaba la falta de un entrenamiento adecuado, los penitentes, o mejor dicho nazarenos, algunos descalzos con cadenas en los pies y con pesadas cruces al hombro. Las varillas muchas de madera, no me extraña que fueran del siglo que decía el Presidente, y encima tenían unos tacos de goma en las puntas… ¿Así cómo pueden hacerlas sonar en las tapas de las alcantarillas? Imposible.
           Pero la prensa anunciaba una novedad, una cofradía con un paso que sería “portado por costaleros”. Para no perdérmelo elegí la céntrica calle de mi paisano Moret, al que por cierto le acababan de colocar una lápida con motivo del centenario, en agradecimiento a quien promovió las minas de fosfatos que durante muchos años dieron trabajo a muchos cacereños, aquí también ponemos plazas, pero sería impensable por ejemplo que le pusieran una placa a Horacio Echevarrieta por mantener abiertos los Astilleros hasta 1947 y darle trabajo a muchos gaditanos, esas cosas ni se nos ocurren.
 
La lápida de Moret
            La espera sosita, nada de bullas ni empujones, si alguien quería pasar lo pedía por favor y luego daba las gracias, los espectadores tan fríos y educados parecían paisanos de las dos japonesas que se instalaron a mi lado provistas de sus correspondientes máquinas fotográficas; no se veía ni una sillita, vale que ellos no las utilicen para las playas que no tienen, pero ¿allí no hay tiendas de chinos? Otra cosa que eché en falta fueron los frutos secos, no pasó ni un carrito vendiendo nada, la gente aguantaba la llegada de la procesión de pie y sin comer ni beber nada, debe ser que desconocen las virtudes anti estrés de las pipas y las avellanas, resultado el suelo queda limpísimo con lo que no se fomenta la venta local ni se estimula al Ayuntamiento para que contrate a más personal de limpieza, así les irá.
 
            La procesión con claros y negros, aunque abría el cortejo una banda con uniformes de colorines que parecían copiados de los que animaban en mi infancia las sesiones del “Circo Price instalado en las Cuestas de las Calesas”, luego se volvía a los penitentes, digo nazarenos, descalzos con las cadenas y las cruces, pero detrás venía el paso… Un paso kilométrico que avanzaba alegremente por la calle Moret al son de una alegre marcha.
           Lo primero que noté fue la desproporción entre la longitud del paso y lo vacío que estaba, Jesús, un romano y uno que podía ser Pilatos levantado, pues su silla estaba detrás vacía. Pensé en cuan inteligente son estos cofrades cacereños, en una ciudad en la que al parecer está mal visto realizar “estrenos” hacen un paso grande para poder irlo rellenando poco a poco, así un año podrán poner a Pilatos, sentado en un trono como Dios manda, con un águila dorada como el pájaro que estaba en la pared del “Gavilán” de la plaza Cruz Verde hasta que lo cerraron; otro año la mujer de Pilatos, la del sueño, otro el subsahariano de la palangana, otro al menos a un soldado romano más, firme y de pié: meter un caballo ya me parecería excesivo. En fin un verdadero programa de inversiones cofrade con varios años por delante.

Un paso desaprovechado
             Tras el paso la banda. Por su guión supe que procedía de Salamanca, por fin un detalle musical digno. Aunque la primera impresión al verlos de lejos es que venía avanzando un grabado antiguo que representaba una apertura de las Cortes con Isabel II y todos sus generales, Espartero, Narváez, Serrano y unos veinte más, todos vestidos con levitas negras orladas de pasamanería dorada y tricornios de corte clásico del mismo color, impresionante; hasta las japonesas se emocionaron viendo la cantidad de fotos que hacían.
Pero lo mejor estaba en la marcha del paso, lo que podíamos llamar la asimilación por la parte renovadora y progresista del pueblo de Cáceres de las nuevas tendencias en el mundo de la carga del siglo XXI. Un paso casi vacío, movido por un nutrido grupo de costaleros cuyas zapatillas y calcetines uniformes aparecían por los faldones del paso; una marcha propia de una banda valenciana en días de traca, y esos costaleros que impulsan al paso al ritmo de la música con movimientos alegres y valientes. Un talibán de la calle Veedor quizás diría que los vaivenes que sufría el paso eran algo excesivos, más propios de las calles del Cerro del Águila que de las austeras piedras cacereñas y que Jesús, Pilatos y el soldado romano bailaban más de la cuenta, pero todo es cuestión de estética cofrade, ya los irán perfeccionando, sobre todo con la incorporación al paso de nuevos personajes que hagan el paso más pesado.
El público con división de opiniones; algunos aplaudían como ven por televisión que se debe hacer, otros callaban y ponían cara de no saber cómo comportarse. En cuanto a mí ¿qué quieren que les diga? Me sentí embargado como el de la Zarzuela por un sentimiento de orgullo y satisfacción al ver con mis propios ojos un triunfo más del espíritu y de la cultura del pueblo andaluz, ya exportamos nuestro estilo de carga a las cofradías de Cáceres…
          Aprovechando una parada de la procesión me marché con estos pensamientos y me volví para echar una última mirada; las dos japonesas seguían retratando a los marciales músicos salmantinos. No me extraña, más que músicos eran unos personajes históricos, con ese uniforme que envidiaría hasta el mismo Kiko Rivera para su cofradía trianera.
Kiko Rivera, otro andaluz que triunfa en el mundo... Va a tener razón Canal Sur “la nuestra”, somos la ¡Andalucía imparable! Por ahora llegamos hasta Cáceres, pero pronto llegaremos a todo el E. E. (Estado español).
          ¿Con qué pueden pararnos? ¿Con mortajitas? Que se vayan preparando los cofrades de Zamora.
                

martes, 1 de abril de 2014

La venta de una tienda.


                       

                                                                    Para Agustín y Antonio que llevan este apellido tan montañés y gaditano.

En los no muy felices (al menos para la ciudad de Cádiz) años veinte del siglo XIX, al comienzo del Trienio Liberal, las actividades cotidianas de nuestra colonia montañesa permanecían inalterables a pesar de las convulsiones políticas y bélicas de esos años, como lo atestigua este traspaso de una "tienda de comestibles y refino", como la define su propietario Manuel Infante, quien se la vende a Manuel Fernández de la Reguera; un negocio entre montañeses que, siguiendo la “costumbre de esta plaza” se formalizaba por medio de una escritura ante un Escribano.

La tienda se encontraba en una accesoria en la calle de la Torre esquina a la del Herrón número 80 ½ (hoy Hospital de Mujeres 39), y se vendía “con sus correspondientes géneros, enseres y utensilios” que habían sido valorados por los peritos, designados por ambos, Josep Riaño y Francisco Escamilla. Es significativo el menor valor que dan a “los efectos de comestibles”, 2.469 reales y 24 maravedís, con respecto al que dan a ”los efectos de refino” que tasaron en 11.179 reales y 25 ½ maravedís.  El precio total del traspaso es de 17.370 reales de vellón, que el comprador había entregado en su totalidad antes de firmar la escritura.

A la escritura sólo se acompaña en detalle la valoración de los cinco pesos del establecimiento, así como las 16 pesas chicas y las tres pesas mayores de a una, dos y dos y media arrobas, todo ello valorado en 1.812 reales y 17 maravedís.
 
La valoración de pesos y pesas.
Como curiosidad obsérvese las dos formas de escribir “arroba” que se usaban en la práctica habitual del comercio gaditano.

Dos símbolos distintos de "arroba".
 
Del Archivo Histórico Provincial de Cádiz.

domingo, 30 de marzo de 2014

Cofradías de Ubrique en 1842


Ubrique

            En 1841 las exhaustas arcas del Estado liberal necesitaban reales para hacer frente a sus numerosos gastos. Espartero continuó con la obra recaudatoria del gaditano Mendizábal, extendiendo la desamortización a los bienes eclesiásticos a las hermandades y cofradías que, aunque esquilmadas anteriormente, en épocas “ilustradas”, todavía podían contar con algunas alhajas o inmuebles para el siempre insaciable Ministerio de Hacienda.

                Para preparar esta desamortización se ordenó realizar un inventario de las cofradías existentes y de los documentos sobre su aprobación que poseían. El gobernador civil de la provincia de Cádiz ofició a los respectivos alcaldes requiriendo los datos sobre su creación y su  legalización, y éstos a su vez pidieron estos datos a la autoridad eclesiástica de su municipio, trasladándolo al Gobernador Civil en los casos en que no fueron respondidos con el silencio.

                Como ejemplo de una de las contestaciones dadas por los clérigos locales, exponemos la que el párroco de Ubrique, Salvador García Mairena, envía a su alcalde, para que éste lo traslade al Gobierno Civil de la provincia.    

                “Escrito de las Hermandades y Asociaciones religiosas de esta Villa que el infrascrito Cura de la misma pasa a las manos del Sr. Alcalde 1º Constitucional según lo tiene pedido con oficio de 14 de Febrero último, para lo cual ha convenido detenerse para obviar errores y equivocaciones.

                Hermandad del Dulce Nombre de Jesús y Sn. Sebastián. En el único libro que posee y tengo a la vista, después de comunicar noticias sobre la edificación de la Hermita extramuros de esta Villa del Mártir Sn. Sebastián donde existe dicha Hermandad, la noticia más antigua que se encuentra es una Bula del Santo Padre Paulo 5º dada el año de 1605, concediendo indulgencias a la Hermandad ya establecida; sin embargo no se hallan los Cabildos sino desde el año 1749 y tampoco sus primitivas constituciones.  

                Hermandad del Ssmo. Sacramento. Esta no presenta más libro o Constituciones que el formado el año de 1816 y aprobadas sus leyes el de 1817 por el Sr. Diocesano, y en él se hace mención de haber existido en la Parroquia dicha Hermandad de tiempo inmemorial y haver celebrado Cabildos desde el año de 1744, y en estas nuevas Constituciones aunque no aparece la Real aprobación, pudieron tenerla las antiguas. Esta Hermandad es Sacramental y parece que por nuestras leyes tiene cierta preferencia su conservación como la más necesaria.

                Santo Entierro. Esta Hermandad, que no posee más libro que uno que tengo a la vista, empieza sus Cabildos en 1765, pero se sabe que es más antigua y no aparecen sus Constituciones.

                Santo Rosario. Del Santo Rosario no existe en nuestras Iglesias Hermandad alguna, sólo hay un Encargado que cuida de la Imagen de la Señora y del Rosario de los hombres por la calle. No hay Cabildos,  Diputados ni Alcaldes que se observan en todas las Cofradías y Hermandades, y todo lo hace el Encargado apoyado por la devoción de los fieles para la práctica de exercicio tan santo como se acostumbra en todos los Pueblos de España en observación de la Real Cédula del Sr. Felipe 4º dada en Fraga en año de 1644 donde recomienda y manda tan santa devoción como saludable a todos los Pueblos, y esta Real Cédula existe inserta en la sinodal de este Obispado. Salen también Rosarios de Señoras mujeres casi bajo las mismas bases.

                Ánimas. Esta Hermandad ha existido de tiempo inmemorial en esta Parroquia pero no aparecen sus primitivas Constituciones en el Libro que tengo a la vista, sino las hechas el año de 1814 y aprobadas el mismo año por el Sr. Diocesano.

                Orden tercera de Sn. Francisco. Esta Hermandad está erigida en el templo de la suprimida Comunidad de Capuchinos, la que según las addicciones a su Estatuto aparece apoyada su conservación en varios decretos del Supremo Consejo de Castilla, cuyos originales dicen conservarse por la V. orden tercera de Cádiz.

                Observaciones. Aunque en las notas puestas a estas Hermandades no aparece en todas la aprobación Real, es de presumir tendrían en su primer establecimiento todos los requisitos legales, cuyos documentos si no han sido citados puede atribuirse con fundamento a haverse extraviado en tiempo de la invasión francesa, en cuya época fue quemado el archivo Civil, el Templo de la Parroquia, muchas casas particulares y todo el Pueblo saqueado.

                La Hermandad del Dulce Nombre de Jesús y Mártir Sn. Sebastián es indispensablemente necesaria para la conservación del hermoso santuario donde está fundada para el culto Divino y exercicios piadosos de Semana Santa que allí se practican, pues todo depende de ella.

                La Hermandad de las Benditas Ánimas es también igualmente necesaria, no sólo para su santo y piadoso objeto de socorrer en caridad las ánimas de los fieles difuntos y conservarla y animarla en los vivos, sino también porque a expensas de sus limosnas se costea la Misa de doce en todos los días de fiesta para todo el año; lo que es importantísimo para los fieles, y no hay otros recursos con que sustituir a éste. Ubrique 4 de Marzo de 1842. Salvador García Mairena.”.

                Del Archivo Histórico Provincial de Cádiz.

Las cosas de Cádiz

Un libro imprescindible
          El Catedrático de la UCA Arturo Morgado García ha publicado la obra “Una metrópoli esclavista. El Cádiz de la modernidad”, que parece ser el trabajo definitivo sobre la esclavitud en nuestra ciudad, tema que con anterioridad habían estudiado otros historiadores gaditanos como Isidoro Porquicho Moya o Pedro Parrilla Ortiz.
Se trata de un trabajo riguroso que presenta la esclavitud en Cádiz enmarcada y comparada con la que existía en España y en América. El libro contiene una profusión de datos, sacados en su mayoría de los archivos Diocesano, parroquial de Santa Cruz, Municipal e Histórico Provincial, así como una amplísima bibliografía sobre la materia.

Es un trabajo que, en nuestra opinión, no debería faltar en la biblioteca del buen aficionado a la historia de Cádiz.  

Por eso nos extraña que, aunque este libro se publicó el año pasado editado por la Universidad…de Granada, la reseña que publica el Diario de Cádiz aparece el sábado pasado, 29 de Marzo de 2014, fuera de las páginas dedicadas a la cultura y como una noticia de la agencia EFE que firma, desde Sevilla, A. Valenzuela.

 Comprendo que la desidia y el desinterés por nuestra verdadera cultura seria se extiendan hasta en lugares insospechados como el Ayuntamiento y la propia Universidad, pero ¿hasta estos extremos?

Son éstas las cosas de Cádiz que algunos, por nuestra edad, por nuestra formación o por nuestra forma de entender la realidad social, no alcanzamos a entender ni a justificar. 

martes, 25 de marzo de 2014

¿LA GRACIA DE CÁDIZ?


Un libro a leer por todo intelectual de izquierda.

            A través de internet he visto un desfile bufo o carnavalesco que estos días del pasado Carnaval se paseó por la calle de la Palma parodiando a una procesión de Semana Santa, con la actuación de un cantaor de saetas incluido.

            Nada puedo objetar a las imitaciones o disfraces de penitentes o de prelados, son cosas de la fiesta y en esta ciudad nadie tiene en cuenta esas cosas. Pero un caso distinto es la parodia de la figura de Jesucristo que, en mi opinión, se pasaba del humor carnavalesco para entrar en la burla descarada de las, respetables según creo, ideas religiosas de muchos ciudadanos. Vamos que era una provocación de dudoso gusto, ya que hería las sensibilidades de muchas personas fueran creyentes o no como me pasó a mí, aunque hice el servicio militar en Caballería y con mis años tengo mi sensibilidad algo endurecida.    

            Quizás fuera un sentimiento debido a mi educación infantil cristiana pero, ver a un joven blandiendo una cruz estrafalaria y ridiculizando a Jesucristo, me produjo la misma sensación de desagrado que cuando escuché  al Cardenal Rouco “amenazar” con quitarle a Cáritas el dinero de los pobres si la Iglesia tenía que pagar impuestos como el resto de los españoles.

            Las representaciones bufas de procesiones o entierros religiosos fueron habituales en la España de otro tiempo y formaban parte de un sentimiento antirreligioso que buscaba provocar al creyente creíamos ya superado. Estas cosas pasaban en una España con una población empobrecida e inculta y con unas ganas de resolver sus diferentes formas de entender la vida mediante la violencia como desgraciadamente pasó al final. Hoy en cambio se respetan las ideas y las creencias ajenas, lo que es un logro, y no pequeño, del triunfo en nuestro país de la educación en las ideas democráticas.

            Por eso me ha extrañado ver presenciando este espectáculo, al parecer con agrado, a personas que suponía dotadas de una cultura y de unas ideas de tolerancia y respeto por las ideas y los sentimientos ajenos, algunos de los cuales ofendía este espectáculo.

            La burla de los símbolos ajenos, o próximos dada nuestra cultura común de siglos, no es “progresista”; la burla de las creencias religiosas tampoco.

El acto de la calle de la Palma no era anticlerical ni mucho menos laico, era una simple burla de las creencias religiosas de muchos de nuestros vecinos; no creo que encajara dentro del “republicanismo cívico” tolerante que defendieron muchos de los intelectuales de la izquierda española, ni creo que debía encontrar asilo en la sensibilidad de sus representantes de nuestros días. O quizás estoy equivocado y la tolerancia y el respeto de las ideas y creencias de los demás no sea ya un valor “progresista”, como no lo es ni la decencia ni la honradez.

Al ver este espectáculo pasaron por mi mente otras “gracias” como los rapados públicos de nuestro fascismo, oficialmente cristiano, o los actos de los comunistas chinos en la peor época de Mao. Es la gracia chabacana del intolerante, no del demócrata, como tan bien supo retratar Thomas Mann en su "Mario y el Mago". 

Por supuesto que respeto la libertad del falso Cristo para insultar a muchos de sus paisanos, él sólo se retrata, aunque creo que es abrir una puerta a que otros tan “graciosos” como él respondan de una forma tan educada como la suya a esos insultos. No creo que sea una manera civilizada de entender nuestra convivencia pero este es sólo mi punto de vista, que quizás esté ya caduco, quizás, quizás.    

             

              

El Café Cultural de Cádiz


El pasado viernes 14 de este mes asistí invitado a un Café Cultural que organizaba el gaditano Ateneo Virtual, para que diera una charla sobre mi libro de los gremios gaditanos. Era la primera vez que me invitaban a un acto para hablar sobre un libro artesanal que no había merecido ni una línea del Diario de Cádiz, ni una palabra de ningún otro medio local, así que asistí encantado.

            El acto, celebrado en el salón interior de un café del centro, tenía un cierto aire clandestino y todo el encanto de las reuniones de iniciados o de adeptos, porque ciertamente los allí presentes eran iniciados y adeptos, iniciados en la historia de nuestra ciudad y adeptos a la cultura como forma de enriquecimiento personal y ciudadano.

            “Gente de Cádiz” como se decía antes, con diversidad de profesiones y aficiones, muchos conocidos y algunos antiguos compañeros del Instituto Columela; todos los presentes interesados por el tema y por toda la historia local como pude comprobar en el coloquio posterior. Aunque atento no fue un público fácil, no creo que ningún mal aficionado pueda debutar en esa plaza sin sufrir algún que otro revolcón, si se me permite el hoy tan poco político símil taurino; los asistentes sabían de muchos temas gaditanos más que el charlista por lo que no se podía fantasear ni hablar porque sí.

            Lo más destacable es que se trataba de una reunión de ciudadanos gaditanos agrupados de modo informal en el Ateneo Virtual; informalidad que no ha dificultado su trabajo activo en defensa del patrimonio cultural e histórico de Cádiz, junto con otras instituciones como el Ateneo o Cádiz Ilustrada.

            En los tiempos que corren con la cultura “oficial” en manos de políticos o universitarios que en su mayoría tienen otras inquietudes, es de agradecer que la ciudadanía se organice para realizar actividades culturales sin subvenciones ni patronazgos, movido por su amor a su tierra y sin otros intereses que el puro amor por la cultura.  

            En resumen pasé una tarde agradable en una tertulia más agradable todavía, por lo que les estoy muy agradecido y, si me invitan, asistiré de nuevo cada vez que se dignen admitirme como uno más de sus tertulianos. Gracias.

           

domingo, 23 de marzo de 2014

UN LALLEMAND LEGIONARIO


La Legión Extranjera francesa.

            La célebre novela “Beau Geste” de P. C. Wren (1924) seguía las líneas marcadas años atrás por “Las Cuatro Plumas” de A.E.W. Mason (1902), unas aventuras personales en remotas tierras, que buscaban resaltar los valores morales de las clases burguesas y aristocráticas del Imperio Británico. En nuestras lecturas infantiles y en las diferentes versiones cinematográficas de estas novelas pudimos ver el triunfo de valores como la lealtad, el compañerismo, la audacia y la nobleza de la sangre en la que se educaron los protagonistas, todo ello dentro del exótico ambiente de los desiertos africanos.

            No descubro nada si digo que en muchas ocasiones la fantasía literaria se corresponde con la realidad de la vida y viceversa. ¿La naturaleza imita al arte, en este caso literario? Juzguen ustedes.  

            Estamos ante una historia real que bien pudiera servir de argumento de otra novela histórica del mismo estilo que las anteriores pero en la que, en vez de jóvenes aristócratas o militares de la Inglaterra victoriana, su protagonista sería un joven de la sociedad gaditana del siglo XIX.

En el mes de julio de 1852 el Alcalde gaditano recibe una carta, que firma un “Caporal”, cabo, del 2º Regimiento de la Legión Extranjera, tercer Batallón 1ª Compañía, de guarnición en Biskra, se trataba del gaditano Alejandro Lallemand.

            Aunque en la actualidad Biskra es una población de más de 200.000 habitantes y está considerada como “la Niza de Argelia”, en esos años era un pequeño puesto militar en el norte del desierto del Sahara, desde el que Francia vigilaba la paz de un territorio que no muchos años antes había presenciado la lucha por la independencia de su héroe nacional, el Emir Abdelkader, quien a su vez había sido protagonista de otra historia con personajes gaditanos que contaré en otra ocasión.

            Por la letra y por la redacción de la carta sabemos que nos encontramos ante una persona culta y educada, sin duda un hijo de la burguesía gaditana del siglo XIX, que comienza así su escrito al Alcalde: “Sin tener el honor de conocerlo me tomo la libertad de incomodarlo, viendo que la única persona a quien puedo dirigirme Don José María Matheu mi tutor, no puedo obtener nada de él”.

Se había dirigido antes a su tutor, que creemos era un tío de Manuel de Falla, con resultado negativo, por lo que escribe al Alcalde para pedirle el envío de varios documentos personales para regularizar su situación personal, “la partida de bautismo de Alejandro Lallemand, bautizado en la Parroquia Castrense el 9 de Febrero de 1823”, la de defunción “de Dn. Alejandro Lallemand que existe en la Parroquia de San Antonio” y la de “Dª Mercedes Lallemand Fernández de la Herranz de la misma Parroquia”. 

            Si solicita su propia partida de bautismo, el legionario tendría cuando escribió la carta 19 años, y aunque no dice los motivos de su marcha de Cádiz, si justifica su ingreso en la Legión Francesa y su marcha a Argelia, probablemente desde Francia, “al no haber podido encontrar el valor de un pasaporte” y al “no tener para subsistir”, por lo que ruega al Alcalde gaditano que ayude “a este pobre compatriota que ha tenido, por no morir de necesidad, que servir a un País Extranjero”; citando “al Escribano Don José Rivera que podrá darle noticias de mi familia”.

            El Alcalde se dirigió al hermano del tutor, Pablo Matheu preguntándole si en su testamento “declaró algo respecto a bienes o papeles del mencionado Lallemand”, pero éste le contestó que su hermano había fallecido en mayo del año pasado “mi hermano falleció en Mayo de 1852 después de una larga y penosa enfermedad y no me dejó encargado de ninguno de sus negocios  particulares”; además “jamás me hizo sabedor de tal tutoría ni de cosa alguna”. Y terminaba indicando que el joven Lallemand podía obtener los documentos que solicitaba mediante el Cónsul de España en Argel.

            Desgraciadamente no podemos saber más sobre los entresijos de esta historia personal; no hemos localizado entre los protocolos notariales del Archivo Histórico Provincial el testamento de su tutor José María Matheu, por lo que su hermano Pablo diría la verdad. Tampoco sabemos más sobre las vicisitudes del joven Alejandro Lallemand; posiblemente obtendría su pasaporte y regresaría a Cádiz, terminando sus días en nuestra tierra, en la que quizás sus descendientes actuales conserven como una tradición familiar esta historia de su valiente antepasado que, a mediados del siglo XIX, pedía desde las arenas africanas la ayuda de su ciudad para poner fin a su aventura legionaria.

La firma del joven Lallemand.

            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz

martes, 4 de marzo de 2014

El primer Carnaval republicano en Cádiz


La bandera republicana y su escudo sin corona.
                                                                                                            A Fernando Orgambides buen conocedor de la Iª República en Cádiz.
 
            Al mediodía del 11 de Febrero de 1873, ante la abdicación de Amadeo de Saboya, las Cortes por sorpresa declaran constituida la Iª República. Al día siguiente las autoridades de la ciudad de Cádiz reciben un telegrama de Cristino Martos elegido “Presidente de la Asamblea Nacional” que anunciaba la proclamación del nuevo sistema político y solicitaba de esas autoridades “el mantenimiento del orden público, por la prosperidad y el afianzamiento de la República”.    
El telegrama anunciando el cambio de régimen.
            Al Ayuntamiento gaditano se le plantearon de inmediato dos problemas, uno era la forma de celebrar de alguna manera la llegada del nuevo régimen y el otro era la proximidad de las fiestas del Carnaval que tendrían lugar en ese mismo mes.

            La proclamación de la República la festejó el Ayuntamiento de forma tradicional, con un agasajo a las clases populares más modestas en forma de reparto de panes. Era costumbre que, en las celebraciones de júbilo por acontecimientos tales como los nacimientos de los príncipes herederos o las coronaciones de los monarcas, se efectuara este reparto de pan con cargo a los fondos municipales. En esta ocasión se repitió este procedimiento, repartiéndose cuatro días después de la llegada del telegrama 4.000 hogazas de pan en las Alcaldías de Barrio. Por cierto con algunas críticas, como la del Teniente de Alcalde del Distrito del Hércules quien denuncia que el pan repartido en su barrio de la panadería de Francisco Vázquez ”si bien tenía la condición de buen peso, era su calidad demasiado mala”.

            Pero quedaba por resolver la programación de las inmediatas fiestas del Carnaval y aquí el Ayuntamiento demostró que, con Monarquía o con República, ésta seguiría siendo una fiesta principal de la ciudad, confirmando el programa de los actos a celebrar que ya estaba aprobado con anterioridad.
El programa "monárquico" oficial.
            Las fiestas, que estaban “en armonía con la cultura de esta población” y además pretendían “llevar al propio tiempo, en lo posible, algún alivio a las personas más necesitadas”, serían las siguientes:

            En la Plaza de la Constitución (San Antonio) se montaría un tablado de grandes dimensiones, iluminado “durante las tres noches” en las que se celebrarían bailes públicos de máscaras desde las siete hasta las diez y media de la noche, amenizados por la banda de música del regimiento de Artillería. Además de formaría alrededor de toda la plaza “una galería con astas y banderas” iluminada “con faroles a la veneciana y vasos de colores”.

En la Plaza del Pueblo (San Juan de Dios) que, accediendo a la petición que firman el día 13 entre otros Rafael Guillén y que se aprueba el mismo día, se denominará en adelante Plaza de la República, se colocaría otro tablado “que por las noches se iluminará según costumbre”, con bailes públicos de máscaras, tocando la banda de música del Regimiento de Infantería de Valencia con cuya música “se permitiría bailar a las comparsas que se presenten bien organizadas”. Además en esta plaza y frente a la Puerta del Mar se instalarían estas dos cucañas: “Una vertical con cuatro cuerdas para hombres, con cuatro premios de sesenta reales y otra para juego de niños con diez y ocho manzanas y premios de dos reales cada una”.

En el Campo del Balón se celebrarían las actividades infantiles, “juegos de caballos (que ahora conocemos como caballitos), columpios para mujeres y niños y juegos de trapecios y argollas para niños”; además se instalarían dos cucañas verticales para niños con precios de diez reales en cada una.

El sábado saldría del Gran Teatro “el Bando General” que anunciaba el Carnaval, “acompañado de varios personajes con banda de música, tambores y cornetas y su correspondiente escolta”, mienras que el domingo al amanecer aparecería “en la torre de Vigía un personaje que anunciará la entrada del Carnaval con cohetes y banderas”.

Durante los tres días de fiesta saldría, también del Gran Teatro, la “gran Mascarada” con “más de doscientas personas”, que el primer día se dirigiría a la estación del ferrocarril para recibir a “S. A. Carnavalesca”, una especie de Momo o Dios del Carnaval, que sería coronado en el tablado de la Plaza de la República, para a continuación desfilar en compañía de su corte en varias carrozas dentro de la Mascarada, parándose en ambos tablados para escuchar un himno al Carnaval “escrito expresamente para ese día” que, junto con otras piezas de su repertorio, interpretaría el coro del Gran Teatro.

En esa Mascarada participarían también diversas estudiantinas pertenecientes a varias sociedades de la ciudad que habían hecho “un gasto extraordinario en vestuario, papeles y ensayos”, así como la “goleta de vapor” del francés Juan Pedro Belbeder que medía diez metros y medio y llevaba una tripulación compuesta por “Capitán, Segundo, Contra-maestre, 2 grumetes y 8 marineros que compondrán la orquesta” y “a popa 8 pasageros vestidos de distintas maneras formando el coro”.   

Además en los tres días de fiestas tendrían lugar “escogidas funciones en todos los teatros y en el circo ecuestre de Mr. Tomás Price”, a cuyo representante en Cádiz Rodway se le había autorizado en Navidad su instalación en “el sitio que ocupó el ex-convento de los Descalzos”.

Y para el “alivio a las personas más necesitadas”, o quizás para que la mayor parte de la población pudiera participar de las fiestas, se celebraría una lotería con sorteo en la casa consistorial, con 40.000 papeletas de las que 10.000 se regalarían, en un acto precursor de la actual publicidad turística, “a cada viagero que llegue a esta Ciudad por el ferro-carril” y las 30.000 restantes se venderían destinando su producto a “limosnas de a dos reales” que se entregarían durante el Carnaval.

Como “novedades” respecto a las fiestas actuales, destacaría la figura de ese pregonero del Carnaval que acompañado de banderas y luces aparecería en la Torre Tavira, quizás exportable a este siglo, y cuya aparición sería seguida por un gran número de gaditanos desde sus azoteas, y esa lotería benéfica que permitiría a muchas “personas necesitadas” disfrutar también de las fiestas mayores de Cádiz.

Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz.

           

jueves, 20 de febrero de 2014

HACE UN SIGLO. HOMENAJE A MORET


            Hace justo un siglo, el 19 de febrero de 1913, se celebró en Cádiz una “velada necrológica” organizada por el Centro Escolar Gaditano  “En honor a la memoria del Excmo. Sr. D. Segismundo Moret”.

            El Centro Escolar Gaditano se había creado dos años antes, siendo sus promotores Leandro González y Antonio Ruiz Vilches, y tenía por fines “estrechar los lazos de unión, de amistad y compañerismo entre los estudiantes de los diversos Centros de Enseñanza de esta Capital”.

            Intervino como orador invitado D. Niceto Alcalá Zamora, un joven Abogado y Letrado del Consejo de Estado, que llegaría a la presidencia de la Segunda República, pero que por aquellos años militaba en el Partido Liberal, el mismo que el difunto Moret.

            El orador que según se narra en la cabecera del folleto que presento “al dirigirse hacia la mesa estalla una prolongada salva de aplausos”, presenta la obra del recordado como fundamental en el afianzamiento de la Restauración de Alfonso XII, al facilitar, junto con Sagasta y Cánovas, la integración del Partido Liberal en la Monarquía recompuesta.

            En su actuar en la política siguió “procedimientos de educación y de cultura”, para defender “sus dos grandes creencias: la monarquía y la democracia”, ya que creía que una monarquía podía dar al país estabilidad después del cruento siglo lleno de luchas civiles que España había sufrido.

            Como hitos fundamentales de su quehacer político glosa su defensa de la libertad religiosa, lejos del radicalismo de la intolerancia y del sectarismo que condena, ya que creía que “la religión y la conciencia son cosas tan espirituales e íntimas que, al alzarse hasta el cielo, no pueden tropezar con obstáculos nacidos de la ley”.

            Destaca su política primero en las colonias en las que consiguió la abolición definitiva de la esclavitud y después con su intervención tras la crisis del 98, aplicando su optimismo a la reconstrucción del estado tras la terrible derrota material y anímica sufrida.

            Por último, destaca su implicación en el problema social, para el orador “una consecuencia desviada pero lógica de la doctrina liberal”, creando la Comisión de Reformas sociales, precursora del Instituto de ese nombre, que iniciaría “la función activa y reguladora del Estado”, para establecer la “legislación obrera”, ensanchando “el contenido del derecho social clásico” permitiendo que “las masas se organizaran y fueran al Parlamento” y  oponiendo “el socialismo evolutivo” y “la solidaridad patriótica” a “la lucha de clase contra clase”.

            Terminó exaltando la figura de un político al que le tocó gobernar “en periodos de decadencia” y al que la Historia colocaría en el verdadero pedestal que le correspondía.

            No han debido pensar igual los responsables de la vida institucional y cultural de nuestra ciudad que han dejado pasar el centenario de su muerte sin organizar ni siquiera una modesta “velada necrológica” como la que organizó una asociación de estudiantes hace exactamente un siglo.

           

  

martes, 18 de febrero de 2014

EL "AGUAOR" DE SAN ANTONIO


"La Columna" en 1851.

         Cuando yo era niño los “aguaores” eran unos señores que aparecían en las aglomeraciones que se formaban en las entradas de los cines, del fútbol o de los toros, vestidos con chaquetilla blanca, con un cántaro al hombro y con una canana de metal reluciente en la que descansaban unos vasos de cristal, ofreciendo su mercancía a los sedientos transeúntes por el insignificante precio de una perra gorda, diez céntimos de las antiguas pesetas.

Pero también desde muy joven escuché que también llamaban la del “aguaor” a la cofradía de la Columna de San Antonio. Desconocía a qué se debía esta denominación popular hasta que se me desveló el misterio, pasado ya el ecuador del siglo XX, cuando se planteó sacar su imagen en procesión con ocasión de una sequía que asolaba los campos de nuestra provincia.  

            Para comprender este apelativo, sin remontarnos muchos siglos atrás, nos situaremos en el siglo XIX, en una Iglesia Católica que, hasta el Concilio Vaticano II, propiciaba una religión muy materialista, en la que había que rendir culto a Dios, con oraciones, ofrendas y limosnas, para pedirles favores materiales o para intentar aplacar su ira permanente por los pecados del Mundo. Esta ira divina se manifestaba por medio de epidemias o fenómenos naturales; la peste, una sequía continuada o el maremoto en el caso de Cádiz eran señales del castigo divino que sólo terminaría cuando los fieles cumplieran con la expiación correspondiente.

Uno de los medios para borrar las culpas y obtener el perdón divino eran las rogativas a las imágenes adecuadas, ya que existía una especialización y no servía cualquier imagen, y al igual que San Roque era el especialista en las epidemias, en Cádiz el especialista en sequías era, y supongo que todavía lo será para muchos, la imagen del Cristo azotado de la cofradía de San Antonio.

 Un ejemplo bastará, ocurrió en 1851, cuando la Junta de Gobierno de esta cofradía formada por el Mayordomo 1º Manuel de Segovia, el Mayordomo 2º Antonio Yelo, el Secretario Carlos García y el Director Espiritual Salvador Moreno, se dirigen al Alcalde mostrándole “la grave necesidad en que nos hallamos constituidos por la falta de lluvia que hace ya tiempo se experimenta”, como “cofrades de la de Penitencia de N. P. Jesús ligado a la Columna” y “convencidos por la experiencia de la eficacia que siempre ha sido, para el remedio de esa penuria las súplicas al Señor ante esa su sagrada Imagen”, habían concertado con el párroco de San Antonio “una devota novena”, pero no creían que fuera suficiente con ésta “si no se le pide al Señor públicamente, si no toma parte el pueblo todo con los clamores que parece exige y si no se le conduce en pública y solemne rogativa a la Santa Iglesia Catedral, como en otras ocasiones semejantes se ha practicado y con muy buenos efectos”.

Y “siendo propio del Excmo. Ayuntamiento como representante del pueblo promover esta rogativa”, “persuadidos de la religiosidad de sus individuos, no menos que la de V. S.” pedían que fuera la Corporación municipal la que solicitara al Obispo que se celebrara esta procesión.

El Ayuntamiento acordó solicitar la rogativa y asistir a ella tras lo que el Obispo Fray Domingo de Silos Moreno se dirigió al Gobernador Civil y al Alcalde con una carta de fecha 10 de diciembre en la que les expone “La extraordinaria sequía que aflige a la Capital y Pueblos de la Provincia causa ya inquietudes vivísimas a todos sus habitantes, temiendo con razón que, si el mal se prolonga algunos días más, se aumenten hasta un punto no fácil de calcular los rigores que estamos padeciendo”.

Como era su obligación “excitar la fe y la piedad de mis diocesanos para que acudan conmigo al Dios de las misericordias rogándole se apiade de nosotros y nos envía la lluvia tan deseada” y convencido de que “El Señor, cuya justicia castiga con estas calamidades públicas los pecados de su Pueblo, ha prometido oírnos y acudir al remedio, siempre que contritos y humillados nos volvamos a él y con espíritu y obras de verdadera penitencia imploremos sus piedades”.

Por ello había dispuesto una procesión solemne con asistencia de todo el clero de la ciudad, a la que invitaba a las autoridades, que saldría de la Catedral, “haciendo estación en la Parroquia Auxiliar de San Antonio” de la que “volverá conduciendo la Sagrada Imagen de Nº. Sr. Jesucristo de la Columna, que se expondrá a la veneración pública de los fieles durante los nueve días de rogativas, o más si continuase el grave conflicto en que nos hayamos”.

El 2 de Enero de 1852 el Obispo se dirige de nuevo al Gobierno Civil y al Ayuntamiento porque “Habiéndose dignado el Señor oir las oraciones y los votos de su Pueblo y mandarnos la lluvia de que tanta necesidad tenía este vecindario y los campos de la Provincia”, correspondía agradecer el favor recibido celebrando el domingo 4 en la Catedral un solemne Tedeum, tras el que saldría la imagen, que había permanecido expuesta en la Catedral, de vuelta a San Antonio en otra procesión solemne a la que se volvía a invitar a las autoridades “a este acto en que tanta parte debe tomar la Piedad y la gratitud del Pueblo”.

Es un pequeño pero claro ejemplo del uso utilitario de una representación de la Divinidad, con destierro incluido en la Catedral, y sin que pudiera regresar a su templo habitual hasta que accediera a los ruegos de los fieles y enviara la lluvia tan esperada; y una muestra de la religiosidad popular gaditana ya olvidada.

 
El Obispo intermediario.

  Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz.