sábado, 4 de julio de 2015

Activistas


            Por el Diario de Cádiz he conocido que la mayoría de los nuevos ediles del equipo de gobierno municipal de la ciudad presentan como el principal de sus méritos, para algunos el único, el ser o haber sido activista.

            Aunque no estoy muy familiarizado con el actual vocabulario político, creía que los activista eran los que hasta hace poco se llamaban voluntarios, personas que trabajan, hoy se diría luchan, de una forma totalmente altruista, por el triunfo de una idea o por la consecución de unos principios o de una causa social, más o menos noble.

            Así he conocido a muchos activistas políticos, sindicales, deportivos, folclóricos, culturales, religiosos y hasta activistas cofrades, que no se si clasificarlos entre los folclóricos, los culturales o los religiosos. Eran personas que empleaban su tiempo y su dinero para conseguir su ansiado objetivo. Incansables y, aunque algunas veces incluso resultaban algo pesadas por su conversación monotemática y su pasión exagerada, pero todas tenían un elemento identificador, lo hacían por su causa, por sus ideas o por su afición, pero todas ellas se hubieran ofendido si alguien les hubiera insinuado que por su trabajo y su desvelo debían cobrar. El dinero era algo que no entraba en la mochila, ya antes también existían, ni en el componente motivador del verdadero voluntario o activista.

            Incluso yo, aunque nunca pasó por mi cabeza el denominarme activista, también he participado en algunas causas que consideraba justas y beneficiosas para mis paisanos, ofreciendo de forma desinteresada mi granito de arena, mis aptitudes y mi trabajo. Entre otros proyectos culturales y sociales, he sido desde socio fundador de la Peña Flamenca Enrique el Mellizo, hasta, en la actualidad, directivo de una asociación medio digital, Cádiz Ilustrada, que busca la defensa del maltratado patrimonio cultural de esta ciudad.

            En ninguna de estas actividades ni en muchas otras que omito, ni yo ni nadie que participaba en las mismas, cobraba una peseta o un euro. Al contrario, cada persona ponía, o pone, de su bolsillo, el importe del café o del refresco en las reuniones o ,a gasolina de su vehículo en los casos de desplazamientos.

            Por eso manifiesto mi extrañeza al ver que estos activistas desinteresados que han tomado el poder municipal, todos sin excepción, han abandonado ese desinterés para entrar a formar parte de la clase de los políticos profesionales.

            Comprendo que en algunos casos sea de justicia que cobren, ¿pero es necesario que cobren todos? ¿Es que ya dejaron su activismo social? ¿Es que el gobierno Cádiz no merece al menos el mismo desinterés monetario  que tenían con los objetivos por los que hasta ahora han luchado? ¿Es que el político municipal pierde calidad si trabaja de forma altruista por su ciudad? ¿O acaso es que se han cansado de ser activistas honorarios o de vocación y ahora pasan a serlo de profesión? En cualquiera de los casos, me han decepcionado. Ya sé que no tengo merecimiento alguno para ser concejal, ni tampoco soportaría aguantar a “la cúpula” de ningún partido político, pero para este jubilado, que no presume de activista, sería su mayor “orgullo y satisfacción” poder contribuir a ayudar a sus paisanos y aportar su esfuerzo al engrandecimiento de la ciudad que me vio nacer. Y por supuesto sin cobrar por ello.
           



           

                           

Los fusiles de Salvochea


            Atribuyo al desconocimiento real de la historia de Cádiz la exaltación mítica de la figura del Alcalde Fermín Salvochea que, al menos en su actuación pública, sólo aportó a su ciudad sangre, sufrimiento y ruina, aunque quizás en su haber habría que poner el derribo de varios conventos desamortizados, lo que después llevaría a la apertura de nuevas plazas para la ciudad. Creo que la fama de santidad que el pueblo le dio con posterioridad y que ha llegado hasta nuestros días, se debe más a su vida privada posterior a estos acontecimientos cuando, sin formar una familia y refugiado en el domicilio materno, se convirtió en una figura popular, un asceta que recorría la ciudad exhortando a sus amigos comerciantes a que practicaran la caridad con los gaditanos más necesitados. No hay que olvidar que, aparte de sus ideas progresistas, Fermín Salvochea se había criado en una familia conservadora y religiosa por partida doble, por los navarros y muy religiosos Salvochea y por los conversos y no menos religiosos Álvarez, que conocemos por la excelente biografía del político Mendizábal de la que es autor Manuel Ravina Martín.

        Una de las consecuencias para la ciudad de las intentonas revolucionarias de este Alcalde, sería el pago de los daños y perjuicios causados por la compra fallida de armas por cuenta del Ayuntamiento. En marzo de 1873 Fermín Salvochea accedió a la Alcaldía de Cádiz; en junio de ese año, el Ayuntamiento acordó la compra de fusiles para armar a las milicias ciudadanas, firmando el correspondiente contrato con la ya entonces prestigiosa casa norteamericana “Remington & Son”. Aunque para proceder al pago de estos fusiles intentó la venta de la custodia del Corpus, de propiedad municipal, al final no lo consiguió, por lo que consideró rescindido dicho contrato.

La fábrica de Armas de Remington & Son en el siglo XIX.
            En 1875, la Corporación gaditana recibió una reclamación formal de Samuel Norris, un representante de la compañía que se había trasladado a España e instalado en Madrid en el Hotel París, desde donde le reclamaba al Ayuntamiento “en nombre de la firma E. Remington e Hijos por los  perjuicios por la falta de cumplimiento por parte de la Corporación de cierto Contrato de armas efectuado por dicha Corporación en junio de 1873”.

         Como intermediario en Cádiz Norris contactó con el Cónsul en la ciudad Alfred Napoleón Alexander Duffie, quien llevó las negociaciones para lograr un acuerdo amistoso ante esta reclamación.
        
          ¿Quién era Duffie? Conocedores de la importancia que en el comercio con América tenía la ciudad, los Estados Unidos concedieron siempre mucha importancia a su consulado en Cádiz. Así este Cónsul era un prestigioso militar, héroe de la guerra que años atrás había asolado esta nación. Aunque nacido en París en 1835 y militar francés en diversas colonias africanas, marchó a América en 1859, participando en la guerra de Secesión donde llegó a ser Brigadier General de la Caballería del ejército del Norte.

Alfred Napoleón Alexander Duffie
               La propuesta de representante de la compañía vendedora era el pago por el Ayuntamiento “de 1.000 $ en efectivo al aprobarse el Presupuesto Adicional y 5.000 $ en Bonos de nueva creación”, aunque “la suma de los perjuicios excedía de los 1.710 $, así que la oferta era “una insignificante suma que sólo representa como una tercera parte de la verdadera suma de los perjuicios”. Pero había buena voluntad, “los Señores Remington tienen presente el deseo de liquidar de una vez esta demanda, teniendo también presente el estado financiero de la Corporación”, aunque si se rechazaba esta propuesta, “la otra opción es pedir judicialmente el cumplimiento íntegro del contrato inicial”.

            El Ayuntamiento nombro una Comisión especial para estudiar el tema y realizar otra propuesta de solución, pero al final en Diciembre de ese año se acordó fijar la indemnización en “1.000 pesetas en efectivo y 4.000 en Bonos de la Ciudad” de una emisión de deuda pública que pensaba emitir en breve.

            La moraleja de esta historia es que la Revolución, en su discurrir heroico y abnegado, olvida una obviedad, que después de gastar hay que pagar. Pero no hay que preocuparse, pues después como siempre será el pueblo quien se encargue del pago de las costas revolucionarias como sucedió en esta historia.

            Por cierto que uno de sus protagonistas, el General Duffie, falleció en nuestra ciudad el 8 de noviembre de 1880, solicitando su viuda Mary A. Duffie que su cuerpo fuera embalsamado para trasladarlo a los Estados Unidos, lo que se llevó a cabo por los médicos gaditanos Benito Alcina y Federico Godoy Mercader en el domicilio del Consulado, en el número 12 de la calle Isabel la Católica.


            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz

jueves, 11 de junio de 2015

Una nueva fuerza emergente en Madrid


            Tengo que confesarles un secreto, no he votado. Como estaba indeciso esperé hasta que vi una encuesta publicada en el Diario de Cádiz en la que preguntaban a los partidos políticos que se presentaban a estas elecciones por el número de asesores que pensaban contratar. Todos fueron imprecisos en sus respuestas, “los necesarios, los reduciremos, los imprescindibles´ pero ninguno dijo que no los contrataría. Era la prueba del algodón; cualquiera que haya trabajado en una Administración Local mediana, como por ejemplo el Ayuntamiento gaditano, sabe que los llamados asesores no existen, mejor dicho, los únicos asesores de verdad que van a usar los futuros ediles serán los funcionarios, mientras que llamarán asesores a un grupo de compañeros del partido o compromisos familiares, que van a disfrutar durante cuatro años de un sueldo sin necesidad de conocer de ninguna materia ni siquiera de pisar un solo día la Casa Consistorial.

            Eso me convenció, aunque sea una frase muy manoseada, todos son iguales según para qué cosas. En concreto para lo que llamamos por esta tierra la mangancia o el trinque. Por supuesto que no es nada ilegal, es algo correcto y no desprestigia a quienes usan de esta forma fina de apoderarse de nuestro dinero. No son unos políticos corruptos sino unas personas honradas que usan de una ley imperfecta para beneficiar a los suyos. ¿Quién no mira por los suyos? Pero como ya tengo algunos años y he visto pasar por mi empresa de la Plaza de España en Cádiz a tantísimos asesores, bueno a la mayoría ni siquiera los he visto, me propuse no legitimar con mi voto esta golfería, así que con todo el dolor de mi corazón pues quiero a mi ciudad y me preocupa su futuro, decidí no votar en estas elecciones y marché unos días a Madrid.

            La mañana del domingo 24, en plena jornada electoral, en la Villa y Corte o Capital del Reino, lo que ustedes prefieran, este gaditano subía por la calle Moratín que desde el Paseo del Prado sube hasta confluir con Atocha en  Antón Martín, cuando de pronto los vi. Jóvenes sudorosos, hermanados por una misma idea, subían disciplinados con paso firme, seguros de sí mismos y exhibiendo a los ciudadanos su fuerza ya que habían logrado infiltrarse y triunfar en el mismo Madrid. No cabía duda, se trataba de las que han dado en llamar ‘fuerzas emergentes´ y precisamente de una que, a pesar de la ayuda de la prensa local y de sus numerosos seguidores, todavía no había logrado abrirse paso en la fortaleza tradicionalista de la ciudad que todavía gobernaba Teófila Martínez.

            Admirado contemplé su paso y la mirada de curiosidad e incluso de admiración que les lanzaban los peatones, sorprendidos por su irrupción en día tan señalado. Por mi parte quedé admirado de su poderío y comprendí que toda la resistencia ante esta nueva fuerza emergente sería inútil, de ellos es el futuro y Cádiz no se les resistiría, terminaría sucumbiendo a la nueva juventud, a sus nuevas ideas y a su nueva forma de pensar y de actuar más acorde con el siglo XXI.

            Puedo dar fe que en domingo 24 de mayo de 2015, mis ojos contemplaron una proeza victoriosa del ‘costal´, del estilo de carga sevillano. Viendo cómo se alejaban hacia Antón Martín los sufridos costaleros ajenos a la disputa electoral que se dilucidaba en toda España comprendí que la victoria caería de su lado, era inútil la resistencia. Cádiz también caerá, más pronto o más tarde, rendida a esta nueva fuerza emergente en el mundo de la carga.

            
Ensayando en Madrid en la jornada electoral.

sábado, 6 de junio de 2015

El primer Corpus laico.



Siendo temas de actualidad tanto el próximo posible cambio en la Alcaldía de la ciudad como la inminente celebración de la festividad del Corpus, que tiene una tradición de siglos de colaboración entre los Cabildos municipal y eclesiástico, publico estas notas sobre la primera celebración laica de esta fiesta en Cádiz, en las que se observa que, a pesar de la firmeza en la defensa de los principios laicos, no se falta en ningún momento al respeto entre ambas corporaciones, ni se deja de prestar por el Ayuntamiento la necesaria colaboración para el normal desarrollo de la procesión en su forma tradicional al ser una celebración festiva más con un fuerte arraigo en la ciudad.

El 8 de Mayo de 1869, el Cabildo de la Catedral, se dirigió a la Alcaldía gaditana porque: “Acercándose la Festividad del Santísimo Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, y habiendo sido antigua y piadosa costumbre de los Ayuntamientos de esta Ciudad costear los preparativos y gastos de la procesión solemne”, el Cabildo que representaba quería saber “si el Municipio de su digna Presidencia está o no dispuesto a continuar en el asunto referido, la honrosa práctica de todos sus predecesores”. Pero ni el Alcalde ni la nueva Corporación, que había accedido al poder tras la Revolución de Septiembre del pasado año, querían al parecer continuar con esa “honrosa práctica”.

            Por lo pronto el nuevo Alcalde Rafael Guillén y Estévez, que llevaba pocos meses en el cargo, llevó inmediatamente esta petición a debate de la Corporación, que el 11 de mayo acordó “Que no está dispuesto a costear los preparativos y gastos de la procesión del Corpus”.

Claro que este acuerdo no impidió la colaboración habitual entre los dos Cabildos, dando órdenes al Mayordomo municipal para que facilitara al Cabildo Catedral “los tablados que se colocan para la procesión del Santísimo Corpus, las andas de los patronos” así como los vestidos de los gigantes y cabezudos y los toldos que cubrían las calles por donde trascurría la misma. Y por supuesto para que entregara “la Custodia de la Ciudad, con todas las precauciones y seguridades con que se acostumbra a hacerlo en años anteriores”. Por cierto que ese año la procesión se suspendió el jueves a causa de la lluvia, celebrándose el domingo siguiente, según costumbre de esa época.  

También como era costumbre la Alcaldía solicitó al Gobierno Militar que le diera el permiso para extraer la arena de la playa de la Caleta “con el fin de que pueda cubrirse la carrera de la procesión del Santísimo Corpus Christi”, operación que se ordenó al “Sobrestante de la Limpieza Pública”.     

Pero además el 24 de mayo, cuando faltaban pocos días para la procesión, se convocó otro cabildo para debatir “si en caso de pasar el jueves inmediato próximo por estas Casas Consistoriales la manifestación Católica conocida bajo la denominación de la procesión del Corpus se han de llenar o no los requisitos acostumbrados en años anteriores”, que consistían en el exorno del edificio y en los toques de protocolo por la campana del reloj municipal. Se produjo un debate en el que tomaron la palabra, por los partidarios de no hacer ninguna demostración externa José María Franco, fundándose en que era un acto de culto externo y que las Cortes ya habían prescindido del principio de que la religión Católica fuese la del Estado, además si se trataba de un acto de urbanidad con el Cabildo catedralicio, éste meses antes, cuando pasó la Corporación municipal bajo mazas delante de la Catedral “por las puertas del primer templo católico de esta Plaza, asiento natural de aquel Cabildo, no fue saludado con la menor demostración”. Por los partidarios de continuar con la tradición habló José Morales Borrero, para el que estas demostraciones que se hacían al paso de la procesión no suponían “que la Corporación Municipal tomaba parte en la festividad religiosa” al contrario de lo que sí sucedía en los años anteriores. Puesto el punto a votación, se acordó no hacer ninguna demostración externa por siete votos contra cuatro.

            Ni que decir tiene que este último acuerdo fue del agrado de los republicanos gaditanos, recibiéndose en la Alcaldía diversos oficios laudatorios. Como el del Club Republicano de Sixto Cámara cuyos socios “en número de 400”, en una reunión al día siguiente, acordaron “dar un voto de gracias a la Corporación del Ayuntamiento Popular por el acuerdo tomado…sobre la conducta que debía seguir dicha corporación en las fiestas del Santísimo Corpus Christi”. También se reunió el Club Republicano La Palma, quien “por aclamación unánime de la gran concurrencia” dio “su voto de confianza por lo bien que ha interpretado la idea libre cultista”. El Club Republicano de José Moreno, “Situado en la Escuela de San Francisco”, o sea en el convento desamortizado, dio otro voto de gracia a los concejales “que en la sesión del 24 acordaron no tomar parte en ninguna manifestación o función religiosa”.    

La Juventud Republicana a favor del Ayuntamiento

            Más efusivo fue la asociación Juventud Republicana, que en sesión pública “acordó por unanimidad dar un voto de gracias y felicitar a esa digna Corporación por su criterio altamente libre cultista y por su enérgica conducta y liberal actitud en las cuestiones religiosas de actualidad”, y terminaba con esta consideración política: “El pueblo de Cádiz ve con satisfacción que los dignos depositarios de sus intereses saben responder con valor a las exigencias revolucionarias de Septiembre, Reciba ese popular Ayuntamiento los plácemes de la Juventud Republicana de Cádiz y cuente con su adhesión y simpatía”. Recibiendo la contestación en un acuerdo del día 1 de junio en el que se daban “las debidas gracias por su fina atención y por la satisfacción que le ha causado al Cuerpo Capitular que sus acuerdos en este punto hayan merecido el aplauso de todos sus correligionarios“.

            Por cierto que en la sesión del día 2 se acordó, a propuesta de los concejales José María Duque, Enrique Bartorelo y Calisto García “en vista de la cantidad que resulta de economía en beneficio de los fondos de propios, por no haber tomado parte la Corporación en la festividad del Corpus, y con el fin de que el pueblo pueda disfrutar de las citadas economías” …”el reparto de una limosna de pan y carne a la citada clase, luego que lo permita el estado actual de los fondos del Municipio”.


            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz.

miércoles, 8 de abril de 2015

¿Quién paga la Revolución?



            En el Diario de Cádiz de hoy, el candidato a la alcaldía de la ciudad del partido Podemos pone como su guía político a Fermín Salvochea, al que piensa imitar durante su mandato como alcalde si las urnas así lo deciden.

            Ignoro de qué asignatura da clases nuestro candidato a Alcalde, si no está liberado claro, pero debía profundizar un poco más en la Historia, así sabría que, además de las actitudes brillantes, abnegadas y heroicas, los revolucionarios, de derecha o de izquierda, los salvadores de la patria y los salvadores del pueblo, todos, suelen dejar tras de sí unas secuelas de daños y destrozos, cuando no de lágrimas, de sangre y desgracias humanas. Secuelas quizás necesarias para obtener la revolución y la adquisición rápida del poder, pero que resultan cuanto menos molestas para quienes las sufren, quienes las padecen y quienes las pagan.

            En mi época de adolescente era un joven romántico en una ciudad también muy romántica o que al menos entonces todavía conservaba rastros de su antiguo romanticismo. Quizás por eso visitaba a menudo la tumba de Fermín Salvochea en el cementerio de San José, en el espacio dedicado al cementerio civil conocido popularmente como “el patio de los amargaos” porque en él, además de a los no católicos, se enterraban a los suicidas. Yo veía a Salvochea como un idealista, un hombre bueno que había luchado por los desheredados de la fortuna, incluso me identificaba con su figura de rebelde ante la sociedad de Cádiz que no le gustaba, igual que a mí tampoco me gustaba la sociedad de esa época y esta visita, que entonces sólo realizábamos algunos iniciados, me confirmaba en mis ideas de progreso y de mejora de la sociedad.

            Dejé de ir cuando conocí algo más de su obra y, sobre todo, cuando conocí a algunos de los que hacían bandera de su figura, de su vida altruista, de su generosidad y de su honradez, pero que en verdad la utilizaban para introducirse en el poder y poder beneficiarse de los dineros públicos que tan generosamente se ofrecieron a toda clase de pillos, falsarios y caraduras a partir de finales de los setenta y principios de los ochenta del siglo pasado.

            Aunque mis ideas sean las mismas de entonces, pero animado quizás por algún malvado y envidioso resentimiento, fruto de que en toda mi vida de funcionario, nunca pude disfrutar del estatus de liberado en cualquiera de las tres categorías que existían con el P.S.O.E. y existen con el P.P. en la Diputación Provincial, a saber, sindicales, políticos y administrativos, me permito hacer esta pregunta a los admiradores de nuestros salvadores de uno y otro signo: ¿Quién paga la Revolución?    

            Por seguir con el ejemplo de buen alcalde de nuestro gaditano, nos preguntamos ¿quién pagó los gastos de las revoluciones locales de 1868 y del Cantón gaditano de 1873 de las que fue alma y dirigente indiscutible el hoy modelo a imitar Fermín Salvochea? La respuesta es muy simple, el pueblo de Cádiz. El pueblo que es siempre el que paga los platos rotos; en este caso rotos por los revolucionarios idealistas, políticos al fin y al cabo, que venían a salvar a este mismo pueblo al que luego cobrarían los destrozos.

            En una próxima entrega, ya hablaremos de los famosos fusiles americanos, en esta entrada vamos a reseñar algunos de los gastos a los que tuvieron que hacer frente los gaditanos tras los fastos revolucionarios de estos años.

            En el mismo año 1868, a consecuencia de los sucesos del 5 de diciembre, recibió el Ayuntamiento varias reclamaciones para cobrar indemnizaciones por daños ocurridos durante la revuelta. Así la Compañía Central de Alumbrado y Calefacción por Gas le reclamó 81.397 reales y 87 céntimos por los daños recibidos, que incluían entre otras partidas, 200 farolas destrozadas, 10 espiochas, 3 picos y 2 palas “llevadas y no devueltas”, 700 kilos de carbón “entregados por un bono del Sr. Vilches Oficial de Milicias”,  14.632 metros cúbicos de gas perdidos por roturas de tuberías, unos 500 metros de tuberías repuestos y “la manutención de los operarios y suplentes que quedaron encerrados en la fábrica durante la revolución”.

            Luis Vallejo, el contratista de la limpieza pública, al que durante la revuelta le “fueron ocupados los carros del apero por los Voluntarios de la Libertad” para destinarlos “a la conducción de efectos”, así como los mulos “para trasporte de cañones y cureñas de hierro de un peso enorme, cuya operación dejó al ganado en general maltratado y ocasionó la muerte de dos mulos.” Además, “Los carros quedaron todos en el mayor deterioro y sin las compuertas que todas desaparecieron, inutilizándolos, no sólo a causa de las barricadas, sino con posterioridad a los sucesos porque han tenido que transitar por las calles cuyo pavimento estaba todo levantado, particularmente por el barrio del Hospicio y Palma que ha permanecido más de dos meses en el peor estado”.

            Ni que decir tiene que la proverbial falta de fondos del Ayuntamiento no permitió que cobraran al principio ni un solo real, alegando los regidores de San Juan de Dios, a los franceses que habían presentado su reclamación a través del Consulado de Francia, “como si la Fábrica fuera extranjera”, lo que no se podía permitir, diciéndoles que la presentaran directamente y que ya decidirían, al español, aunque sólo pedía el valor de los carros deteriorados y del ganado perdido, le dijeron que “sería sentar un mal precedente, dando lugar a que todas las personas que se crean encontrarse en el mismo caso soliciten con razón que de la misma manera se les indemnice por los perjuicios que puedan haber sufrido durante los sucesos de Diciembre” y sólo lograrían “gravar considerablemente las arcas del municipio”. Tendrían que esperar años a que el Ayuntamiento, forzado por el Gobernador, se viera obligado a indemnizarles.

Años después en 1873 vuelve la revolución a Cádiz con los sucesos del Cantón, en los que de nuevo Salvochea, esta vez como alcalde, es el promotor y principal dirigente.

Un mes antes de declararse la ciudad en Cantón, el Ayuntamiento había expropiado y derribado en cuestión de pocos días la capilla de la Orden Tercera de San Francisco del callejón del Tinte que era propiedad de esta Orden y no del convento de San Francisco. Interpuesto un pleito por Juan de Silóniz su “Ministro Presidente”, que reclamaba al Ayuntamiento una indemnización por importe de 179.424,89 pesetas, éste le ofertó a cambio o construirle de nuevo la capilla o indemnizarle con 75.000 pesetas a pagar en diez anualidades de 7.700 pesetas cada una. Al igual que en el caso anterior, años después todavía el Ayuntamiento continuaba pagando por el derribo de la capilla del callejón del Tinte.   

Una reclamación menor es la que hace un modesto carpintero, al que el Mayordomo municipal le encargó, “por acuerdo de la Comisión de Gobierno que presidía Don Fermín Salvochea”, que “quitase las coronas de los escudos de la cancela de caoba de la segunda puerta principal” de la casa consistorial.  Aunque se trataba sólo de 120 reales, esta reclamación también fue rechazada, “por falta del visto bueno de dicha Comisión”; pese a que el artesano insistió en que no podía obtener dicho visto bueno, “porque los individuos que pertenecían a dicha corporación se hallan ausentes”, unos presos y otros huidos, como bien sabían los munícipes gaditanos que les habían sustituido.

Son historias prosaicas, sin ninguna relevancia ni grandeza histórica, pero que demuestran que los grandes hombres, y los revolucionarios y nuestros políticos lo son, no se entretienen en menudencias ni pamplinas menores, ¿los destrozos que hagamos y los resultados de nuestros errores? Ya los pagará el pueblo, como hace siempre… A menos que los elegidos sean personas normales, sin deseos de gloria, que sólo piensen en administrar bien nuestros dineros y nuestros intereses ciudadanos.

            En fin, Mayo está cerca y, mientras esperamos la llegada de esos políticos ideales que sólo existen en nuestra imaginación, volvamos al silencio reflexivo del que nunca debimos salir, y continuemos revolviendo papeles viejos del Archivo Municipal de Cádiz del que hemos sacado estas notas.   

             
        

miércoles, 11 de marzo de 2015

El proyecto de la Alameda.

         
Donde se diseñó la Alameda.
            Tras la muerte de Fernando VII la convivencia entre militares y paisanos de Cádiz, todos ellos liberales que, por fin, podían manifestar libremente sus ideas políticas, generó un espíritu de colaboración que se plasmó en mejoras para la ciudad. Una de estas mejoras será la creación, en un terreno todavía sujeto a servidumbre militar, como todo el borde marítimo, de un nuevo paseo, el de la Alameda, persuadido el Ayuntamiento de “la falta absoluta en que esta ciudad se halla de un paseo que corresponda a la belleza y ornato de sus edificios”.

            En 1836, el Comandante de Ingenieros Manuel Bayo, se dirige al Ayuntamiento para proponer la transformación del paseo existente, “afecto al recinto de esta Plaza” y “construido en gran parte sobre el mismo terraplén de la muralla”. El Comandante que reconoce que “nunca me permitiría traspasar el radio interior de la muralla pasado el terraplén de la misma” al estar el paseo dentro de lo que sería su competencia, ofrece al Ayuntamiento “un plano del proyecto”, que comprendía un “salón” cerrado con enrejado de madera y rodeado por un banco corrido con su respaldar de hierro. Tendría “doce reverberos para el alumbrado del salón”, “adornos de piedra y estuco para hermosear las escalinatas de sus entradas a fin de que adornen y acompañen las cuatro columnas, dos astronómicas y dos gnomónicas que se han proyectado”.  También se construirían “una casa rústica” para guardar los aperos de jardinería y dos albercas “para el riego de los vergeles”  que estarían cubiertas “con dos pagodes chinescos” Además se indicaban las plantas que podían sembrarse y la época mejor del año para hacerlo.

            Una vez desechada por el Alcalde la idea de poner a trabajar a algunos de los numerosos “facciosos”, para emplear a operarios “de los muchos que están sin trabajo en esta ciudad”. Estos “facciosos” cuyo trabajo forzado “se acostumbra en otras partes para utilidad del Estado y beneficio de la economía”, eran los prisioneros de carlistas de los que había más de mil en el fuerte de San Fernando en Cortadura y que ya trabajaban en las obras del paseo del arrecife en Extramuros. El Comandante Bayo ofrece su colaboración “con los medios que he adoptado y los auxilios que la Comandancia de Ingenieros  pueda proporcionar”.

            La Corporación municipal aprueba el presupuesto de la obra, que ascendía a los 60.000 reales, “suma distribuida casi en su totalidad en los jornaleros y en los artesanos de esta ciudad, que remediará algún tanto la miseria general de que se resiente”. El Gobernador Civil Pedro de Urquinaona aprobó el gasto, quedándose “para el año entrante” el resto del proyecto que era menos costoso “porque no tiene relieves ni respaldar” aunque “sí se ha de traer una columna rostral con la estatua de Cristóbal Colón o de otro máximo español, célebre en la Historia en la enfilación de la calle del Puerto”. También “se ha de traer un gran pedestal con otra estatua en la plazuela elíptica proyectada en la enfilación de la calle de Linares”; total otros 40.000 reales.

Con estos reales, en palabras del Comandante Bayo “empleados la mayor parte en beneficio de los artesanos del pueblo, se habrá hecho un paseo que no creo desdecirá de la cultura y del buen gusto característico de los habitantes de esta hermosa ciudad”.

Y el paseo se hizo y, aunque cambiado y mejorado en el siglo XX, todavía sirve para el disfrute “de los habitantes de esta hermosa ciudad”.

La firma del Brigadier Coronel Bayo.  


Del Archivo Municipal de Cádiz.

            

viernes, 27 de febrero de 2015

La capital a Jerez


            
           Unos de los intentos de dividir la provincia de Cádiz o de convertirla en la provincia de Jerez ocurrió al poco de instaurarse en España el régimen liberal, tras el fallecimiento de Fernando VII. 

          En junio de 1836, en unión con su Ayuntamiento varias, entidades jerezanas, la Real Junta de Comercio, la Real Sociedad Económica de Amigos del País y la Junta Municipal de Beneficencia, solicitaron que se fijara en esa ciudad la residencia del Gobierno Civil y de la Diputación Provincial. Remitidas estas peticiones al Gobernador Pedro de Urquinaona, éste se las envió al Ayuntamiento de Cádiz para que informara.

            No hemos localizado los escritos jerezanos, pero sí la contestación del Ayuntamiento gaditano que comenzaba diciendo “Esta Corporación ha examinado detenidamente las adjuntas representaciones…de Jerez de la Frontera, pidiendo a S. M. la Reyna Gobernadora se digne colocar en aquella ciudad la Capital de esta Provincia, y halla que las razones en que se fundan o son abultadas o de ningún valor al objeto a que se destinan”.

            Y continuaba “Que Cádiz es el verdadero centro político y económico de su provincia es una verdad tan innegable que las mismas autoridades de Jerez le oponen solamente el que se halla situada en un extremo de ella, y el peligro en que está de verse bloqueada o sitiada en tiempo de guerra. Extendiéndose esta provincia desde Sanlúcar hasta Algeciras y desde Olvera hasta Cádiz, si se atiende a la distancia material, tan en un extremo se halla Jerez como Cádiz; porque habiendo entre estos dos pueblos la distancia de 4 leguas, o sea dos horas de camino en tiempos bonancibles, y de 9 leguas en los tiempos borrascosos (diferencia que sólo aparece para los que vienen de los pueblos situados a la parte del norte), es claro que no reúne Jerez esa decantada circunstancia de la centralidad. Y en cuanto al peligro de un bloqueo o sitio, además de ser ciertamente remoto, si se diera el caso de que Cádiz se viera sitiado ¿en qué situación no debería estar ya la provincia para que las oficinas superiores pudiesen existir con seguridad en Jerez?”.

            Otro de los argumentos jerezanos era “Que el cerrarse las puertas en Cádiz al anochecer es un obstáculo para los traficantes y viajeros”.  A lo que se contestaba que “Como de noche nadie viaja ni trafica no cree el Ayuntamiento que este inconveniente tan ponderado sea de la importancia que se le supone. Además que la Real Sociedad Económica (se refería a la de Cádiz) tiene presentado un expediente para que se mantengan abiertas las puertas durante la noche y es muy probable que cuanto antes recaiga la resolución que es de esperar”.

            También alegaba Jerez que de trasladarse allí la capital “serían favorecidos los intereses de los demás pueblos de la Provincia no cree beneficioso para sus intereses el quela Capital se halle en una plaza mercantil” Para los munícipes gaditanos “Los intereses agrícolas de la Provincia deben ser promovidos por los Ayuntamientos respetivos de cada pueblo y por la Diputación Provincial, y nada hace al caso que los Vocales de ésta (los actuales Diputados Provinciales) residan en poblaciones mercantiles o agrícolas para que se interesen por el bien de los Partidos que representan”.

            Los solicitantes añadían que “el traslado del Gobierno a Jerez es el único medio de proteger aquellas poblaciones”, a lo que se oponía desde Cádiz que “mal podrán las autoridades de la Provincia proteger lo que las locales, únicas que conocen las necesidades de los pueblos dejen en abandono”. No importaba tanto la presencia de las autoridades provinciales en Jerez como el trabajo municipal, “los  expedientes bien formados y fundados en razones” que debían allanar los obstáculos y vencer las dificultades y trabas “para llevar los pueblos a la felicidad a que son llamados”.

            Por último el Ayuntamiento gaditano “No cree que Jerez pueda entrar en paralelo con esta ciudad en cuanto a la facilidad de las comunicaciones, no sólo con los pueblos limítrofes, sino aún con los demás de España y de Europa, facilidad que tanto influye en los acontecimientos, en el espíritu público, en las transacciones civiles y en los actos del gobierno de la Provincia. Ni menos en la comodidad de las posadas ni en la belleza y aseo de la población. Y confía que, no ocultándose al Gobierno de S. M. éstas y otras muchas razones de conveniencia pública que existen para conservar en Cádiz la capital de la Provincia, desechará las infundadas pretensiones de Jerez”.    

            Parece ser que este informe surtió efecto ante el Gobierno de S. M., ya que hasta el día de hoy la capital provincial administrativa continúa en su sede de la plaza de España de Cádiz. Pero, cabe preguntarse, ¿ante la misma pretensión, pasaría lo mismo ahora que los partidos gobernantes en Cádiz y en Jerez son los mismos? ¿O quizás ocurriría como con la creación de la Zona Franca de Sevilla, admitida sin protesta y hasta con complacencia por el poder municipal gaditano? No lo sabemos, aunque lo más probable es que todo dependería de la orden que les llegara desde Madrid.   

            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz.

            

viernes, 20 de febrero de 2015

La Plaza.


            A algunos siendo casi niños nos llevaban a la Plaza a ver los “tosantos”, también a escuchar cantar a los coros antes de que se inventara lo del “carrusel”, para todos los gaditanos era la Plaza, a la que la nomenclatura municipal denominaba pomposamente el Mercado Central y que las nuevas generaciones ya van conociendo como “el espacio gastronómico del mercado”. La plaza de la Libertad, nombre que respetaron hasta los Ayuntamientos franquistas, pero que muy pocos lo conocen ya. Desde el viejo recuerdo a aquellas vivencias infantiles me permito recordar los comienzos de su nacimiento.

            Al principio del siglo XIX no era sino una parte de la huerta del convento de los Franciscanos Descalzos; vendida por los frailes al Ayuntamiento, se formó en ella una explanada, con el nombre de Libertad, en la que se instalaban entradores y vendedores de productos de las huertas de Extramuros y de la cercana Chiclana formando un mercado más propio de un pueblo que de la civilizada ciudad que era entonces Cádiz.

Esto lo vio en 1836 el Alcalde 1º Therán quien se dirigió al pleno municipal en estos términos “Es indudable que el estado de la plaza pública llamada de la Libertad no corresponde al nombre de esta Capital, a la cultura de su vecindario y al lustre de este Cuerpo municipal”. Se quejaba del estado del mercado “La desigualdad de sus puestos, su corto número, la falta de oficinas para su aseo, mejor orden, servicio del público y vigilancia de la Autoridad son circunstancias que reconoce cualquiera”.

   Para solucionar esta situación proponía “Agrandar la plaza, hacer los puestos iguales y en el número y por el orden conveniente con las demás oficinas necesarias” así como “abrir una calle que desde la de Sacramento, prolongando la de San Miguel vaya a la Plaza” y acompañaba “unos dibujos” que ilustraban sobre la “nueva plaza” que proponía.

Se formó una Comisión integrada por los ediles Tomás Macías, José María Gómez y Juan de Elizalde que estudió este proyecto, y que animó al Ayuntamiento a emprenderlo para conseguir, “ya que no verla concluida en su tiempo, haberlo intentado y planteado”. Calculó su coste para noventa puestos en 27.000 reales de a ocho, y al señalar esta moneda usaba el símbolo español que tomaron prestado en los Estados Unidos para el Dólar, aunque proponía como ahorro utilizar en su construcción “una considerable cantidad de piedras” que había quedado “en el derribo de las tapias de la que fue huerta de San Francisco”.

La Plaza en moneda con símbolo español.

En cuanto a la ampliación de la plaza entendía que "no se debe intentar, conceptuando que para Cádiz, con la plaza que existe tiene suficiente". También sobre la nueva calle que continuara la de San Miguel, su parecer fue negativo, “pues además del desnivel del terreno que ocasionaría una calle con demasiada pendiente, tendría más bien la hechura de callejón  entre dos tapias” y además que era “tan corta la distancia de la calle de San Miguel al callejón alto de los Descalzos que no recompensaría el  trabajo y coste de la obra”.


El tiempo le daría la razón a Therán frente a los realistas miembros de la Comisión.

El proyecto de Therán.
Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz.

Cuando el Cádiz rancio perdió la batalla.


            Casi desde que llegó la Democracia, coincidiendo con los comienzos de una grave crisis económica y social, Cádiz mantenía una desigual e invisible lucha con entidades territoriales superiores a ella para mantener su deteriorado estatus económico y conservar su diferenciada cultura ciudadana.

Políticos e intelectuales de Las Cabezas de San Juan para arriba nos miraban por encima del hombro con la misma curiosidad con la que los viajeros románticos del siglo XIX miraban a España, esa tierra tan encantadora llena de frailes, toreros y bandoleros. Estos políticos e intelectuales que se acercaban hasta Cádiz, viajando en sus coches por la autopista para asistir sin pagar a la final del concurso de agrupaciones del Carnaval en el Falla, lo tenían claro; Cádiz era un buen lugar para estar un rato, aunque alguno se quedaba hasta el “carrusel” del domingo en la antigua Plaza, reírse con la gracia de los lugareños y comer alguna de las delicias gastronómicas tan peculiares de esta tierra, tortillitas de camarones y mariscos para pobres incluidos, mientras admiraban el ingenio de los tipos graciosos que producía esta ciudad, ingenio que pronto incorporarían a la maquinaria mediática de su poderoso imperio sevillano.

            Algunos gaditanos, no confundir con “gaditas”, esperábamos que se produjera una reacción ciudadana. Confiábamos en que los políticos, las instituciones y las asociaciones, sin renunciar a la modernidad y la actualización que exigían el final de un siglo y el comienzo del otro, defendieran los usos y costumbres que conformaban el carácter de una ciudad que fue adelantada en España en muchas innovaciones y movimientos sociales.

            Esperanza vana, los políticos no estaban por la labor. Desde aquel día de un ya lejano Carnaval en que el Alcalde Carlos Díaz, excelente persona por cierto, subido a las Puertas de Tierra nos descubrió una verdad histórica, que por ella no pasaron las tropas de Napoleón, olvidando que por el puente Suazo tampoco, ya vimos que esta nueva generación de dirigentes políticos, salvo excepciones, no estaba muy entusiasmada ni por la Historia ni por la Cultura en general ni por la Cádiz en particular. 

               En cuanto a las instituciones, sometidas al igual que los políticos en su actuación a las directrices madrileñas o sevillanas, dejaron a un lado el fomento de las potencialidades da la ciudad para atender y potenciar otras actividades de segunda categoría. Por ejemplo la misma Zona Franca, que guardó silencio ante la constitución de su competidora sevillana, se puso de espaldas al mar que fue la vida de la ciudad durante siglos y se dedicó a la especulación inmobiliaria por la provincia, patrocinando en la capital instituciones tan curiosas y dignas de estudio como el Casino Gaditano. A propósito, si el edificio que éste utiliza es de propiedad municipal ¿por qué no se permite su uso a otras asociaciones tan merecedoras como la usuaria? Si lo comparamos por ejemplo con el Ateneo, pierde en todas sus actividades, en las culturales por goleada, ya que en las pocas que organiza el Casino la presencia de sus socios se puede contar con los dedos de una mano; y en cuanto a las sociales pasa otro tanto; a ver, ¿cuántas placas ha colocado el Casino por la ciudad?

            Lo mismo ocurre en el terreno deportivo; ¿alguna vez saldrá algún gaditano con la capacidad económica o el prestigio social como para hacerse cargo del Cádiz S.A.D.? Y en el Carnaval, ¿acaso no se mantiene y publicita en gran parte gracias al sevillano Canal Sur? ¿No triunfan los autores o poetas sevillanos superando a los propios locales? También en el mundo de la Semana Santa, la juventud cofrade que sabe mucho de Historia del Arte pero que, como en el verso machadiano, desprecia cuanto ignora de las tradiciones de su ciudad, ¿no se rindió hace ya muchos años a la supuesta superioridad estética sevillana?

            A este declinar cultural y social han contribuido los medios de comunicación a los que sólo tienen acceso políticos, intelectuales, carnavaleros, futboleros y cofrades adeptos a las fuerzas sociales y culturales emergentes y que se enfrentan a los pocos opositores a su triunfo que van quedando en la ciudad, pero ¿existen estos resistentes? ¿Dónde se ocultan?

Refugiados en algunos bares o en los modestos baches, la versión gaditana del tabanco jerezano o del güichi isleño, estos ´´últimos de Filipinas” la mayoría ya jubilados, se baten en retirada, conscientes de que cuando falten se irá con ellos una forma gaditana de ser e incluso de expresarse; se encuentran inmersos en una cultura popular e incluso ilustrada que ya no es la de la ciudad que conocieron. Quizás por eso, rebeldes hasta en el habla, todavía se empeñan en recordar lugares que sólo existen en su imaginación; bares y cafés como el Novelty, el Viena, el Cantábrico, el Hamburgo o el Mikay; comercios como Créditos Rucas, La Riojana, o Merchán; hablan de sus viviendas utilizando vocablos ya muertos como patinillo, accesoria o casapuerta e incluso, en el colmo de su rebeldía y conservadurismo, usan expresiones social y políticamente incorrectas como los baratillos cuando se refieren al mercadillo dominical, penitente cuando quieren decir nazareno o la plaza cuando aluden al espacio gastronómico del mercado.

      Ya les queda poco, el Diario de Cádiz de hoy se refiere a un edificio “okupado” como “la Corrala”, expresión que usan los propios ocupantes y que, aunque proviene de Sevilla, es hija de la jerga madrileña-manchega que ya ha suplantado en la capital andaluza al tradicional corral trianero.

Cuando el mismo pueblo de Cádiz habla de corrala para denominar lo que aquí siempre se llamó una casa de vecinos es que no queda ninguna esperanza, la batalla está perdida. Así que gaditanos rancios ya no tenéis nada que hacer ni que decir, reconocerlo, la modernidad por fin triunfó en Cádiz.
                
             

            

domingo, 8 de febrero de 2015

Fenicios de cuando Franco


Escudo del Grupo de Empresa de clara iconografía fascista.
            En este Carnaval de 2015 salen algunas agrupaciones que llevan a los fenicios por tipo, ese pueblo del Mediterráneo que habitó en Cádiz antes de la Explosión de 1947. Al haber escuchado en alguna radio que era la primera vez que salía ese tipo, sin pretender acercarme siquiera al pedestal donde se encuentran tantas personas doctas en la historia del Carnaval, me permito recordar a “Los Fundadores de Gadir” un coro que salió en el siglo XX, en tiempos de Franco. Aunque corresponde a una época nefanda y completamente fascista, en la que ni se hizo nada bueno, ni se salva nadie de los que la vivieron, salvo los contemporáneos que luego se metieron en política claro, creo que se me perdonará mi osadía si alego en mi descargo que era un coro formado por obreros, productores se decía entonces, de los astilleros, como se conocía a la antigua factoría de Echevarrieta y Larrinaga y en los años cincuenta de Astilleros de Cádiz S. A..  

            Para su descripción me guiaré por la Memoria 1952-1953 del Grupo de Empresa de esa factoría de la que extraeré los párrafos que entrecomillo. “Corría el mes de Octubre de 1952 y ya en nuestra ciudad, tan fiel a sus tradiciones, se hablaba con insistencia de las próximas salidas de los coros y chirigotas. Esta próxima salida se haría para el mes de Febrero durante los tres días de carnaval. Como esta manifestación folklórica gaditana tiene sus principales adeptos entre las clases modestas, de ahí que un núcleo de obreros se dirigiera al Grupo (de Empresa) en solicitud de que se estudiara la posibilidad de organizar un coro en la factoría”. Deben ser sendas erratas que en un folleto impreso por Salvador Repeto en 1953 se mencionen las palabras “carnaval” y “obrero”, pero lo que consideramos imperdonable y denota el marcado carácter fascista e ignorante de esta publicación es que considere como “principales adeptos” de la fiesta a “las clases modestas”, sin hacer ninguna referencia a los intelectuales que conforman la misma, a los filósofos, poetas e historiadores que marcan sus pautas y nos ilustran sobre su sentido y su significado en la vida y en la historia del pueblo de Cádiz. Claro que como era durante el Fascismo a lo mejor estos intelectuales ni siquiera existían o, como piensan algunos malvados, no se interesaban por el carnaval precisamente por tratarse de una fiesta del pueblo, de esas “clases modestas” a las que por entonces sus padres no les dejaban acercarse mucho. 

            Pero dejemos esta deriva seudo-cultural y políticamente incorrecta para continuar con la descripción del coro. “Tres meses de continuados ensayos de diez a doce de la noche, dieron por fruto un gran coro de treinta y dos voces, que conjuntado por nuestra Rondalla fueron cuarenta sus componentes, hábilmente dirigidos por el Encargado de Taller Gustavo Rosales Márquez”. “La música fue original del veterano comparsista Maestro pintor de la Factoría, Francisco Macías Quirce y las letrillas graciosas e irónicas las compusieron Gustavo Rosales y Manolo Fornell, éste operario de Cerrajería. El título que dimos a nuestro coro fue inspirado en la  proyectada celebración del trimilenario de la fundación de nuestra Ciudad y por ello…vestimos a nuestros “fenicios” con ricas telas de moaré que llamaron la atención por su autenticidad en el tipo y lujosa presentación”.

Aparte de la ingenua referencia a la ¿inminente? celebración del trimilenario de la fundación de Cádiz, la Memoria destaca el esmero en la presentación del tipo y de la batea en la que saldría por las calles: “En nuestro afán de superación, proyectamos que nuestros fenicios se presentaran en una embarcación y ésta fue felizmente concebida por nuestro dibujante Casal, que triunfó ampliamente en su realización. Felipe en Gálibos trazó sus plantillas, Rafael Armario dirigió su construcción y la efectuaron nuestros afiliados Macías Marchante y Muñoz García, Tomás Gil la pintó y Joaquín Enríquez Madera, sin elementos y con solo unas planchas de cartón, construyó la cabeza del caballo mascarón de proa, verdadera obra de arte”. Esmero que, según dicen, “implantaba una novedad en los coros gaditanos ya que, por el coste que supone su organización, todos salen en carros adornados ligeramente con guirnaldas de yedra y algún que otro atributo alusivo al tipo que representan”. Esta “modestia” que se observa en la exaltación de los simples artesanos choca con el actualmente compartido sentido intelectual de la fiesta, que valora más los conceptos de modernidad, compromiso y culto a la poesía ilustrada que engrandecen y hacen único nuestro Carnaval.

La carroza de la que alardeaban.
Además sorprende que, en una época oscura en la que todavía no había triunfado el actual concepto de transparencia, se dieran las cuentas detalladas: “El coste de los cuarenta vestuarios, alquiler de la carroza y caballerías, material para la rondalla etc., se elevó a 21.403,75 pesetas, de las cuales 9.380,35 fueron aportadas por el Grupo, recaudadas en anuncios, premio y subvención del Ayuntamiento, venta de coplas y donativos y el donativo de la empresa fue de pesetas 6.011,70”. El coro sólo consiguió el tercer premio en el concurso del Falla, aunque según esta Memoria “en honor a la verdad, el Jurado no estaba muy enterado de la cuestión que le tocó enjuiciar”.

Para terminar, me permito finalizar con un trozo de una de las coplas que recuerdo de memoria de este coro. Copla que, aunque estaba impresa en su libreto y la cantaron libremente en el Falla y por las calles, debió tratarse sin duda de un despiste de la feroz censura, ya que hace una crítica al estado de la entonces llamada “Carretera Industrial” por la que acudían a su trabajo los “operarios” que trabajaban en los astilleros y que vivían en el casco antiguo, la mayoría en ese año en que apenas si se empezaban a levantar los primeros bloques en Puerta Tierra, debiendo aclarar los “carburos” eran unas lámparas que se usaban en esos años, por cierto que olían fatal, que se usaban en las minas por lo que las podemos ver en algunas películas en blanco y negro (aclaración necesaria en nuestros días).

“Esa hermosa carretera que llega a los Astilleros,
por la noche con carburos dicen que van los obreros,
y en las mañanas de invierno, cuando caen dos chubascos,
llegan a la factoría poco menos que nadando.
Que les pongan un tranvía o que les dejen fletar un barco.


El coro en suelo hoy recuperado para la ciudad y para el Corte Inglés.