viernes, 27 de febrero de 2015

La capital a Jerez


            
           Unos de los intentos de dividir la provincia de Cádiz o de convertirla en la provincia de Jerez ocurrió al poco de instaurarse en España el régimen liberal, tras el fallecimiento de Fernando VII. 

          En junio de 1836, en unión con su Ayuntamiento varias, entidades jerezanas, la Real Junta de Comercio, la Real Sociedad Económica de Amigos del País y la Junta Municipal de Beneficencia, solicitaron que se fijara en esa ciudad la residencia del Gobierno Civil y de la Diputación Provincial. Remitidas estas peticiones al Gobernador Pedro de Urquinaona, éste se las envió al Ayuntamiento de Cádiz para que informara.

            No hemos localizado los escritos jerezanos, pero sí la contestación del Ayuntamiento gaditano que comenzaba diciendo “Esta Corporación ha examinado detenidamente las adjuntas representaciones…de Jerez de la Frontera, pidiendo a S. M. la Reyna Gobernadora se digne colocar en aquella ciudad la Capital de esta Provincia, y halla que las razones en que se fundan o son abultadas o de ningún valor al objeto a que se destinan”.

            Y continuaba “Que Cádiz es el verdadero centro político y económico de su provincia es una verdad tan innegable que las mismas autoridades de Jerez le oponen solamente el que se halla situada en un extremo de ella, y el peligro en que está de verse bloqueada o sitiada en tiempo de guerra. Extendiéndose esta provincia desde Sanlúcar hasta Algeciras y desde Olvera hasta Cádiz, si se atiende a la distancia material, tan en un extremo se halla Jerez como Cádiz; porque habiendo entre estos dos pueblos la distancia de 4 leguas, o sea dos horas de camino en tiempos bonancibles, y de 9 leguas en los tiempos borrascosos (diferencia que sólo aparece para los que vienen de los pueblos situados a la parte del norte), es claro que no reúne Jerez esa decantada circunstancia de la centralidad. Y en cuanto al peligro de un bloqueo o sitio, además de ser ciertamente remoto, si se diera el caso de que Cádiz se viera sitiado ¿en qué situación no debería estar ya la provincia para que las oficinas superiores pudiesen existir con seguridad en Jerez?”.

            Otro de los argumentos jerezanos era “Que el cerrarse las puertas en Cádiz al anochecer es un obstáculo para los traficantes y viajeros”.  A lo que se contestaba que “Como de noche nadie viaja ni trafica no cree el Ayuntamiento que este inconveniente tan ponderado sea de la importancia que se le supone. Además que la Real Sociedad Económica (se refería a la de Cádiz) tiene presentado un expediente para que se mantengan abiertas las puertas durante la noche y es muy probable que cuanto antes recaiga la resolución que es de esperar”.

            También alegaba Jerez que de trasladarse allí la capital “serían favorecidos los intereses de los demás pueblos de la Provincia no cree beneficioso para sus intereses el quela Capital se halle en una plaza mercantil” Para los munícipes gaditanos “Los intereses agrícolas de la Provincia deben ser promovidos por los Ayuntamientos respetivos de cada pueblo y por la Diputación Provincial, y nada hace al caso que los Vocales de ésta (los actuales Diputados Provinciales) residan en poblaciones mercantiles o agrícolas para que se interesen por el bien de los Partidos que representan”.

            Los solicitantes añadían que “el traslado del Gobierno a Jerez es el único medio de proteger aquellas poblaciones”, a lo que se oponía desde Cádiz que “mal podrán las autoridades de la Provincia proteger lo que las locales, únicas que conocen las necesidades de los pueblos dejen en abandono”. No importaba tanto la presencia de las autoridades provinciales en Jerez como el trabajo municipal, “los  expedientes bien formados y fundados en razones” que debían allanar los obstáculos y vencer las dificultades y trabas “para llevar los pueblos a la felicidad a que son llamados”.

            Por último el Ayuntamiento gaditano “No cree que Jerez pueda entrar en paralelo con esta ciudad en cuanto a la facilidad de las comunicaciones, no sólo con los pueblos limítrofes, sino aún con los demás de España y de Europa, facilidad que tanto influye en los acontecimientos, en el espíritu público, en las transacciones civiles y en los actos del gobierno de la Provincia. Ni menos en la comodidad de las posadas ni en la belleza y aseo de la población. Y confía que, no ocultándose al Gobierno de S. M. éstas y otras muchas razones de conveniencia pública que existen para conservar en Cádiz la capital de la Provincia, desechará las infundadas pretensiones de Jerez”.    

            Parece ser que este informe surtió efecto ante el Gobierno de S. M., ya que hasta el día de hoy la capital provincial administrativa continúa en su sede de la plaza de España de Cádiz. Pero, cabe preguntarse, ¿ante la misma pretensión, pasaría lo mismo ahora que los partidos gobernantes en Cádiz y en Jerez son los mismos? ¿O quizás ocurriría como con la creación de la Zona Franca de Sevilla, admitida sin protesta y hasta con complacencia por el poder municipal gaditano? No lo sabemos, aunque lo más probable es que todo dependería de la orden que les llegara desde Madrid.   

            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz.

            

viernes, 20 de febrero de 2015

La Plaza.


            A algunos siendo casi niños nos llevaban a la Plaza a ver los “tosantos”, también a escuchar cantar a los coros antes de que se inventara lo del “carrusel”, para todos los gaditanos era la Plaza, a la que la nomenclatura municipal denominaba pomposamente el Mercado Central y que las nuevas generaciones ya van conociendo como “el espacio gastronómico del mercado”. La plaza de la Libertad, nombre que respetaron hasta los Ayuntamientos franquistas, pero que muy pocos lo conocen ya. Desde el viejo recuerdo a aquellas vivencias infantiles me permito recordar los comienzos de su nacimiento.

            Al principio del siglo XIX no era sino una parte de la huerta del convento de los Franciscanos Descalzos; vendida por los frailes al Ayuntamiento, se formó en ella una explanada, con el nombre de Libertad, en la que se instalaban entradores y vendedores de productos de las huertas de Extramuros y de la cercana Chiclana formando un mercado más propio de un pueblo que de la civilizada ciudad que era entonces Cádiz.

Esto lo vio en 1836 el Alcalde 1º Therán quien se dirigió al pleno municipal en estos términos “Es indudable que el estado de la plaza pública llamada de la Libertad no corresponde al nombre de esta Capital, a la cultura de su vecindario y al lustre de este Cuerpo municipal”. Se quejaba del estado del mercado “La desigualdad de sus puestos, su corto número, la falta de oficinas para su aseo, mejor orden, servicio del público y vigilancia de la Autoridad son circunstancias que reconoce cualquiera”.

   Para solucionar esta situación proponía “Agrandar la plaza, hacer los puestos iguales y en el número y por el orden conveniente con las demás oficinas necesarias” así como “abrir una calle que desde la de Sacramento, prolongando la de San Miguel vaya a la Plaza” y acompañaba “unos dibujos” que ilustraban sobre la “nueva plaza” que proponía.

Se formó una Comisión integrada por los ediles Tomás Macías, José María Gómez y Juan de Elizalde que estudió este proyecto, y que animó al Ayuntamiento a emprenderlo para conseguir, “ya que no verla concluida en su tiempo, haberlo intentado y planteado”. Calculó su coste para noventa puestos en 27.000 reales de a ocho, y al señalar esta moneda usaba el símbolo español que tomaron prestado en los Estados Unidos para el Dólar, aunque proponía como ahorro utilizar en su construcción “una considerable cantidad de piedras” que había quedado “en el derribo de las tapias de la que fue huerta de San Francisco”.

La Plaza en moneda con símbolo español.

En cuanto a la ampliación de la plaza entendía que "no se debe intentar, conceptuando que para Cádiz, con la plaza que existe tiene suficiente". También sobre la nueva calle que continuara la de San Miguel, su parecer fue negativo, “pues además del desnivel del terreno que ocasionaría una calle con demasiada pendiente, tendría más bien la hechura de callejón  entre dos tapias” y además que era “tan corta la distancia de la calle de San Miguel al callejón alto de los Descalzos que no recompensaría el  trabajo y coste de la obra”.


El tiempo le daría la razón a Therán frente a los realistas miembros de la Comisión.

El proyecto de Therán.
Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz.

Cuando el Cádiz rancio perdió la batalla.


            Casi desde que llegó la Democracia, coincidiendo con los comienzos de una grave crisis económica y social, Cádiz mantenía una desigual e invisible lucha con entidades territoriales superiores a ella para mantener su deteriorado estatus económico y conservar su diferenciada cultura ciudadana.

Políticos e intelectuales de Las Cabezas de San Juan para arriba nos miraban por encima del hombro con la misma curiosidad con la que los viajeros románticos del siglo XIX miraban a España, esa tierra tan encantadora llena de frailes, toreros y bandoleros. Estos políticos e intelectuales que se acercaban hasta Cádiz, viajando en sus coches por la autopista para asistir sin pagar a la final del concurso de agrupaciones del Carnaval en el Falla, lo tenían claro; Cádiz era un buen lugar para estar un rato, aunque alguno se quedaba hasta el “carrusel” del domingo en la antigua Plaza, reírse con la gracia de los lugareños y comer alguna de las delicias gastronómicas tan peculiares de esta tierra, tortillitas de camarones y mariscos para pobres incluidos, mientras admiraban el ingenio de los tipos graciosos que producía esta ciudad, ingenio que pronto incorporarían a la maquinaria mediática de su poderoso imperio sevillano.

            Algunos gaditanos, no confundir con “gaditas”, esperábamos que se produjera una reacción ciudadana. Confiábamos en que los políticos, las instituciones y las asociaciones, sin renunciar a la modernidad y la actualización que exigían el final de un siglo y el comienzo del otro, defendieran los usos y costumbres que conformaban el carácter de una ciudad que fue adelantada en España en muchas innovaciones y movimientos sociales.

            Esperanza vana, los políticos no estaban por la labor. Desde aquel día de un ya lejano Carnaval en que el Alcalde Carlos Díaz, excelente persona por cierto, subido a las Puertas de Tierra nos descubrió una verdad histórica, que por ella no pasaron las tropas de Napoleón, olvidando que por el puente Suazo tampoco, ya vimos que esta nueva generación de dirigentes políticos, salvo excepciones, no estaba muy entusiasmada ni por la Historia ni por la Cultura en general ni por la Cádiz en particular. 

               En cuanto a las instituciones, sometidas al igual que los políticos en su actuación a las directrices madrileñas o sevillanas, dejaron a un lado el fomento de las potencialidades da la ciudad para atender y potenciar otras actividades de segunda categoría. Por ejemplo la misma Zona Franca, que guardó silencio ante la constitución de su competidora sevillana, se puso de espaldas al mar que fue la vida de la ciudad durante siglos y se dedicó a la especulación inmobiliaria por la provincia, patrocinando en la capital instituciones tan curiosas y dignas de estudio como el Casino Gaditano. A propósito, si el edificio que éste utiliza es de propiedad municipal ¿por qué no se permite su uso a otras asociaciones tan merecedoras como la usuaria? Si lo comparamos por ejemplo con el Ateneo, pierde en todas sus actividades, en las culturales por goleada, ya que en las pocas que organiza el Casino la presencia de sus socios se puede contar con los dedos de una mano; y en cuanto a las sociales pasa otro tanto; a ver, ¿cuántas placas ha colocado el Casino por la ciudad?

            Lo mismo ocurre en el terreno deportivo; ¿alguna vez saldrá algún gaditano con la capacidad económica o el prestigio social como para hacerse cargo del Cádiz S.A.D.? Y en el Carnaval, ¿acaso no se mantiene y publicita en gran parte gracias al sevillano Canal Sur? ¿No triunfan los autores o poetas sevillanos superando a los propios locales? También en el mundo de la Semana Santa, la juventud cofrade que sabe mucho de Historia del Arte pero que, como en el verso machadiano, desprecia cuanto ignora de las tradiciones de su ciudad, ¿no se rindió hace ya muchos años a la supuesta superioridad estética sevillana?

            A este declinar cultural y social han contribuido los medios de comunicación a los que sólo tienen acceso políticos, intelectuales, carnavaleros, futboleros y cofrades adeptos a las fuerzas sociales y culturales emergentes y que se enfrentan a los pocos opositores a su triunfo que van quedando en la ciudad, pero ¿existen estos resistentes? ¿Dónde se ocultan?

Refugiados en algunos bares o en los modestos baches, la versión gaditana del tabanco jerezano o del güichi isleño, estos ´´últimos de Filipinas” la mayoría ya jubilados, se baten en retirada, conscientes de que cuando falten se irá con ellos una forma gaditana de ser e incluso de expresarse; se encuentran inmersos en una cultura popular e incluso ilustrada que ya no es la de la ciudad que conocieron. Quizás por eso, rebeldes hasta en el habla, todavía se empeñan en recordar lugares que sólo existen en su imaginación; bares y cafés como el Novelty, el Viena, el Cantábrico, el Hamburgo o el Mikay; comercios como Créditos Rucas, La Riojana, o Merchán; hablan de sus viviendas utilizando vocablos ya muertos como patinillo, accesoria o casapuerta e incluso, en el colmo de su rebeldía y conservadurismo, usan expresiones social y políticamente incorrectas como los baratillos cuando se refieren al mercadillo dominical, penitente cuando quieren decir nazareno o la plaza cuando aluden al espacio gastronómico del mercado.

      Ya les queda poco, el Diario de Cádiz de hoy se refiere a un edificio “okupado” como “la Corrala”, expresión que usan los propios ocupantes y que, aunque proviene de Sevilla, es hija de la jerga madrileña-manchega que ya ha suplantado en la capital andaluza al tradicional corral trianero.

Cuando el mismo pueblo de Cádiz habla de corrala para denominar lo que aquí siempre se llamó una casa de vecinos es que no queda ninguna esperanza, la batalla está perdida. Así que gaditanos rancios ya no tenéis nada que hacer ni que decir, reconocerlo, la modernidad por fin triunfó en Cádiz.
                
             

            

domingo, 8 de febrero de 2015

Fenicios de cuando Franco


Escudo del Grupo de Empresa de clara iconografía fascista.
            En este Carnaval de 2015 salen algunas agrupaciones que llevan a los fenicios por tipo, ese pueblo del Mediterráneo que habitó en Cádiz antes de la Explosión de 1947. Al haber escuchado en alguna radio que era la primera vez que salía ese tipo, sin pretender acercarme siquiera al pedestal donde se encuentran tantas personas doctas en la historia del Carnaval, me permito recordar a “Los Fundadores de Gadir” un coro que salió en el siglo XX, en tiempos de Franco. Aunque corresponde a una época nefanda y completamente fascista, en la que ni se hizo nada bueno, ni se salva nadie de los que la vivieron, salvo los contemporáneos que luego se metieron en política claro, creo que se me perdonará mi osadía si alego en mi descargo que era un coro formado por obreros, productores se decía entonces, de los astilleros, como se conocía a la antigua factoría de Echevarrieta y Larrinaga y en los años cincuenta de Astilleros de Cádiz S. A..  

            Para su descripción me guiaré por la Memoria 1952-1953 del Grupo de Empresa de esa factoría de la que extraeré los párrafos que entrecomillo. “Corría el mes de Octubre de 1952 y ya en nuestra ciudad, tan fiel a sus tradiciones, se hablaba con insistencia de las próximas salidas de los coros y chirigotas. Esta próxima salida se haría para el mes de Febrero durante los tres días de carnaval. Como esta manifestación folklórica gaditana tiene sus principales adeptos entre las clases modestas, de ahí que un núcleo de obreros se dirigiera al Grupo (de Empresa) en solicitud de que se estudiara la posibilidad de organizar un coro en la factoría”. Deben ser sendas erratas que en un folleto impreso por Salvador Repeto en 1953 se mencionen las palabras “carnaval” y “obrero”, pero lo que consideramos imperdonable y denota el marcado carácter fascista e ignorante de esta publicación es que considere como “principales adeptos” de la fiesta a “las clases modestas”, sin hacer ninguna referencia a los intelectuales que conforman la misma, a los filósofos, poetas e historiadores que marcan sus pautas y nos ilustran sobre su sentido y su significado en la vida y en la historia del pueblo de Cádiz. Claro que como era durante el Fascismo a lo mejor estos intelectuales ni siquiera existían o, como piensan algunos malvados, no se interesaban por el carnaval precisamente por tratarse de una fiesta del pueblo, de esas “clases modestas” a las que por entonces sus padres no les dejaban acercarse mucho. 

            Pero dejemos esta deriva seudo-cultural y políticamente incorrecta para continuar con la descripción del coro. “Tres meses de continuados ensayos de diez a doce de la noche, dieron por fruto un gran coro de treinta y dos voces, que conjuntado por nuestra Rondalla fueron cuarenta sus componentes, hábilmente dirigidos por el Encargado de Taller Gustavo Rosales Márquez”. “La música fue original del veterano comparsista Maestro pintor de la Factoría, Francisco Macías Quirce y las letrillas graciosas e irónicas las compusieron Gustavo Rosales y Manolo Fornell, éste operario de Cerrajería. El título que dimos a nuestro coro fue inspirado en la  proyectada celebración del trimilenario de la fundación de nuestra Ciudad y por ello…vestimos a nuestros “fenicios” con ricas telas de moaré que llamaron la atención por su autenticidad en el tipo y lujosa presentación”.

Aparte de la ingenua referencia a la ¿inminente? celebración del trimilenario de la fundación de Cádiz, la Memoria destaca el esmero en la presentación del tipo y de la batea en la que saldría por las calles: “En nuestro afán de superación, proyectamos que nuestros fenicios se presentaran en una embarcación y ésta fue felizmente concebida por nuestro dibujante Casal, que triunfó ampliamente en su realización. Felipe en Gálibos trazó sus plantillas, Rafael Armario dirigió su construcción y la efectuaron nuestros afiliados Macías Marchante y Muñoz García, Tomás Gil la pintó y Joaquín Enríquez Madera, sin elementos y con solo unas planchas de cartón, construyó la cabeza del caballo mascarón de proa, verdadera obra de arte”. Esmero que, según dicen, “implantaba una novedad en los coros gaditanos ya que, por el coste que supone su organización, todos salen en carros adornados ligeramente con guirnaldas de yedra y algún que otro atributo alusivo al tipo que representan”. Esta “modestia” que se observa en la exaltación de los simples artesanos choca con el actualmente compartido sentido intelectual de la fiesta, que valora más los conceptos de modernidad, compromiso y culto a la poesía ilustrada que engrandecen y hacen único nuestro Carnaval.

La carroza de la que alardeaban.
Además sorprende que, en una época oscura en la que todavía no había triunfado el actual concepto de transparencia, se dieran las cuentas detalladas: “El coste de los cuarenta vestuarios, alquiler de la carroza y caballerías, material para la rondalla etc., se elevó a 21.403,75 pesetas, de las cuales 9.380,35 fueron aportadas por el Grupo, recaudadas en anuncios, premio y subvención del Ayuntamiento, venta de coplas y donativos y el donativo de la empresa fue de pesetas 6.011,70”. El coro sólo consiguió el tercer premio en el concurso del Falla, aunque según esta Memoria “en honor a la verdad, el Jurado no estaba muy enterado de la cuestión que le tocó enjuiciar”.

Para terminar, me permito finalizar con un trozo de una de las coplas que recuerdo de memoria de este coro. Copla que, aunque estaba impresa en su libreto y la cantaron libremente en el Falla y por las calles, debió tratarse sin duda de un despiste de la feroz censura, ya que hace una crítica al estado de la entonces llamada “Carretera Industrial” por la que acudían a su trabajo los “operarios” que trabajaban en los astilleros y que vivían en el casco antiguo, la mayoría en ese año en que apenas si se empezaban a levantar los primeros bloques en Puerta Tierra, debiendo aclarar los “carburos” eran unas lámparas que se usaban en esos años, por cierto que olían fatal, que se usaban en las minas por lo que las podemos ver en algunas películas en blanco y negro (aclaración necesaria en nuestros días).

“Esa hermosa carretera que llega a los Astilleros,
por la noche con carburos dicen que van los obreros,
y en las mañanas de invierno, cuando caen dos chubascos,
llegan a la factoría poco menos que nadando.
Que les pongan un tranvía o que les dejen fletar un barco.


El coro en suelo hoy recuperado para la ciudad y para el Corte Inglés.



             

            

martes, 20 de enero de 2015

Para el palacio de Recaño

        

          En el Diario De Cádiz de ayer se publicaba la existencia de un proyecto municipal para la “puesta en valor”, frase ritual y polisémica en el mundo político de nuestros días, del palacio de Recaño o de la Torre Tavira como algunos lo conocemos, consistente en “crear un ente similar a la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación que existe en diversos puntos del territorio nacional, siendo el ejemplo más cercano el de Granada”. La idea, aportación del edil Delegado de Patrimonio y Presidente del Colegio de Graduados Sociales, supondría “muchos beneficios a la ciudad, tanto con la organización de encuentros como por la difusión y conocimiento de este hecho a nivel internacional”.

            Hace años participé en el proyecto del entonces Decano del Colegio de Abogados de Cádiz José Manuel Jareño Rodríguez Sánchez, apoyado por el ex Decano Julio Ramos Díaz, de restauración de la gaditana Academia de Jurisprudencia y Legislación, una creación decimonónica del Colegio de Abogados de la ciudad, aunque la que ahora se pretendía crear fuera una institución más en consonancia con los tiempos actuales y más abierta a la sociedad, que estuviera alejada tanto del individualismo como del enclaustramiento, los dos principales defectos que se achacan a las academias tradicionales.

Se trabajó en esta restauración, recopilando los antecedentes históricos así como redactando la memoria y un borrador inicial de estatutos. Por cierto que en esta documentación se prescindía de localismos, buscando una institución cultural de ámbito provincial, y de corporativismos, pues se mencionaba expresamente a la Facultad de Ciencias Sociales entre los centros académicos que impartían disciplinas jurídicas y con los que la Academia tendría que contar en su puesta en marcha y en su desarrollo posterior.

Tras estos trabajos sólo quedó pendiente el trámite, de conformidad con la legislación específica de la Junta de Andalucía, del nombramiento por el Colegio de Abogados de la Comisión Gestora que redactaría los estatutos definitivos y elevaría el proyecto a la aprobación de la Consejería de Educación y Ciencia que es la competente para su aprobación. Por diversas causas este nombramiento se fue aplazando, sin que haya tenido lugar en el día de hoy, por lo que este proyecto de restauración se ha quedado inconcluso.
¿Merecía la pena este proyecto de restauración?  Teniendo como antecedente la “Academia de Abogados y Pasantes en Leyes” que, “a exemplo de las que hay en la Corte y principales Ciudades del Reyno, se creó en 1792, el 17 de marzo de 1848 la Junta del Colegio de Abogados, a propuesta del Decano Francisco Fernández de Haro, crea la Academia de Jurisprudencia. En ese mismo año se aprobaron sus Estatutos y comenzaron sus actividades en su sede de la calle San José 42.

Poco después se cambió su nombre por el de Academia de Jurisprudencia y Legislación, que impartía cursos y reuniones científicas destinadas al estudio de la legislación contemporánea, en especial de los nuevos Códigos que estaban surgiendo fruto de la codificación liberal. Aunque los actos que más popularidad adquirieron fueron los debates en los que dos oradores defendían posturas opuestas sobre temas que entonces interesaban como la patria potestad, los sistemas patrimoniales matrimoniales o la propia existencia legal de la esclavitud, debates que eran seguidos por la prensa de la época que los reseñaba al día siguiente, comentando las actuaciones de los ponentes y hasta la del público que llenaba el salón de la calle San José y el más amplio de la calle del Teniente, hoy Zaragoza, al que se trasladó en 1859.

Un dato de su apertura a la sociedad gaditana de la época: La Academia se relacionó muy estrechamente con el Ateneo de Cádiz, en especial durante la presidencia de uno de sus fundadores, el prestigioso jurista Miguel Ayllón y Altolaguirre quien, en unión de su hermano Emilio, publicaba desde 1860 en Cádiz la “Revista de Tribunales, Jurisprudencia y Legislación” y había creado en el Ateneo Cátedras de Derecho Mercantil, de Derecho Penal y de Administración.

Contando con este antecedente histórico, creemos mejor la restauración de una institución nuestra, adaptada a nuestro tiempo y con la participación de todos los agentes interesados, que la creación de una nueva institución, aunque se base en el cercano ejemplo granadino porque, como resalta el promotor de este proyecto municipal, “Tenemos que poner en valor lo que la historia nos ha dejado”.  


  

domingo, 18 de enero de 2015

Los Mucio, de Génova a U.S.A. vía Cádiz.


                                                                                                  Dedicado a M. Susan Muzio Conner 

            El 27 de enero de 1612 el Cabildo Municipal de Cádiz aceptó la petición de ciudadanía que había hecho días antes Antonio Mucio, un comerciante genovés de los que acudían al reclamo de una ciudad que ya empezaba a despuntar en el comercio con las Indias.

            Instalados en Cádiz, los Mucio o Muzio aparecen frecuentemente como vecinos en los dos siglos siguientes. En el siglo XVIII encontramos a Antonio Mucio que firma en 1750 con Domingo Melchor Jara un contrato de aprendizaje para poner a su hijo Juan Antonio de 15 años de edad, en la tienda de relojería que tenía Domingo en la calle Nueva. En 1787 vemos a Mucio Pedro Mucio Lavaggi casándose con Josefina Amaya en la parroquia de San Antonio de cuyo matrimonio tuvieron cinco hijos.

Contrato de aprendizaje del joven Juan Antonio Mucio.
            En el siglo XIX aparece en 1823 Juan Bautista Mucio como socio en la firma mercantil “Domingo Jordán, Oneto y Cía” y años después en 1828 Juan Antonio Mucio es el “Contador del Real Hospital de esta plaza y de la de San Fernando”, o sea administrador de los dos hospitales navales de la Bahía de Cádiz, vive es feligrés de la parroquia de Nª Sª del Rosario e ingresa en la Cofradía de San José de la misma.


            ¿Fue este Juan Bautista el que abandonó Cádiz para trasladarse e los Estados Unidos? ¿Fue otro familiar, quizás un comerciante el que emigró a América al acabarse el comercio colonial que hacía atractivo vivir en Cádiz? Al coincidir su marcha de Cádiz y su llegada al nuevo destino con la de la familia Meade, ¿puede darse alguna influencia entre ellas, al ser ambos comerciantes que vivían en el mismo barrio? ¿Quizás se trató de una marcha conjunta? Sea cual sea la respuesta a estas preguntas, los Mucio de Norteamérica tienen gran parte de su historia familiar enraizada en esta ciudad, por lo que podemos considerarla como una familia gaditana del otro lado del Atlántico.    

La firma del padre Antonio Mucio.

sábado, 17 de enero de 2015

Cayetano del Toro


            Coincido plenamente con el pensamiento que anima a los impulsores de los actos del centenario del fallecimiento de Cayetano del Toro, un buen Alcalde hoy minusvalorado en beneficio de otros, de mandato más fugaz pero también más traumático para la ciudad como Fermín Salvochea, por lo que rescato estos dos acuerdos municipales relacionados con su obra científica,  profesional y humanitaria.

            En su sesión de 13 de octubre de 1870 el Ayuntamiento de Cádiz aceptó el trabajo Ensayo Oftalmológico de un joven Cayetano del Toro que el autor había ofrecido al Consistorio, “dándole las gracias y felicitándole por su magnífica obra”. En su escrito de ofrecimiento del Toro decía: “Nada vale en sí la obra pero, producto de un hijo de Cádiz ruego a sus legítimos representantes vean en esta pequeña ofrenda una débil expresión del cariño que su autor profesa al pueblo que le vio nacer”.

Ensayo Oftalmológico.

            Dos meses después presentó un proyecto para establecer “una Clínica Oftalmológica donde los alumnos de Medicina puedan estudiar esta importante especialidad, al mismo tiempo que los enfermos pobres reciban los cuidados gratuitos”. El Ayuntamiento en su sesión de 20 de diciembre “convencido de los beneficios que a la Humanidad y a la Ciencia aportará la instalación de un establecimiento de esta clase, cooperando a la realización de tan magnífica idea, prestándole apoyo moral y material y contribuyendo, en cuanto sus fuerzas lo permitan, a la creación de un establecimiento que hace honor a la proverbial cultura de Cádiz”, aprobó poner a su disposición “una de las salas del ex convento de San Francisco” para establecer en ella la clínica, aportar 8.000 reales para gastos de instalación “comprendidos el arsenal quirúrgico y todo el aparato instrumental”,  otorgarle una subvención anual de 4-000 reales y “autorizar que las recetas de las medicinas los enfermos de la Clínica que sean suministradas por la Beneficencia Municipal”. Todo ello para “prestar su ayuda y protección a tan útil y humanitaria idea”.    


            Era otra forma de servir y ayudar al pueblo sin tener que llenar la plaza de San Juan de Dios de tiros y de sangre y los penales de Santa Catalina en Cádiz y el Hacho en Ceuta con presos gaditanos.


            Del Archivo Municipal de Cádiz.

viernes, 9 de enero de 2015

Labores.

            Hace poco asistí a la lectura de la tesis doctoral de la periodista Ana Barceló Calatayud, una defensora de los valores culturales que encierra el mundo de la costura. Su tesis consistía en la elaboración de un diseño de clasificación de los tipos del Carnaval de Cádiz. Escuchándola no pude evitar pensar en cuanta imaginación derrocharon las personas anónimas que los diseñaron; modistas y modistos que no tuvieron la gloria de los letristas, de los músicos o de los directores de esas agrupaciones, pero que fueron imprescindibles para su lucimiento y para el esplendor de esta fiesta, por lo que también se merecen un hueco en la historia del Carnaval.
En un orden más casero, hace días contemplé admirado el trabajo que mi cuñada Encarnita había hecho para sus nietos, una funda de crochet para la bombona del gas que era igualita al robot bajito de La Guerra de las Galaxias. ¡Cuántos recuerdos infantiles! ¡Cuánto cariño puesto y cuántas horas dedicaban nuestras madres y tías a confeccionar estas labores para sus personas queridas!
Las palabras costura, labor, primor, patrón, punto y otras relacionadas con ellas, pertenecen hoy a una cultura en extinción, aunque en su día supusieron el fundamento de la educación, el ocio o el modo de ganarse la vida de muchas mujeres y también de muchos hombres. Por eso en homenaje a todas las Anas y las Encarnitas que todavía mantienen esta entrañable tradición, les cuento algo que hoy sería impensable, pero que sucedió en 1881.
En ese año el periódico Boletín Gaditano publicó la convocatoria de un Certamen Científico, Literario, Artístico y de Labores de Señora, que estaba “bajo la protección” nada menos que de “SS.MM. el Rey y la Reina, S.A.R. la Serenísima Señora Infanta Doña María Isabel, de la Excma. Diputación Provincial y del Excmo. Ayuntamiento de Cádiz”.
Los trabajos se presentarían con un sobre lacrado con los datos de la autora o autor en la redacción del periódico, Calderón de la Barca 17, y se resaltaba que no habría favoritismos ni recomendaciones, pues “Para la calificación de las obras presentadas se atenderá exclusivamente al mérito absoluto de las mismas”. 
Se establecían estos grupos de labores: Bordados en oro, plata, sedas de colores y felpilla. Bordados en blanco. Bordados en Lausín. Bordados de tapicería y aplicación. Encajes y toda clase de puntos. Diversas clases de flores y demás labores de adorno. Todos los grupos tenían como primer premio una medalla de plata y como segundos siete medallas de bronce, salvo el de los bordados en blanco cuyo primer premio era un álbum de piel de Rusia, con cantoneras, broches y otros adornos de plata. Además habría un Premio de Honor de la convocatoria “a la labor de más lujo, gusto, arte y novedad que se presente en cualquiera de los tres grupos” que consistía en “dos elegantes jarrones de porcelana regalo de S. M. la Reina Doña María Cristina y un notable objeto artístico de S. A. R. la Serenísima Señora Infanta Doña María Isabel”.

El Certamen.

 Noticia de otra época sin duda pero, sin tener nostalgia por una época afortunadamente ya pasada, no deja de tener cierto encanto recordar un mundo y una sociedad que todavía sabía valorar el trabajo artesanal, individual y casero que salía de las manos habilidosas de las “Señoras”.   

   

     De la prensa de la época.

Muerte de perros.


A raíz de la eliminación del perro de la enfermera que padeció el ébola, recordé que el miedo a la hidrofobia, con la consiguiente persecución y exterminio de los perros callejeros, fue una constante preocupación en la ciudad de Cádiz.

Sin ir más atrás en el siglo XIX un Auto de 1816 del Gobernador Marqués de Castelldosrius decía: “Atendiendo a favor de la salud y la comodidad de sus habitantes, en aminorar en cuanto fuese posible el excesivo número de perros que vagan por sus calles, los cuales no sirven de utilidad alguna conocida, incomodan de día el tránsito del vecindario y de noche el preciso descanso con sus ladridos y aullidos, presentando un riesgo harto evidente contra la seguridad individual de cada vecino, aun cuando no sea más que en los casos cien repetidos en que los ataca la hidrofobia o mal de rabia”. Por ello prohibió “el que ande por las calles perro alguno, y todo el que se encuentre será muerto por los encargados que nombrare al efecto; y sólo se libertarán aquéllos que vayan con sus dueños, los cuales deberán llevar además un collar con el nombre de los mismos. No sucederá así con los perros de presa, aunque sea con freno y collar, pues los que se encuentren deberán matarse irremisiblemente en cualquier parte donde se hallen como no sean conducidos con una cuerda o cordón por mano de sus dueños o el que los llevase”.

En 1826 a instancias de Comandante Francés de las tropas de ocupación, el Gobernador Aymerich ordenó la matanza urbana de los perros sospechosos de padecer la rabia, para lo que “cuatro brigadas de presidiarios, con su competente escolta, salgan inmediatamente y cuantos perros encuentren por las calles y plazas con collar o sin él, los maten, para precaver a los vecinos y moradores de esta plaza de que puedan ser mordidos por uno de estos animales”.

Un Bando Municipal.
            Durante todo este siglo el miedo a la rabia originó, sobre todo en verano, recogidas masivas de perros callejeros para su sacrificio. En estas cacerías participaban, además de voluntarios a los que se les proveía de un permiso especial y de protección policial, los penados del castillo de Santa Catalina a los que, convenientemente custodiados se utilizaban para este fin.

Aunque la orden era llevarlos a Extramuros para allí matarlos a palos y después enterrarlos, eran frecuentes las apariciones de perros muertos en la orilla de la playa; llegando algún año la Policía Municipal, llegó a encontrar hasta 42 perros en cuatro días.

 Para los perros identificados con collar se estableció un depósito en la calle San Dimas donde quedaban en observación hasta que podían ser recogidos por sus dueños.

Con la creación en 1872 de la Sociedad Protectora de los Animales y las Plantas, la primera de esta clase que se creaba en España, la situación mejoró, corriendo la retirada de perros a cargo de funcionarios municipales, los perreros o laceros, aunque seguían siendo eliminados los que no tenían dueño y carecían del correspondiente collar identificativo. Pero ahora se les mataba por medio de la pelotilla de estricnina, dándoles por comida una bola de carne envenenada, lo que suponía un avance respecto al espectáculo cruel y salvaje anterior del apaleamiento hasta su muerte.

La denuncia del pero Matias.
Todavía algunos recordamos, en los años 40 y 50 del siglo pasado, la figura del lacero municipal que, protegido por un guardia municipal y seguido de una turba de chiquillos que le increpaba a distancia, perseguía a los perros callejeros para llevarlos a la perrera municipal, con el regocijo y aplauso de la chavalería cada vez que el perro lograba eludir el fatídico lazo.

Y, aunque ya se esté perdiendo, todavía recordamos la frase “anda y que te den la pelotilla como a los perros” con la que se mandaba a alguien un poco lejos, deseándoles la misma suerte que a los canes que, al sobrar en la ciudad o por ser libres e independientes de cualquier dueño, se les daba el pasaporte, pagando el Ayuntamiento, al paraíso perruno.


Del Archivo Municipal de Cádiz

domingo, 23 de noviembre de 2014

Mendigos en Cádiz



A la vista de los colchones de los pordioseros forasteros acumulados en la plaza de la fuente de las Tortugas o bajo las Puertas de Tierra, de las colchonetas extendidas en varios puntos del centro de la ciudad, alguna de ellas con cocina incorporada, y de la mendiga rumana contorsionista, me planteé escribir algo al respecto en este pequeño rincón, donde una persona casi invisible como yo todavía puede expresarse con alguna libertad.

Pero antes tendré que hacer esta manifestación: Como hijo del pensamiento social mayoritario existente en la Universidad y en casi toda la Sociedad en los años sesenta y setenta del siglo pasado, creo que la atención primaria a estas personas debe estar a cargo de los poderes públicos. Recuerdo que hace años, cuando todavía los políticos se permitían relacionarse con ciudadanos independientes, pertenecía a una tertulia que nos reuníamos a almorzar una vez al mes con una tertulia de sobremesa, a la que asistía el Alcalde Carlos Díaz. El pobre debía soportar una y otra vez que yo pidiera con insistencia que se abrieran al menos un albergue y un comedor municipales. Claro que nunca me hizo caso, y esta carencia se solucionó cuando se abrieron el albergue de Jesús Abandonado en la calle Vea Murguía y el comedor de las Hijas de la Caridad de la calle María Arteaga.

Pero como esta bitácora trata fundamentalmente de temas de historia local, daré unas breves pinceladas de cómo esta ciudad afrontó el problema de los mendigos callejeros.       

Atraídos por la riqueza del Cádiz del comercio colonial en el siglo XVIII, la ciudad era un lugar que atraía a numerosos mendigos, limitándose las autoridades a controlar la actividad de éstos, como en 1771 cuando un bando disponía “Que ningún pobre mujer u hombre, aunque sea a título de vergonzante pueda andar o estar de firme, después del Ave María por las calles, ni llegar a las casas a pedir limosnas”, para tratar de impedir la molestia de los pedigüeños en horas intempestivas.

Pero esta tolerancia se terminó años después. En 1784 un Bando del Gobernador Conde O Reilly informaba que, puesto que ya se había abierto el Hospicio frente a la Caleta al que podían acudir “los pobres a los que la necesidad obligaba a pedir limosnas por las calles y plazas públicas con suma incomodidad suya” y allí tendrían “comida, cama, colocación correspondiente a su sexo, edad, y estado, una ocupación proporcionada a sus fuerzas y un trato caritativo”, prohibía “que persona alguna pueda pedir limosna en esta Ciudad ni Extramuros”, aunque esta prohibición no se extendía “a los socorros que franquean muchos vecinos a personas necesitadas que viven cristianamente y recogidas en sus casas”.

Las normas que dieron los gobiernos ilustrados de los Borbones contra los vagos también llegaron a Cádiz; así en 1797 otro Bando disponía: “Que todas las personas, assí naturales de esta Ciudad como Forasteros que no tengan oficio, destino ni ocupación seguidas y honestas salgan de ella en el término de tres días, pasado el cual, serán apreendidos en calidad de vagos”.

Prohibía tajantemente la mendicidad, “Toda persona, de cualquier edad y sexo que sea, no podrá pedir limosnas por las calles, Puertas, Plazas, paseos y demás sitios de la Ciudad y sus Extramuros, pues los verdaderos necesitados tienen franca y caritativamente sus socorros en la Casa de Misericordia (el Hospicio), donde está recogido crecido número de ancianos, jóvenes e imposibilitados de emplearse en trabajos y oficios. Y como desprecian estos religiosos socorros, quedándose con el traje de mendigos es prueba de vagancia, inaplicación o vicio, serán arrestados los contraventores para darles el destino que correspondan, según las averiguaciones que se hagan de su necesidad, pueblos de su naturaleza y conducta.

Por último alertaba contra la costumbre de dar limosnas: “Que los vecinos honrados contribuirán a que tenga toda su observancia este Capítulo, no suministrando por las Calles ni en sus Puertas limosnas a los que no tienen necesidad de pedirlas, pues lo contrario es dar aliciente al vicio y a la vagancia y a que aquéllos quiten al verdadero pobre los auxilios que necesitan”.

Ya en 1800 otro Bando disponía: “La felicidad que tienen los Pueblos que poseen establecimientos piadosos en que se amparan los verdaderos indigentes, quita todo pretexto a la mendiguez”. “Habiendo notado el Gobierno la excesiva afluencia de mendigos que de algún tiempo a esta parte ha acudido a esta ciudad, que en el término de cinco días se retiren de ella mendigos forasteros, absteniéndose todos de pedir limosna por las calles, casas ni templos, (de lo contrario) serán conducidos al Hospicio”.

Incluso en 1820, tras el triunfo de la revolución de Riego y estando vigente de nuevo la Constitución de Cádiz, el Ayuntamiento liberal publica otro  Bando que, tras establecer un sistema de delación entre los vecinos  “para que informen sobre la cualidad de vagos o mal entretenidos u ocupación inútil o perjudicial de algunos individuos que no tienen oficio ni ocupación conocida”, disponía “Que se recojan todos los pordioseros remitiéndolos al Hospicio donde quedarán únicamente los naturales o vecinos de Cádiz verdaderamente menesterosos o inhábiles; a los forasteros se remitirá al lugar de su vecindario”. Tan sólo se permitía mendigar “a los que la expresada obra pía no pueda mantener y que por su verdadera imposibilidad de trabajar se hallen necesitados de pedir limosnas”, facilitándoles a éstos una licencia para pedir, con “la precisa condición de llevar pendiente del cuello una tablilla donde está fixada dicha licencia, con el fin de evitar los abusos y señalar a los compasivos el verdadero necesitado”.

            Reinando Isabel II y establecida ya la obligación municipal de erradicar la mendicidad, en el Reglamento de Policía de 1835 figuran como obligaciones de la Guardia Municipal “Formar lista de los mendigos, averiguando los que pudiendo trabajar molestan al vecindario, privando del socorro a los verdaderos necesitados”.

Y así hasta que en 1901 se crea, bajo la protección del Ayuntamiento la Asociación Gaditana de Caridad, que tenía por finalidad “evitar la mendicidad en la vía pública”, lo que no impidió que años después, durante una de las hambrunas que a principios del siglo XX asolaban los campos de nuestra provincia, llegaran hasta las casas de los gaditanos numerosos mendigos, lo que motivó que el Alcalde Cayetano del Toro a dirigirse a esta asociación reclamando que cumpliera con sus fines y socorriera a estos pordioseros evitando que estuvieran mendigando un trozo de pan por las calles y las casas.

            Hace años, el gobierno municipal del P.P. pretendió establecer una Ordenanza para prohibir la mendicidad callejera. La oposición se lo impidió con la palabra mágica de “fachas” que, al parecer, era un calificativo insoportable para la fina sensibilidad de los munícipes populares, pues no se volvió a hablar más de este tema. Días atrás, contemplando en compañía de un amigo sevillano como uno de estos mendigos profesionales, tumbado en una colchoneta se freía a plena luz del día un par de huevos en plena calle San Francisco, lamenté que a ningún concejal “humanista cristiano” del P.P., “progresista” del  P.S.O.E. o “revolucionario” de I. U. se le cayera la cara de vergüenza ante este espectáculo.

Del Archivo Municipal de Cádiz.