martes, 20 de enero de 2015

Para el palacio de Recaño

        

          En el Diario De Cádiz de ayer se publicaba la existencia de un proyecto municipal para la “puesta en valor”, frase ritual y polisémica en el mundo político de nuestros días, del palacio de Recaño o de la Torre Tavira como algunos lo conocemos, consistente en “crear un ente similar a la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación que existe en diversos puntos del territorio nacional, siendo el ejemplo más cercano el de Granada”. La idea, aportación del edil Delegado de Patrimonio y Presidente del Colegio de Graduados Sociales, supondría “muchos beneficios a la ciudad, tanto con la organización de encuentros como por la difusión y conocimiento de este hecho a nivel internacional”.

            Hace años participé en el proyecto del entonces Decano del Colegio de Abogados de Cádiz José Manuel Jareño Rodríguez Sánchez, apoyado por el ex Decano Julio Ramos Díaz, de restauración de la gaditana Academia de Jurisprudencia y Legislación, una creación decimonónica del Colegio de Abogados de la ciudad, aunque la que ahora se pretendía crear fuera una institución más en consonancia con los tiempos actuales y más abierta a la sociedad, que estuviera alejada tanto del individualismo como del enclaustramiento, los dos principales defectos que se achacan a las academias tradicionales.

Se trabajó en esta restauración, recopilando los antecedentes históricos así como redactando la memoria y un borrador inicial de estatutos. Por cierto que en esta documentación se prescindía de localismos, buscando una institución cultural de ámbito provincial, y de corporativismos, pues se mencionaba expresamente a la Facultad de Ciencias Sociales entre los centros académicos que impartían disciplinas jurídicas y con los que la Academia tendría que contar en su puesta en marcha y en su desarrollo posterior.

Tras estos trabajos sólo quedó pendiente el trámite, de conformidad con la legislación específica de la Junta de Andalucía, del nombramiento por el Colegio de Abogados de la Comisión Gestora que redactaría los estatutos definitivos y elevaría el proyecto a la aprobación de la Consejería de Educación y Ciencia que es la competente para su aprobación. Por diversas causas este nombramiento se fue aplazando, sin que haya tenido lugar en el día de hoy, por lo que este proyecto de restauración se ha quedado inconcluso.
¿Merecía la pena este proyecto de restauración?  Teniendo como antecedente la “Academia de Abogados y Pasantes en Leyes” que, “a exemplo de las que hay en la Corte y principales Ciudades del Reyno, se creó en 1792, el 17 de marzo de 1848 la Junta del Colegio de Abogados, a propuesta del Decano Francisco Fernández de Haro, crea la Academia de Jurisprudencia. En ese mismo año se aprobaron sus Estatutos y comenzaron sus actividades en su sede de la calle San José 42.

Poco después se cambió su nombre por el de Academia de Jurisprudencia y Legislación, que impartía cursos y reuniones científicas destinadas al estudio de la legislación contemporánea, en especial de los nuevos Códigos que estaban surgiendo fruto de la codificación liberal. Aunque los actos que más popularidad adquirieron fueron los debates en los que dos oradores defendían posturas opuestas sobre temas que entonces interesaban como la patria potestad, los sistemas patrimoniales matrimoniales o la propia existencia legal de la esclavitud, debates que eran seguidos por la prensa de la época que los reseñaba al día siguiente, comentando las actuaciones de los ponentes y hasta la del público que llenaba el salón de la calle San José y el más amplio de la calle del Teniente, hoy Zaragoza, al que se trasladó en 1859.

Un dato de su apertura a la sociedad gaditana de la época: La Academia se relacionó muy estrechamente con el Ateneo de Cádiz, en especial durante la presidencia de uno de sus fundadores, el prestigioso jurista Miguel Ayllón y Altolaguirre quien, en unión de su hermano Emilio, publicaba desde 1860 en Cádiz la “Revista de Tribunales, Jurisprudencia y Legislación” y había creado en el Ateneo Cátedras de Derecho Mercantil, de Derecho Penal y de Administración.

Contando con este antecedente histórico, creemos mejor la restauración de una institución nuestra, adaptada a nuestro tiempo y con la participación de todos los agentes interesados, que la creación de una nueva institución, aunque se base en el cercano ejemplo granadino porque, como resalta el promotor de este proyecto municipal, “Tenemos que poner en valor lo que la historia nos ha dejado”.  


  

domingo, 18 de enero de 2015

Los Mucio, de Génova a U.S.A. vía Cádiz.


                                                                                                  Dedicado a M. Susan Muzio Conner 

            El 27 de enero de 1612 el Cabildo Municipal de Cádiz aceptó la petición de ciudadanía que había hecho días antes Antonio Mucio, un comerciante genovés de los que acudían al reclamo de una ciudad que ya empezaba a despuntar en el comercio con las Indias.

            Instalados en Cádiz, los Mucio o Muzio aparecen frecuentemente como vecinos en los dos siglos siguientes. En el siglo XVIII encontramos a Antonio Mucio que firma en 1750 con Domingo Melchor Jara un contrato de aprendizaje para poner a su hijo Juan Antonio de 15 años de edad, en la tienda de relojería que tenía Domingo en la calle Nueva. En 1787 vemos a Mucio Pedro Mucio Lavaggi casándose con Josefina Amaya en la parroquia de San Antonio de cuyo matrimonio tuvieron cinco hijos.

Contrato de aprendizaje del joven Juan Antonio Mucio.
            En el siglo XIX aparece en 1823 Juan Bautista Mucio como socio en la firma mercantil “Domingo Jordán, Oneto y Cía” y años después en 1828 Juan Antonio Mucio es el “Contador del Real Hospital de esta plaza y de la de San Fernando”, o sea administrador de los dos hospitales navales de la Bahía de Cádiz, vive es feligrés de la parroquia de Nª Sª del Rosario e ingresa en la Cofradía de San José de la misma.


            ¿Fue este Juan Bautista el que abandonó Cádiz para trasladarse e los Estados Unidos? ¿Fue otro familiar, quizás un comerciante el que emigró a América al acabarse el comercio colonial que hacía atractivo vivir en Cádiz? Al coincidir su marcha de Cádiz y su llegada al nuevo destino con la de la familia Meade, ¿puede darse alguna influencia entre ellas, al ser ambos comerciantes que vivían en el mismo barrio? ¿Quizás se trató de una marcha conjunta? Sea cual sea la respuesta a estas preguntas, los Mucio de Norteamérica tienen gran parte de su historia familiar enraizada en esta ciudad, por lo que podemos considerarla como una familia gaditana del otro lado del Atlántico.    

La firma del padre Antonio Mucio.

sábado, 17 de enero de 2015

Cayetano del Toro


            Coincido plenamente con el pensamiento que anima a los impulsores de los actos del centenario del fallecimiento de Cayetano del Toro, un buen Alcalde hoy minusvalorado en beneficio de otros, de mandato más fugaz pero también más traumático para la ciudad como Fermín Salvochea, por lo que rescato estos dos acuerdos municipales relacionados con su obra científica,  profesional y humanitaria.

            En su sesión de 13 de octubre de 1870 el Ayuntamiento de Cádiz aceptó el trabajo Ensayo Oftalmológico de un joven Cayetano del Toro que el autor había ofrecido al Consistorio, “dándole las gracias y felicitándole por su magnífica obra”. En su escrito de ofrecimiento del Toro decía: “Nada vale en sí la obra pero, producto de un hijo de Cádiz ruego a sus legítimos representantes vean en esta pequeña ofrenda una débil expresión del cariño que su autor profesa al pueblo que le vio nacer”.

Ensayo Oftalmológico.

            Dos meses después presentó un proyecto para establecer “una Clínica Oftalmológica donde los alumnos de Medicina puedan estudiar esta importante especialidad, al mismo tiempo que los enfermos pobres reciban los cuidados gratuitos”. El Ayuntamiento en su sesión de 20 de diciembre “convencido de los beneficios que a la Humanidad y a la Ciencia aportará la instalación de un establecimiento de esta clase, cooperando a la realización de tan magnífica idea, prestándole apoyo moral y material y contribuyendo, en cuanto sus fuerzas lo permitan, a la creación de un establecimiento que hace honor a la proverbial cultura de Cádiz”, aprobó poner a su disposición “una de las salas del ex convento de San Francisco” para establecer en ella la clínica, aportar 8.000 reales para gastos de instalación “comprendidos el arsenal quirúrgico y todo el aparato instrumental”,  otorgarle una subvención anual de 4-000 reales y “autorizar que las recetas de las medicinas los enfermos de la Clínica que sean suministradas por la Beneficencia Municipal”. Todo ello para “prestar su ayuda y protección a tan útil y humanitaria idea”.    


            Era otra forma de servir y ayudar al pueblo sin tener que llenar la plaza de San Juan de Dios de tiros y de sangre y los penales de Santa Catalina en Cádiz y el Hacho en Ceuta con presos gaditanos.


            Del Archivo Municipal de Cádiz.

viernes, 9 de enero de 2015

Labores.

            Hace poco asistí a la lectura de la tesis doctoral de la periodista Ana Barceló Calatayud, una defensora de los valores culturales que encierra el mundo de la costura. Su tesis consistía en la elaboración de un diseño de clasificación de los tipos del Carnaval de Cádiz. Escuchándola no pude evitar pensar en cuanta imaginación derrocharon las personas anónimas que los diseñaron; modistas y modistos que no tuvieron la gloria de los letristas, de los músicos o de los directores de esas agrupaciones, pero que fueron imprescindibles para su lucimiento y para el esplendor de esta fiesta, por lo que también se merecen un hueco en la historia del Carnaval.
En un orden más casero, hace días contemplé admirado el trabajo que mi cuñada Encarnita había hecho para sus nietos, una funda de crochet para la bombona del gas que era igualita al robot bajito de La Guerra de las Galaxias. ¡Cuántos recuerdos infantiles! ¡Cuánto cariño puesto y cuántas horas dedicaban nuestras madres y tías a confeccionar estas labores para sus personas queridas!
Las palabras costura, labor, primor, patrón, punto y otras relacionadas con ellas, pertenecen hoy a una cultura en extinción, aunque en su día supusieron el fundamento de la educación, el ocio o el modo de ganarse la vida de muchas mujeres y también de muchos hombres. Por eso en homenaje a todas las Anas y las Encarnitas que todavía mantienen esta entrañable tradición, les cuento algo que hoy sería impensable, pero que sucedió en 1881.
En ese año el periódico Boletín Gaditano publicó la convocatoria de un Certamen Científico, Literario, Artístico y de Labores de Señora, que estaba “bajo la protección” nada menos que de “SS.MM. el Rey y la Reina, S.A.R. la Serenísima Señora Infanta Doña María Isabel, de la Excma. Diputación Provincial y del Excmo. Ayuntamiento de Cádiz”.
Los trabajos se presentarían con un sobre lacrado con los datos de la autora o autor en la redacción del periódico, Calderón de la Barca 17, y se resaltaba que no habría favoritismos ni recomendaciones, pues “Para la calificación de las obras presentadas se atenderá exclusivamente al mérito absoluto de las mismas”. 
Se establecían estos grupos de labores: Bordados en oro, plata, sedas de colores y felpilla. Bordados en blanco. Bordados en Lausín. Bordados de tapicería y aplicación. Encajes y toda clase de puntos. Diversas clases de flores y demás labores de adorno. Todos los grupos tenían como primer premio una medalla de plata y como segundos siete medallas de bronce, salvo el de los bordados en blanco cuyo primer premio era un álbum de piel de Rusia, con cantoneras, broches y otros adornos de plata. Además habría un Premio de Honor de la convocatoria “a la labor de más lujo, gusto, arte y novedad que se presente en cualquiera de los tres grupos” que consistía en “dos elegantes jarrones de porcelana regalo de S. M. la Reina Doña María Cristina y un notable objeto artístico de S. A. R. la Serenísima Señora Infanta Doña María Isabel”.

El Certamen.

 Noticia de otra época sin duda pero, sin tener nostalgia por una época afortunadamente ya pasada, no deja de tener cierto encanto recordar un mundo y una sociedad que todavía sabía valorar el trabajo artesanal, individual y casero que salía de las manos habilidosas de las “Señoras”.   

   

     De la prensa de la época.

Muerte de perros.


A raíz de la eliminación del perro de la enfermera que padeció el ébola, recordé que el miedo a la hidrofobia, con la consiguiente persecución y exterminio de los perros callejeros, fue una constante preocupación en la ciudad de Cádiz.

Sin ir más atrás en el siglo XIX un Auto de 1816 del Gobernador Marqués de Castelldosrius decía: “Atendiendo a favor de la salud y la comodidad de sus habitantes, en aminorar en cuanto fuese posible el excesivo número de perros que vagan por sus calles, los cuales no sirven de utilidad alguna conocida, incomodan de día el tránsito del vecindario y de noche el preciso descanso con sus ladridos y aullidos, presentando un riesgo harto evidente contra la seguridad individual de cada vecino, aun cuando no sea más que en los casos cien repetidos en que los ataca la hidrofobia o mal de rabia”. Por ello prohibió “el que ande por las calles perro alguno, y todo el que se encuentre será muerto por los encargados que nombrare al efecto; y sólo se libertarán aquéllos que vayan con sus dueños, los cuales deberán llevar además un collar con el nombre de los mismos. No sucederá así con los perros de presa, aunque sea con freno y collar, pues los que se encuentren deberán matarse irremisiblemente en cualquier parte donde se hallen como no sean conducidos con una cuerda o cordón por mano de sus dueños o el que los llevase”.

En 1826 a instancias de Comandante Francés de las tropas de ocupación, el Gobernador Aymerich ordenó la matanza urbana de los perros sospechosos de padecer la rabia, para lo que “cuatro brigadas de presidiarios, con su competente escolta, salgan inmediatamente y cuantos perros encuentren por las calles y plazas con collar o sin él, los maten, para precaver a los vecinos y moradores de esta plaza de que puedan ser mordidos por uno de estos animales”.

Un Bando Municipal.
            Durante todo este siglo el miedo a la rabia originó, sobre todo en verano, recogidas masivas de perros callejeros para su sacrificio. En estas cacerías participaban, además de voluntarios a los que se les proveía de un permiso especial y de protección policial, los penados del castillo de Santa Catalina a los que, convenientemente custodiados se utilizaban para este fin.

Aunque la orden era llevarlos a Extramuros para allí matarlos a palos y después enterrarlos, eran frecuentes las apariciones de perros muertos en la orilla de la playa; llegando algún año la Policía Municipal, llegó a encontrar hasta 42 perros en cuatro días.

 Para los perros identificados con collar se estableció un depósito en la calle San Dimas donde quedaban en observación hasta que podían ser recogidos por sus dueños.

Con la creación en 1872 de la Sociedad Protectora de los Animales y las Plantas, la primera de esta clase que se creaba en España, la situación mejoró, corriendo la retirada de perros a cargo de funcionarios municipales, los perreros o laceros, aunque seguían siendo eliminados los que no tenían dueño y carecían del correspondiente collar identificativo. Pero ahora se les mataba por medio de la pelotilla de estricnina, dándoles por comida una bola de carne envenenada, lo que suponía un avance respecto al espectáculo cruel y salvaje anterior del apaleamiento hasta su muerte.

La denuncia del pero Matias.
Todavía algunos recordamos, en los años 40 y 50 del siglo pasado, la figura del lacero municipal que, protegido por un guardia municipal y seguido de una turba de chiquillos que le increpaba a distancia, perseguía a los perros callejeros para llevarlos a la perrera municipal, con el regocijo y aplauso de la chavalería cada vez que el perro lograba eludir el fatídico lazo.

Y, aunque ya se esté perdiendo, todavía recordamos la frase “anda y que te den la pelotilla como a los perros” con la que se mandaba a alguien un poco lejos, deseándoles la misma suerte que a los canes que, al sobrar en la ciudad o por ser libres e independientes de cualquier dueño, se les daba el pasaporte, pagando el Ayuntamiento, al paraíso perruno.


Del Archivo Municipal de Cádiz

domingo, 23 de noviembre de 2014

Mendigos en Cádiz



A la vista de los colchones de los pordioseros forasteros acumulados en la plaza de la fuente de las Tortugas o bajo las Puertas de Tierra, de las colchonetas extendidas en varios puntos del centro de la ciudad, alguna de ellas con cocina incorporada, y de la mendiga rumana contorsionista, me planteé escribir algo al respecto en este pequeño rincón, donde una persona casi invisible como yo todavía puede expresarse con alguna libertad.

Pero antes tendré que hacer esta manifestación: Como hijo del pensamiento social mayoritario existente en la Universidad y en casi toda la Sociedad en los años sesenta y setenta del siglo pasado, creo que la atención primaria a estas personas debe estar a cargo de los poderes públicos. Recuerdo que hace años, cuando todavía los políticos se permitían relacionarse con ciudadanos independientes, pertenecía a una tertulia que nos reuníamos a almorzar una vez al mes con una tertulia de sobremesa, a la que asistía el Alcalde Carlos Díaz. El pobre debía soportar una y otra vez que yo pidiera con insistencia que se abrieran al menos un albergue y un comedor municipales. Claro que nunca me hizo caso, y esta carencia se solucionó cuando se abrieron el albergue de Jesús Abandonado en la calle Vea Murguía y el comedor de las Hijas de la Caridad de la calle María Arteaga.

Pero como esta bitácora trata fundamentalmente de temas de historia local, daré unas breves pinceladas de cómo esta ciudad afrontó el problema de los mendigos callejeros.       

Atraídos por la riqueza del Cádiz del comercio colonial en el siglo XVIII, la ciudad era un lugar que atraía a numerosos mendigos, limitándose las autoridades a controlar la actividad de éstos, como en 1771 cuando un bando disponía “Que ningún pobre mujer u hombre, aunque sea a título de vergonzante pueda andar o estar de firme, después del Ave María por las calles, ni llegar a las casas a pedir limosnas”, para tratar de impedir la molestia de los pedigüeños en horas intempestivas.

Pero esta tolerancia se terminó años después. En 1784 un Bando del Gobernador Conde O Reilly informaba que, puesto que ya se había abierto el Hospicio frente a la Caleta al que podían acudir “los pobres a los que la necesidad obligaba a pedir limosnas por las calles y plazas públicas con suma incomodidad suya” y allí tendrían “comida, cama, colocación correspondiente a su sexo, edad, y estado, una ocupación proporcionada a sus fuerzas y un trato caritativo”, prohibía “que persona alguna pueda pedir limosna en esta Ciudad ni Extramuros”, aunque esta prohibición no se extendía “a los socorros que franquean muchos vecinos a personas necesitadas que viven cristianamente y recogidas en sus casas”.

Las normas que dieron los gobiernos ilustrados de los Borbones contra los vagos también llegaron a Cádiz; así en 1797 otro Bando disponía: “Que todas las personas, assí naturales de esta Ciudad como Forasteros que no tengan oficio, destino ni ocupación seguidas y honestas salgan de ella en el término de tres días, pasado el cual, serán apreendidos en calidad de vagos”.

Prohibía tajantemente la mendicidad, “Toda persona, de cualquier edad y sexo que sea, no podrá pedir limosnas por las calles, Puertas, Plazas, paseos y demás sitios de la Ciudad y sus Extramuros, pues los verdaderos necesitados tienen franca y caritativamente sus socorros en la Casa de Misericordia (el Hospicio), donde está recogido crecido número de ancianos, jóvenes e imposibilitados de emplearse en trabajos y oficios. Y como desprecian estos religiosos socorros, quedándose con el traje de mendigos es prueba de vagancia, inaplicación o vicio, serán arrestados los contraventores para darles el destino que correspondan, según las averiguaciones que se hagan de su necesidad, pueblos de su naturaleza y conducta.

Por último alertaba contra la costumbre de dar limosnas: “Que los vecinos honrados contribuirán a que tenga toda su observancia este Capítulo, no suministrando por las Calles ni en sus Puertas limosnas a los que no tienen necesidad de pedirlas, pues lo contrario es dar aliciente al vicio y a la vagancia y a que aquéllos quiten al verdadero pobre los auxilios que necesitan”.

Ya en 1800 otro Bando disponía: “La felicidad que tienen los Pueblos que poseen establecimientos piadosos en que se amparan los verdaderos indigentes, quita todo pretexto a la mendiguez”. “Habiendo notado el Gobierno la excesiva afluencia de mendigos que de algún tiempo a esta parte ha acudido a esta ciudad, que en el término de cinco días se retiren de ella mendigos forasteros, absteniéndose todos de pedir limosna por las calles, casas ni templos, (de lo contrario) serán conducidos al Hospicio”.

Incluso en 1820, tras el triunfo de la revolución de Riego y estando vigente de nuevo la Constitución de Cádiz, el Ayuntamiento liberal publica otro  Bando que, tras establecer un sistema de delación entre los vecinos  “para que informen sobre la cualidad de vagos o mal entretenidos u ocupación inútil o perjudicial de algunos individuos que no tienen oficio ni ocupación conocida”, disponía “Que se recojan todos los pordioseros remitiéndolos al Hospicio donde quedarán únicamente los naturales o vecinos de Cádiz verdaderamente menesterosos o inhábiles; a los forasteros se remitirá al lugar de su vecindario”. Tan sólo se permitía mendigar “a los que la expresada obra pía no pueda mantener y que por su verdadera imposibilidad de trabajar se hallen necesitados de pedir limosnas”, facilitándoles a éstos una licencia para pedir, con “la precisa condición de llevar pendiente del cuello una tablilla donde está fixada dicha licencia, con el fin de evitar los abusos y señalar a los compasivos el verdadero necesitado”.

            Reinando Isabel II y establecida ya la obligación municipal de erradicar la mendicidad, en el Reglamento de Policía de 1835 figuran como obligaciones de la Guardia Municipal “Formar lista de los mendigos, averiguando los que pudiendo trabajar molestan al vecindario, privando del socorro a los verdaderos necesitados”.

Y así hasta que en 1901 se crea, bajo la protección del Ayuntamiento la Asociación Gaditana de Caridad, que tenía por finalidad “evitar la mendicidad en la vía pública”, lo que no impidió que años después, durante una de las hambrunas que a principios del siglo XX asolaban los campos de nuestra provincia, llegaran hasta las casas de los gaditanos numerosos mendigos, lo que motivó que el Alcalde Cayetano del Toro a dirigirse a esta asociación reclamando que cumpliera con sus fines y socorriera a estos pordioseros evitando que estuvieran mendigando un trozo de pan por las calles y las casas.

            Hace años, el gobierno municipal del P.P. pretendió establecer una Ordenanza para prohibir la mendicidad callejera. La oposición se lo impidió con la palabra mágica de “fachas” que, al parecer, era un calificativo insoportable para la fina sensibilidad de los munícipes populares, pues no se volvió a hablar más de este tema. Días atrás, contemplando en compañía de un amigo sevillano como uno de estos mendigos profesionales, tumbado en una colchoneta se freía a plena luz del día un par de huevos en plena calle San Francisco, lamenté que a ningún concejal “humanista cristiano” del P.P., “progresista” del  P.S.O.E. o “revolucionario” de I. U. se le cayera la cara de vergüenza ante este espectáculo.

Del Archivo Municipal de Cádiz.

 

jueves, 9 de octubre de 2014

Miedo al contagio

 

            Si en nuestro siglo XXI, a pesar de los gigantescos avances en la tecnología y en la medicina nos puede causar alarma, miedo y hasta pavor la posible presencia de una enfermedad contagiosa cuyo modo de contagio desconocemos, podemos imaginarnos lo que podía representar en la sociedad gaditana del siglo XIX la aparición de una epidemia entonces tan mortífera como el llamado cólera morbo.

            Las alarmas ante los brotes de cólera eran habituales en Cádiz y su entorno desde hacía siglos. Su condición de puerto de mar abierto a casi todo el mundo conocido, hacía que las autoridades ante la primera alarma implantaran una serie de medidas preventivas como la cuarentena de las personas, la clausura de los espectáculos públicos o la prohibición de entrada en la ciudad de alimentos o ropas que se suponía eran los propagadores de la mortal infección.

            Aunque la lucha contra esta epidemia dio lugar a numerosos sucesos muy curiosos desde nuestra óptica actual, ya que entonces resultarían dramáticos, hoy trataré sólo de dos actuaciones municipales que retratan hasta donde llegaba el miedo ante el contagio y la ignorancia de sus medios de propagación y de cura.

            El 23 de agosto de 1854 el Alcalde de Chiclana y Presidente de su Junta de Sanidad Francisco Manjón envía a su homólogo de Cádiz este escrito: “Gozándose en esta villa del más perfecto estado de salud por la Misericordia de Dios y declarado que en esa capital se padece el cólera morbo, la Junta de mi presidencia ha resuelto cerrar absolutamente toda comunicación con esa Plaza.” Y pensando en los chiclaneros que se encontraran en la plaza infectada, les conminaba así: “Al propio tiempo ha acordado conceder a los vecinos de esta población que se encontrasen en ésa, el término de hasta la hora de ponerse el sol del día de mañana, para regresar a sus hogares.”. 

            Otro ejemplo de miedo e insolidaridad se produjo años después. En 1860 regresan a Cádiz las tropas que habían participado en la guerra con Marruecos. En el mes de Febrero de ese año, al conocer la toma de Tetuán, el repique de las campanas de la ciudad y las bandas militares de la guarnición despertaron de madrugada a “un inmenso gentío embriagado de gozo llenaba las calles de la población y “con indecible entusiasmo” vitoreando a la Reina, “al valiente ejército español y a su ilustre caudillo”, “exaltando a las bizarras huestes de Isabel 2ª, dignas émulas de los esforzados tercios de la primera Isabel”.  Ese mismo día el Ayuntamiento acuerda “sacar procesionalmente por las calles de Cádiz el retrato de S. M. la Reina”.
Invitación a la procesión del retrato.
Incluso el mismo mes de Febrero, la Corporación municipal acuerda que se diera el nombre del general O´Donnell, el Duque de Tetuán que había dirigido las tropas españolas hacia la victoria, a una de las más céntricas calles de Cádiz, la calle Ancha.

La lápida para la anterior calle Ancha.

Pero ¿y los soldados? En el mes de Abril cuando las tropas victoriosas se acercaban a la ciudad, la Corporación se dirige al Gobernador Civil en un escrito que comenzaba así: “Uno de los más importantes deberes de V. E. es conservar la salud de los ciudadanos, la salud pública es la suprema ley” y “si a algunos buques que vienen de nuestras Antillas no se les da libre entrada, aunque gocen de la mejor salud los que en ellos viajan… hay que hacer lo mismo con nuestros regimientos que vuelven de la campaña de África “.

Alertaba que “los colchones, las prendas de vestir desaseadas y otros objetos ya se están introduciendo en Cádiz”, “atraviesan nuestras calles y extienden sus emanaciones con riesgo del vecindario que ya hoy está alarmado porque presiente sus consecuencias”.

Y aunque “muchas son las simpatías que nos unen a nuestro valiente ejército…y a nuestros soldados a los que no queremos de modo alguno negarles nuestra hospitalidad, nuestra entusiasta recepción, cual se merecen, como distinguidos héroes de la Patria”, proponía que los soldados y los oficiales se alojaran en los cuarteles y “que en modo alguno se alojen en las casas” como eran habitual; si traían con ellos sus colchones que se sacaran de la ciudad “procurando hacerlo a alta hora de la noche”; que sus “efectos de vestuarios y demás artículos que traigan de África se coloquen para su previa ventilación ya en la Aguada, ya en el fuerte de Puntales, ya en el Campo Soto”; que si venía algún enfermo, aunque no fuera de cólera, que no se mandara al más céntrico Hospital de San Juan de Dios; y por último que si había habido durante la travesía algún afectado por el cólera, “toda la tropa deberá desembarcar en Puerta Tierra y permanecer allí acampados hasta su marcha”.

La petición municipal tuvo eco acordándose por el Gobernador Civil y por la autoridad militar el acuartelamiento de la tropa y que toda la impedimenta que traían los soldados no entrara en Cádiz y quedara almacenada fuera de la población.
 
En Gerona aclamados, en Cádiz temidos.

                     
            Del Archivo Municipal de Cádiz


jueves, 25 de septiembre de 2014

Carta de Matagorda U.S.A.


 
Matagorda U.S.A.

            Habían pasado doce años, ya la Guerra Hispano-Norteamericana se estaba olvidando y los antes denostados yankees eran personas normales a los que, en una ciudad que se preciaba culta y cosmopolita, había que darles el mismo trato correcto y educado que a los demás extranjeros.

            En 1910 Harriet Talbot, profesora de la Universidad norteamericana de Nashville se dirigió al Alcalde de Cádiz con una carta de la que utilizo la versión en español, incluso el nombre “Tejas” que el ignorante traductor españoliza quizás por parecerle inglés el “Texas” que se correspondía con la tradicional grafía española de ese territorio.
 
 
Miss Talbot, tras disculparse por escribirle en su idioma, confiando en que nuestro Alcalde tendría “un traductor de inglés” por lo que “no le causará gran molestia entender esta comunicación”, le dice que “Aun cuando ahora resido en Nashville Tennessee, nací y me crié en Matagorda (Tejas) y tanto mis paisanos como yo hemos tenido siempre curiosidad por saber de dónde le vino a nuestra preciosa villa sobre el mar este amable nombre. Y habiendo leído últimamente que cerca de Cádiz hay un fuerte de ese mismo nombre, escribo a usted preguntándole de donde viene a ese fuerte su nombre. ¿Fue llamado así en honor de algún preeminente ciudadano de Cádiz o por algún heroico defensor de sus murallas? ¿O es sólo un nombre con esa definición? ¿O es nombre de algún objeto de la naturaleza o se le dio en recuerdo de algún acontecimiento notable de tiempos antiguos? ¿Y sabría Vd. por qué se llama así este pequeño pueblecito de Tejas? ¿Se habrá llamado así por este fuerte español? Y si es así ¿quién le confirió este nombre?

Tras disculparse de nuevo, “Como no puedo comprar aquí sellos españoles por eso no los remito para su contestación”,  le quedaba agradecida por si pudiera darle alguna información.


El Alcalde ordenó que se le diera la información que existiera en el Archivo Municipal. Y correspondió a Pedro Riaño emitir este informe que resumimos: “La Bahía de Cádiz se estrecha para formar su segundo seno en dos puntas, una llamada Matagorda en término de Puerto Real y la otra el Puntal, término de Cádiz. El nombre de Matagorda se usaba ya a finales del siglo XVI sin que se sepa cuál fue el origen de dicho nombre. En 1596 una armada inglesa sostuvo combate con la española junto a Matagorda y en él perdieron los españoles las naves “San Felipe”, “Santiago” y el “Santo Tomás” y además hubo que incendiar toda la Flota de Indias para que no cayera en poder del enemigo…Puede ser que en recuerdo de este triunfo naval de Inglaterra y que tan caro costó a España, algunos emigrantes británicos de los Estados-Unidos fundaran ese pueblecito de Texas que lleva el nombre de Matagorda, eso parece ser lo más probable…”.

 Aunque el erudito informante, que por cierto escribe correctamente “Texas”, se olvidara en su escrito de los que colonizaron esa tierra española que llenaron de nombres españoles su toponimia, creo que la docente norteamericana quedaría muy contenta al recibir la carta de Cádiz con esta información, y además sin haber tenido que mandar antes los sellos para su franqueo.

Del Archivo Municipal de Cádiz

Ni burkas ni capirotes


            En estos días en que se vuelve a hablar sobre la conveniencia de prohibir por motivos de seguridad que algunas mujeres musulmanas transiten por lugares públicos con la cara velada o tapada, conviene recordar que este mismo problema ya se presentó a los gobernantes gaditanos hace algunos siglos, sin que en ningún momento dudaran en adoptar las medidas que estimaron oportunas para salvar el orden público como era su obligación.
            En el siglo XVIII los Borbones emprendieron diversas campañas para prevenir la criminalidad; para ello dictaron varias Reales Órdenes prohibiendo el uso de armas cortas y de fuego, así como el uso por hombres y mujeres de prendas que impidieran ver su rostro, prohibiendo el uso de capas, sombreros o velos con este fin.

            En Cádiz se reprodujeron estas normas reales que buscaban acabar con la costumbre que se conocía como “Tapada de Mujeres”, costumbre que era habitual en la indumentaria de las mujeres en gran parte de España y de la América hispana.

            Los Gobernadores de Cádiz se aprestaron a dictar Bandos que reproducían estas Reales Órdenes, obligando “para la tranquilidad pública y seguridad de la vida humana” a los habitantes de Cádiz a obedecerlos bajo penas de cárcel o de multa.

            Así en 1721 Antonio Álvarez de Bohórquez ordena que “ninguna persona de cualquiera calidad sin excepción alguna use de día o noche, los disfraces y embozos que se traen y usan”, sino que “anden y lleven las caras descubiertas sin embozos, monteras o extraordinarios sombreros” (se repite en 1729) “que ninguna mujer, de cualquier estado, calidad y condición que sea, ande tapado el rostro, en todo o en parte, con manto ni ora cosa, sino descubierto de forma que sea conocida y vista”, y como era una época en que la condición social eximía a algunas personas del cumplimiento de las leyes, aclaraba que “sin que a las mujeres les valga el privilegio o fuero que tuvieren sus maridos” . El  incumplimiento se castigaba con una multa de diez mil maravedís y “el perdimiento del manto”.

            En 1732 insiste “prohibiendo que las mueres usasen del tapado de ojo” y como al parecer se había extendido el uso de abanicos ordena “que anduviesen con las caras descubiertas, sin usar de manto, abanico ni otra cosa que la malicia les hace discurrir para encubrir el rostro” y “que las imposibilite del conocimiento de sus personas”, condenando a las infractoras a la pérdida del abanico.

            Finalizando este siglo, en un Bando de Buen Gobierno de 1794 de Joaquín Mayone y Ferrari Conde de Cumbre Hermosa “se prohíbe que en las noches de verano se use de capa en los paseos de la Alameda, Muralla y Recinto, ni mantilla en la cabeza, para que los embozos y facilidad de taparse no prive a los vecinos honrados de la seguridad con que deben disfrutar la sencillez de estos honestos recreos”.
 
Tapada limeña.
            Estos bandos se leían públicamente, acompañado el vocero por soldados “con cajas de guerra y pífanos”,  “con visibles voces y presente multitud de pueblo” y en los lugares habituales, “calle Nueva, Plazuela de San Francisco, en la de San Antonio, esquinas de Porriño, Plazuela de los Descalzos, Barrio de Santa María en las esquinas más arriba de las que dicen de Valcázar, Plazuela de Santo Domingo y Puerta de Sevilla frente a la Real Aduana”.

            Ya en el siglo XIX, el represor absolutista Gobernador José Aymerich Vara en otro Bando de 1825 dispuso que “nadie andará por las calles cubierto el rostro, ni con máscara ni disfraz, en tiempo ni ocasión alguna”.

            Años después “Don Manuel María de Arjona, Caballero Profeso del Hábito de Montesa, Doctor en Jurisprudencia, Gefe de 2ª clase de Administración Civil”, en su calidad de “Alcalde Corregidor por Su Magestad”, es decir como la máxima autoridad competente en el orden público de la ciudad de Cádiz, buscando “el mejor orden de las procesiones de Semana Santa e impedir los excesos a que pueden dar lugar el uso de antifaces” y de las molestas peticiones de limosnas, dictó el siguiente Bando: “Por ser contrario a la buena Policía, prohíbo que los individuos de las Hermandades y Cofradías hagan cuestaciones, ni vayan con la cara cubierta vestidos de penitentes, sino en el acto de ir incorporados en la procesión de que formen parte. Los infractores de este Edicto serán detenidos a mi disposición por los Celadores de Vigilancia y Alguaciles de Policía Urbana”. Cádiz 21 de Marzo de 1853.

            A los dos días de aparecer este bando el Comandante de la Guardia Municipal Cristóbal Rivas “dejó detenido en la Prevención Municipal a disposición del Señor Alcalde”, a Julián García, que trabajaba en una pensión, pues era “doméstico de la Casa de Pupilos de la calle de la Torre nº 56 y 57”, el cual “vestido de penitente de Jesús Nazareno y con la cara tapada pedía con una batea vieja de charol en la que llevaba 23 reales”, interrogado dijo que pedía por una promesa que tenía hecha. Aunque el penitente detenido fue puesto en libertad dos días más tarde por una orden verbal del Alcalde, no se le devolvieron ni la bandeja con la que pedía ni los 23 reales que había obtenido en su interrumpida colecta.
 
Penitentes tapados por la calle.
 
            ¿Acató la sociedad española estas prohibiciones? ¿Lograron cambiar los usos y modos de vestir? Mi abuela me contaba que siendo niña viajó a finales del siglo con sus padres desde Bornos hasta Vejer al entierro de un familiar y recordaba que todas las mujeres que vieron por la calle y las que asistieron al velatorio llevaban el traje de cobijada o tapada, vestido que estuvo en uso en esa población y creo que también en Tarifa hasta finales de los años cuarenta; en cuanto a los penitentes tapados o descubiertos todavía hoy los hay para todos los gustos.

Por supuesto que esta forma de proceder pertenece al pasado. Desde nuestra visión actual del Mundo resulta impensable que se legisle sobre el modo de vestir de las personas; además, conociendo a las autoridades gaditanas dudo que ninguna se atreva a interferir en lo más mínimo en el arriesgado mundo de las minorías étnicas o en el no menos arriesgado mundo de las minorías cofrades.    

            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Los escribientes de San Juan de Dios


            Aunque sea una estampa ya afortunadamente desaparecida de nuestras ciudades, hasta bien entrado el siglo XX era frecuente la utilización de los servicios de estos profesionales de la pluma o la máquina de escribir, los amanuenses o escribientes que por una módica cantidad rellenaban estadillos, escribían primorosas cartas de amor o de negocios o redactaban las instancias tan necesarias para cualquier trámite ciudadano ante las administraciones públicas de nuestro país.

            El analfabetismo reinante y la dificultad de redacción de los escritos dirigidos a autoridades y funcionarios propiciaron la aparición de verdaderos escritorios públicos en las cercanías de las sedes administrativas, en una estampa que todavía hoy puede contemplarse por desgracia  muchos países.
Escribiente en la Arequipa de Vargas Llosa.
 

     Muy conocidos fueron los escribientes de Barcelona, como los ubicados junto al Palau de la Virreina que aparecen en esta fotografía; por cierto que el último de estos amanuenses continuó con su actividad hasta 1992.
Los escribientes de Barcelona.
            En Cádiz hasta finales del siglo XIX los escribientes tuvieron su sitio entre los arcos de los soportales del Ayuntamiento. Las periódicas crisis económicas que azotaban a la ciudad arrojaban al paro y la pobreza a un buen número de personas que, por su esmerada educación familiar, por su anterior trabajo en los escritorios de las firmas mercantiles desaparecidas o por su condición de funcionarios cesantes por los cambios políticos, encontraban en esta modesta profesión una forma de ganarse el sustento.

            Para instalarse en los soportales se necesitaba el correspondiente permiso municipal, como el que solicita en 1840 Juan Pacheco quien “hace bastante tiempo se encuentra sin colocación alguna y en bastante indigencia, sin poder atender a socorrer y alimentos a sus hijos, por lo que ha pensado, para no ser víctima de la necesidad, establecerse o situarse en uno de los arcos que se encuentran vacantes de esta Casa Consistorial con el objeto de ocuparse de memorialista”. El permiso se le concedió, tras el informe favorable de su Alcalde de Barrio “sobre su conducta moral y política”.

            Este informe de conducta se exigía incluso a los que, por alguna circunstancia, dejaban de ejercer esta profesión durante algún tiempo. Es lo que le sucedió a Antonio Álvarez Osorio, casado y con dos hijos menores, quien había “faltado un año en ocupar la carpeta que se hallaba situada en el número 2 de los arcos”; por lo que necesitó que el Alcalde del Pópulo certificara que “D. Antonio Álvarez Osorio, vecino de esta demarcación Calle de la Posadilla nº 303, en el tiempo que ha estado avecindado en ella ha observado buena conducta, tanto moral como política”, para que se le autorizara su vuelta a los soportales.

            Pero aunque los soportales de San Juan de Dios servían de cobijo para escribientes y clientes, a veces las condiciones meteorológicas dificultaban la estancia en los mismos, lo que motivó la súplica que en 1839 dirigieron al Alcalde “Los escribientes públicos que subscriben establecidos con sus respectivas carpetas numeradas en los Arcos de las Casas Consistoriales” a los que, “por desgracia les es forzoso sufrir la rigidez de la invernada para buscar su subsistencia y las de sus esposas e hijos”, y que “con dolor del corazón han visto en los años pasados enfermar y ser víctimas algunos de sus compañeros a influjo de la intemperie, sin tener el auxilio de poderse guarecer en algunos puntos con la pared del frente”, por ello solicitaban que se les autorizara acercarse a la pared del edificio conservando el mismo orden en que se encontraban, lo que “no ocasiona el más leve perjuicio ni incomodidad al tránsito, se concilian los extremos para los despachos del público y se evitan los males y desgracias a que están expuestos”.

            Estos argumentos no conmovieron al Alcalde que al parecer no los quería tan cerca, por lo que sólo les dio permiso para “que se coloquen contra los macizos de los arcos y de espalda a éstos, vuelta la cara hacia la Casa Capitular”.

            Y de cara al Ayuntamiento continuaron los amanuenses ganándose la vida con sus plumas hasta los comienzos del siglo XX en que, por razones de seguridad pública al haber sufrido las Casas Consistoriales varios intentos de asalto, se quitaron de ese lugar, colocándose centinelas del Ejército e incluso prohibiéndose el paso de los peatones por debajo de los soportales.

            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz