lunes, 30 de enero de 2017

La desamortización municipal


Mi nueva publicación.
             En 2014 el entonces Presidente de la Diputación Provincial José Loaiza García, quien tanto decepcionó a algunos compañeros ingenuos que creyeron que, por pertenecer a otro partido político, tendría un concepto distinto de la ética, la honradez y el respeto debido a las leyes, publicó en el prólogo a un libro publicado a un compañero de su partido por la Corporación que presidía lo siguiente: “Entre las funciones y competencias que la Diputación Provincial de Cádiz viene asumiendo y ejerciendo, se encuentra la divulgación cultural de cuantas actividades, estudios e investigaciones, acercan el conocimiento de la provincia de Cádiz a los gaditanos y redundan en su beneficio”.

            Confiando en esta idea hará catorce o quince años presenté el libro que ahora les presento a la casa rosada de la plaza de España, de la que entonces era funcionario, por si consideraba oportuna su publicación. Como verán los que tengan la curiosidad de leerlo, se trata de un capítulo muy importante de la historia del municipalismo provincial, que sufrió un gran expolio cuando, agotados ya los bienes vendibles de la Iglesia, el Estado necesitó más dinero para hacer frente a los gastos de la interminable guerra carlista. Al entonces Ministro de Hacienda Pascual Madoz se le ocurrió la idea de hacer lo mismo con los bienes de los Ayuntamientos que al fin y al cabo para su ideología liberal eran también manos muertas al igual que la Iglesia y sus órdenes religiosas.

            Este libro trata del desarrollo de ese proceso desamortizador en nuestra provincia, analizado municipio por municipio de los que entonces la componían. Pensaba que, además de una obra útil para completar la historia provincial, serviría también para las respectivas historias locales, pues había pocas publicaciones sobre este tema y además podía servir de base para futuras investigaciones.

            Tras unos meses de espera recibí la contestación con el habitual estilo cortijero que se usaba y, espero que ya no se use, en el palacio rosa de la plaza de España. Se me comunicó verbalmente y sin darme ningún papel que el Diputado competente graciosamente había autorizado su publicación. Esperé en vano que ésta se llevara a cabo durante varios años, pero siempre se quedaba para el año próximo por falta de presupuesto, siempre agotado éste por compromisos personales del Diputado o del Presidente, hasta que a los cuatro o cinco años dejé de preguntar, suponiendo que serían prioritarias otras obras más interesantes que la mía.

            Cuando habían transcurrido unos diez años de la entrega de mi obra pedí formalmente a mis compañeros la devolución del ejemplar para entregarlo a una imprenta para su publicación a mi costa. Contra todas las normas administrativas y de la simple educación personal, ni se me contestó. Ya no estaba el PSOE, ahora era el PP el que usaba el mismo sistema caciquil del desprecio, no ya al compañero sino al ciudadano, pues la condición de funcionario, al menos por ahora, no creo que prive a nadie de su ciudadanía. Para mi fortuna pude recomponer una copia, por lo que resultó innecesaria la entrega del ejemplar que unos compañeros, de forma casi clandestina, habían localizado en el servicio correspondiente.

            Este trabajo, utilizando una frase muy usada, viene a rellenar una laguna importante en la historiografía gaditana del siglo XIX; si no me creen lean las historias locales que suelen aportar datos muy pobres sobre este tema, con la excepción de Cádiz, Vejer y Conil.

Aprovecho esta entrada para amenazarles que tengo ya recogido casi todo el material archivístico para confeccionar la historia de la desamortización eclesiástica de Mendizábal y Espartero en nuestra provincia y de sus resultados; aunque, dada la envergadura de la obra y mis limitaciones físicas, creo que a lo sumo lograré redactar este episodio histórico limitado a la ciudad de Cádiz, si mis otros proyectos pendientes de terminar me lo permiten. 
            Como ven es un libro que ha tenido un nacimiento dificultoso, pero que al fin está, al menos en las bibliotecas públicas, a disposición de cuantos se interesen por la historia de nuestra tierra. Espero que puedan disfrutar con su lectura.


¿Machado machista?

       
    En los años sesenta del pasado siglo se pusieron de moda dos expresiones que venían de la entonces primera potencia mundial de Occidente, los Estados Unidos: la de mayoría silenciosa y la de lo políticamente correcto; se referían respectivamente a la mayoría de ciudadanos que apoyaban tácitamente a su gobierno frente a los que participaban en las manifestaciones que entonces se realizaban contra la guerra de Vietnam, y a la doctrina que emanaba de ese gobierno belicista y que se quería imponer a la prensa y a la vida diaria frente al lenguaje sincero y libre de los que entonces se llamaban progresistas. Eran expresiones propias de la derecha norteamericana que la izquierda europea, entre la que podíamos incluir a una muy endeble izquierda española, se encargó de demonizar condenando su sentido y hasta su propio uso.

            Pero los tiempos cambian. En el siglo XXI una izquierda ignorante que tiene a gala dar por finiquitados conceptos como el de la honradez o el de la cultura, y a la que le aburre cualquier preocupación ideológica hasta el extremo de adoptar como suyas ideas de sus adversarios como el nacionalismo, al estar preocupada tan sólo en buscarse su supervivencia económica y el sustento de los suyos con los fondos públicos de nuestros impuestos, se ejercita en cambio en prácticas tan progresistas como la censura del lenguaje,  que ahora debe ajustarse a una ortodoxia establecida no se sabe bien donde no por quién.
       
            Esta reflexión viene a cuento al leer la muy cuidada edición facsímil de Juan de Mairena: Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo de Antonio Machado, editada por la Universidad Internacional de Andalucía en 2014.

            En este maravilloso libro aparecen aisladas algunas ideas de su autor que, sometidas al análisis de la crema de la intelectualidad progresista actual imbuida de modernos conceptos feministas y animalistas, no dejarían en muy buen lugar al ilustre maestro sevillano.

            Respecto al lugar social de las mujeres se expresaba así en la página 116: “Donde la mujer suele estar, como en España –decía Juan de Mairena-, en su puesto, es decir, en su casa, cerca del fogón y consagrada al cuidado de sus hijos, es ella la que casi siempre domina, hasta imprimir el sello de su voluntad a la sociedad entera. El verdadero problema es allí el de la emancipación de los varones, sometidos a un régimen maternal demasiado rígido. La mujer perfectamente abacia (no he encontrado su significada, ignoro si es una errata o se refiere a abacial o conventual) en la vida pública, es voz cantante y voto decisivo en todo lo demás.”   

            Del voto femenino decía a continuación “Si unos cuantos viragos del sufragismo, que no faltan en ningún país, consiguiesen en España de la frivolidad masculina la concesión del voto a la mujer, las mujeres propiamente dichas votarían contra el voto; quiero decir que enterrarían en las urnas el régimen político que, imprudentemente, les concedió un derecho al que ellas no aspiraban.”

            En la página 244 aborda el “tema de la tauromaquia, cosa tan nuestra, -tan vuestra sobre todo- y, al mismo tiempo tan extraña”, alerta que hay que estar “un poco en guardia contra el hábito demasiado frecuente de escupir sobre todo lo nuestro, antes de acercarnos a ello para conocerlo.” Dice que “alguna vez hemos de meditar sobre las corridas de toros, y muy especialmente sobre la afición taurina.”

            Aunque anteriormente Mairena había expresado a sus alumnos “mi poca afición a las corridas de toros”, confesando que nunca le habían divertido y sospechaba que no divertían a nadie por ser un espectáculo demasiado serio para la diversión, sentencia sobre ellas “Nosotros nos preguntamos, porque somos filósofos, hombres de reflexión que buscan razones en los hechos, ¿qué son las corridas de toros?, ¿qué es esa afición taurina, esa afición al espectáculo sangriento de un hombre sacrificando a un toro, con riesgo de su propia vida? Y un matador señores –la palabra es grave-, que no es un matarife –esto menos que nada- ni un verdugo, ni un simulador de ejercicios cruentos, ¿qué es un matador, un espada, tan hazañoso como fugitivo, un ágil y esforzado sacrificador de reses bravas, mejor diré de reses enfierecidas para el acto de su sacrificio? Si no es un loco –todo antes que un loco nos parece este hombre docto y sesudo que no logra la maestría de su oficio antes de las primeras canas-, ¿será acaso, un sacerdote? No parece que pueda ser otra cosa.” 

            Respetando que se trata de un ensayo que habrá que tratar con las licencias que exige toda obra literaria, no cabe duda que transluce unos pensamientos que se inscriben dentro de la mentalidad del autor. En el tema del voto femenino se encuadra dentro de la oposición de la izquierda de la II República a este voto por suponer a la mujer española sometida a influencia de una Iglesia Católica muy conservadora. Su opinión sobre la tauromaquia se inscribe en el intento de los intelectuales de su generación por descubrir la verdadera naturaleza de las corridas de toros, lejos del simple espectáculo brutal y asesino de maltrato animal que sostienen hoy día la ideología animalista.


              Aunque estas reflexiones del maestro no hay que separarlas del ambiente cultural y la mentalidad social de la época en que se movían los hermanos Machado, leídos hoy a una juventud ligera de pensamiento y poco dispuesta al análisis y la lectura reposada, lo condenarían tristemente al infierno donde debe purgar la casta de reaccionarios y fascistas, condenados mediáticamente por quienes ignoran casi todo sobre su obra y su verdadero pensamiento.

viernes, 27 de enero de 2017

Horario de farolas

            Siempre he escuchado críticas a las horas en que se encendía y se apagaba el alumbrado público en Cádiz, unas veces por tardar en encenderse las luces, cuando ya las sombras de la noche se estaban adueñando de las calles de la ciudad, y otra por mantener las farolas encendidas a plena luz del día, y eso con los adelantos modernos que ahora permiten graduar el encendido según sea la intensidad lumínica en cualquier hora. 

            Para que vean que esta inquietud por el ahorro en el alumbrado público ya preocupaba a los munícipes gaditanos del siglo XIX, aunque entonces no presumían de transparencia como los actuales, les adjunto la relación por meses de los horarios de encendido y apagado de las farolas de Cádiz, que se publicaba en bandos y en el Boletín Oficial de la Provincia para mayor información.


            Estas son las horas en que en 1849 los faroleros, descargados por el moderno gas de su molesta y sucia obligación de llenar previamente de combustible  las farolas, procedían simplemente a subir con su pequeña escalera para encender las mechas que iniciarían la combustión del gas y con ella iluminarían una ciudad entonces moderna y civilizada al nivel de cualquier capital española e incluso europea.



Me regalaron este libro

        


    Mis hijos Sabrina y Germán me han regalado por Navidad este libro del escritor libanés residente en Francia Amín Maalouf y premio Príncipe de Asturias de 2010. Aprovechando su ingreso en 2012 en la Academia Francesa, ha escrito esta historia sobre la creación de esta institución tan prestigiosa, para lo que se ha servido de unas pequeñas biografías de sus antecesores que ocuparon su sillón, desde la fundación de la Academia hasta el antropólogo Claude Lévi-Strauss al que sucedió tras su fallecimiento.

            He disfrutado mucho con su lectura porque nos ofrece un viaje por la cultura francesa y europea de estos siglos, que no resultó tan diferente de la nuestra aunque suene extraño. En España también han existido unas élites preparadas que sintonizaron con los movimientos innovadores de la cultura europea de su época, aunque por las circunstancias históricas nunca tuvieron la influencia ni en el país ni en sus gobernantes que tuvieron sus correlativos franceses o alemanes.

            Una forma muy original de contarnos la historia de la Academia a través de este libro serio pero ameno y divulgativo. En suma un buen homenaje de su autor a la institución que le acogió.

            Gracias Sabrina.

              

domingo, 22 de enero de 2017

Cádiz pudo tener su Bolsa de Comercio.

            En 1885 la Junta Directiva del Círculo Mercantil de Cádiz promovió la creación de una Bolsa General de Comercio en la ciudad. Tramitado el expediente por el Gobierno Civil, al amparo de una Orden del Ministerio de Agricultura, Industria y Comercio de 28 de junio de 1886, dos años después concluyó el mismo con los informes que se solicitaron a particulares y corporaciones, que entonces formaban las denominadas fuerzas vivas de la ciudad y que intentaré resumir.

            El Círculo Mercantil consideró que era de vital interés para la ciudad, ofreciendo su propia sede para la instalación inicial de la misma y comprometiéndose a costear el proyecto arquitectónico de la sede definitiva.

            Los señores Aramburu Hermanos “en su opinión y en la de los demás banqueros de esta capital” se mostraron favorables a la idea.

            En el mismo sentido se expresaron los señores Moreno y Quintana “consultados los demás comerciantes de la localidad”.

            En cuanto al Ayuntamiento en su sesión de 30 de septiembre de 1886 acordó sumarse al proyecto “por lo utilísimo y conveniente que será para Cádiz la realización de tal proyecto”.

            La Diputación Provincial en su sesión de 16 de diciembre de 1886 acordó “elevar una exposición a la superioridad sumándose a tan general deseo”.

            El Consejo Provincial de Agricultura, Industria y Comercio se adhirió “por unanimidad”, “conociendo la necesidad que existe de un centro de contratación en esta Plaza subvencionado por el Gobierno y sostenido por sus propios hijos” y esperando “los benéficos resultados que ha de producir su realización”, pidió que se le aplicara la misma reglamentación que tenía la Bolsa de Madrid creada en 1831 pero regulada en 1854.

            En el mismo sentido, la Sociedad Económica Gaditana de Amigos del País acordó en su reunión de 29 de enero de 1887 “adherirse a tan importante proyecto” y dirigirse al Ministro “encareciéndole la necesidad que tiene Cádiz del establecimiento de dicha Bolsa de Comercio”.

             Por último emitió su informe la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación de Cádiz, pero lo hizo en sentido negativo. Conforme con el acuerdo adoptado en su sesión de 5 de febrero de 1887, manifestó su oposición al proyecto “porque las costumbres de esta Plaza no exigen como otras un centro de contratación”, ni “se concluirían anualmente en la Bolsa un número de negocios suficiente para justificar su existencia por la poca extensión que ocupa la parte mercantil de la Plaza” desconociendo “los grandes beneficios que podría aportar al progresivo desarrollo de los intereses mercantiles y de todas las clases de esta población”. Terminaba pidiendo al Gobernador que reclamara a los partidarios de la idea que manifestaran la cantidad que estaban dispuestos a aportar para la instalación de la Bolsa.

            El Gobernador accedió a lo anterior, y ofició dirigirse a los promotores de la Bolsa a que dijeran el importe de su aportación económica, pero los oficios no llegaron a salir del Gobierno Civil, quizás la oposición de la joven pero ya pujante Cámara de Comercio bastó para echar por tierra este proyecto.

            Lo que son las cosas, salvo el Ayuntamiento y la Diputación Provincial, ya han desaparecido de Cádiz la mayoría de los partidarios de la creación de la Bolsa, la Sociedad Económica, los banqueros y casi casi los comerciantes. Sólo permanece pujante en su sede de Antonio López la Cámara de Comercio que, quizás por pensar que sería una competencia a su existencia, se opuso al proyecto.

            Una vez más Cádiz perdió una oportunidad de contar con una institución que la igualaría con las entonces principales capitales españolas.

      Las cosas de nuestra tierra.

La antigua sede de la Bolsa de Madrid en la plaza del Ángel esquina a Carretas.
            Del Archivo Municipal de Cádiz.

               

¿Por qué no se reedita?

            Aunque sé que esta petición, por la insignificancia de esta bitácora y su corto alcance, no surtirá el más mínimo efecto, pero lo dejo escrito por si alguien, con más autoridad o influencia en los medios culturales y políticos, recoge la idea y propicia el llevarla a cabo.

            Se trata de que, aprovechando la conmemoración del traslado de la Casa de  Contratación a nuestra ciudad, se proceda a la re edición de la obra “El pleito Cádiz Sevilla por la Casa de Contratación” editada por la Diputación Provincial de Cádiz en 1984 que contiene el texto facsímil de la Representación que en nombre de la ciudad de Cádiz confeccionó Francisco Manuel de Herrera junto con un estudio preliminar de Manuel Ravina Martín, autoridad indiscutible en esta materia, según se reconoce hasta en nuestra prensa local, reacia a veces a reconocer los verdaderos valores culturales que todavía existen en nuestra ciudad.

¿A quién se dirige esta petición? Poco se puede esperar del Gobierno de la Nación ni de sus representantes en Cádiz, ni sus gustos culturales ni su idea de España les permite pararse a resaltar o conmemorar momentos destacados de su Historia, como ya pudimos comprobar en el 2012.

Tampoco puedo dirigir la petición a la Junta de Andalucía por motivos obvios. No sólo por ser una autonomía que parece que comprendiera sólo dos provincias, Málaga y Sevilla, sino que, por el propio hecho histórico del que trata esta obra, se produciría un rechazo de la misma debido a la personalidad folclórica trianera y sevillana de la persona que dirige el gobierno andaluz.

Inútil sería pedir que esta reedición corriera a cargo, algo lógico en otras latitudes, del Ayuntamiento de Cádiz, que por su ideología, o quizás por la falta de ella, ejerce un clamoroso desprecio hacia cualquier actividad cultural seria. En cuanto a su concepto de la Historia de la ciudad, quizás piense como el autor de esta pintada que apareció hace años firmada por uno de los colectivos que formarían años después este movimiento que nos gobierna: CORTES DE CÁDIZ=FASCISTAS. Sobran más argumentos.

Sí me dirijo a la Diputación Provincial, que en su día manifestó tener la suficiente sensibilidad cultural para imprimirla y que ahora, ha tomado a su cargo, ante la indiferencia de las administraciones antes citadas, la tarea de gestionar y organizar esta celebración. El coste de su impresión no sería muy elevado, si quiere se puede hacer una edición menos lujosa que la anterior que era una verdadera joya bibliográfica, pero creo que supliría la falta de estudios especializados sobre este hecho histórico.

La obra cuya re edición pido. 

Su autor, el tema y el respeto debido a la historia de Cádiz merecen y justifican este no excesivo gasto.   

            

viernes, 20 de enero de 2017

La capilla del Cristo de San Fernando

                Es difícil para mí, que no soy precisamente un experto en Historia del Arte, realizar una crítica sobre un libro como éste, aunque intentaré salir como pueda del aprieto en el que me he metido. Nos encontramos ante un libro serio y riguroso que se fundamenta en un trabajo de tesis doctoral y que por su contenido debe lucir en las bibliotecas de los isleños y gaditanos amantes del todavía existente rico patrimonio artístico de nuestra tierra.

                El libro comienza con un magnífico resumen de lo que supuso el estilo neoclásico como plasmación artística de la ilustración cultural de la ciudad de Cádiz y su entorno, fruto del siglo de oro que vivió la ciudad gracias al comercio con las Indias; dejando sentado por supuesto que al citar a Cádiz nos referimos también a la Real Isla de León que, ante un casi inexistente Extramuros, era el otro Cádiz, una nueva ciudad que se estaba formando con sus mismos patrones sociales y culturales pero en la que ya emergía su propia personalidad urbana. La Isla vivió también su particular siglo de oro ilustrado que todavía no ha sido reconocido, ¿cuándo veremos en la calle Real una estatua al marqués de Ureña, uno de los artífices de esta ilustración isleña cuyo nombre llenaba todavía las salas de los centros culturales como comprobó el historiador francés Hugues Jahier cuando reprodujo su periplo europeo disertando sobre su figura? El libro de Yolanda Muñoz Rey describe certeramente este movimiento artístico y lo enmarca en el espacio geográfico de la Bahía de Cádiz.

                Entrando en el fondo de la obra, nos relata la historia de la hermandad de la Vera Cruz isleña, el proceso de construcción de su capilla del Cristo y las vicisitudes arquitectónicas de ésta hasta el estado de deterioro en que se encontraba hasta que comenzó la Escuela Taller promovida por la hermandad de su restauración. Las fases de ésta nos las describirá detallada y metódicamente, advirtiéndose sus conocimientos de primera mano. Desde los cimientos hasta la cubierta de la capilla, desde los enterramientos hasta su imaginería y su mobiliario; todos los elementos de la capilla son descritos en la situación hallaban así como su proceso de restauración y el resultado final de éste. Todo ello adornado con abundancia de datos técnicos e históricos, que completan una magnífica serie de fotografías, planos y grabados que hacen de esta obra una de las más descriptivas que hemos leído sobre la restauración de un elemento de nuestro patrimonio artístico.


                Felicitamos a su autora Yolanda Muñoz Rey y recomendamos su lectura en estos tiempos en que desgraciadamente la desidia institucional y ciudadana hacen más necesaria que nunca la aparición de obras como ésta, que reivindiquen un trabajo bien hecho en defensa de la verdadera cultura de nuestra tierra.  


jueves, 19 de enero de 2017

Un libro sobre un tema novedoso.





                Los motivos por lo que uno escribe un libro pueden ser varios. En este caso me lancé espoleado por dos estímulos negativos. Por una parte por el fino desprecio del que hacían gala los historiadores franceses que primero escribieron sobre el asociacionismo en nuestro país hace años cuando se puso de moda esta faceta investigadora. En Francia como país moderno y europeo comenzó pronto la creación de asociaciones de todo tipo, en España sólo en los lugares conocidos, Cataluña, País Vasco y algo Madrid. En Andalucía sólo en Sevilla, ¿Cómo no? Pero en fecha tardía, a partir de la Restauración de Alfonso XII. El segundo impulso me vino de los propios investigadores gaditanos, para los que al parecer en el siglo XIX sólo se crearon el Casino Gaditano y el Casino Jerezano, ambos reductos de la burguesía provincial, la única a la que al parecer se le había ocurrido asociarse para relacionarse entre sí y pasarlo bien.

                Tras unos años trabajando en los archivos de nuestra provincia, he publicado este libro que supongo llena, provisionalmente hasta que se publique otra obra más completa que la mejore, una laguna en nuestra historiografía, el hecho de que abarque todo el territorio de la provincia y que se extienda en el tiempo desde la muerte de Fernando VII hasta el advenimiento de la II República, me permite calificarla sin falsa modestia como una obra fundamental y necesaria para cualquiera que quiera profundizar en esta materia.

                Por supuesto que, tratándose de una obra seria y de un autor que trabaja extra sistema, apenas si se ha visto en el escaparate de alguna librería y no ha merecido ni una mínima reseña en la prensa local; desgraciadamente mis conocimientos sobre fútbol o carnaval son muy limitados y no llego ni al aprobado. Los que lean esta entrada si ven este libro ahora al menos podrán identificarlo y sabrán sobre qué trata. Gracias por leerme.
  
               José María Rodríguez Díaz
               

                

miércoles, 18 de enero de 2017

U.S.A. versus Cádiz

                A mi compadre y amigo Antonio Rosón.

El escudo del Consulate.

Pudo ser nada menos que causa de una guerra entre los USA y la ciudad de Cádiz, aunque finalmente pudo solucionarse y la sangre no llegó al río gracias a la sagaz intervención de la Policía Municipal gaditana.

Ocurrió en 1890, años antes de que estallara la verdadera guerra. El mes de mayo el Alcalde de la ciudad leía aterrorizado la misiva que le remitía el Cónsul en Cádiz de los Estados Unidos Mr. R. W. Turner, quien clamaba indignado por un atentado contra la soberanía diplomática de su país. Al parecer utilizando excrementos humanos “había ensuciado algún vagabundo durante la oscuridad de la noche la plancha de metal con el letrero de este Consulado de los Estados Unidos”. Quizás pudiera deberse este atentado “a la orden dada por mí para que no permita que los cocheros, betuneros o gentuza paren en el zaguán del Consulado, en vista de lo cual alguno de ellos apeló a dicho medio cobarde para demostrar su coraje”.

Y argumentaba la gravedad del incidente con este argumento muy actual, “si tal caso hubiera ocurrido en Marruecos donde no hay cristianos y la gente está por civilizar, los Gobiernos interesados se hubieran visto desde luego precisados a entablar reclamaciones, el hecho de haber sucedido en un país de cristianos y civilizado hace más grave el hecho cometido”.

Y terminaba amenazando, que debía comunicar el incidente “a la Legación en Madrid y mi Gobierno en Washington” y recordando “el capítulo de las Leyes de Naciones que trata de la inviolabilidad de las oficinas y residencias de Cónsules de carrera”, esperando que se produjera inmediatamente la detención del agresor.

El Alcalde Accidental Francisco Nicolau le contestó que había dado las órdenes oportunas al Comandante de la Guardia Municipal, esperando la pronta detención y castigo del culpable para no molestar “al representante de un país amigo, aunque le dejaba caer que se trataba “de un hecho particular y sin significación alguna en cuanto se refiere a las relaciones entre las autoridades de distintos países”.   

Al día siguiente, en una brillante operación del “Guardia Municipal encargado del Distrito de la Constitución Francisco Savino, fue detenido el autor del atentado escatológico que puso tener tan graves consecuencias. Se trataba de Manuel Luna, con domicilio en San Rafael 24, conductor de una de las berlinas que paraban frente al número 5 de San Antonio sede del Consulado, quien hábilmente interrogado confesó “haberle llenado al Sr. Cónsul de América la casa puerta de bascosidad”, quedando detenido y a disposición del Juez Municipal de San Antonio.

Tras solventarse satisfactoriamente este grave incidente diplomático el Cónsul agradeció al Alcalde haber encontrado una pronta solución “a lo ocurrido en el zaguán de este Consulado de los Estados Unidos”.

Cádiz pudo respirar tranquila, la amenaza de un gran conflicto internacional había sido apartada gracias a la intervención de la entonces denominada Guardia Municipal, a la que esta entrada rinde un sincero homenaje.

El primer uniforme de la Guardia Municipal.



Del Archivo Municipal de Cádiz.

Nombres para las puertas del nuevo mercado.

            En febrero de 1839 se estaba terminando la construcción del nuevo mercado en la también nueva plaza de la Libertad, levantado en la huerta del que fuera convento de los Franciscanos Descalzos. Una vez acabadas las obras al Ayuntamiento se le planteó un problema, ¿Cómo rotular las cuatro puertas del nuevo mercado? Según la propuesta del Alcalde, si se ponía el rótulo de “Plaza del Mercado” además de que “nada significa porque todos saben lo que es sin que lo diga la leyenda”, estaba “la monotonía de poner un mismo rótulo en las cuatro puertas”, por lo que proponía “darle un nombre a las entradas para distinguirlas y que el público pudiera dar las señas de los puestos sin apelar a los números que no siempre se recuerdan”.

            Y aquí empezó la discusión, ya que se barajaron varias posibilidades: Ponerle a los cuatro arcos Oriente, Poniente, Norte, Sur, propuesta que tenía como ventaja que sólo eran “23 letras en vez de 60 que tiene cuatro veces Plaza del Mercado”, lo que era “una ventaja por la economía del gasto”. Otra propuesta consistía en “escoger cuatro nombres según el gusto que predomine” y aquí venían los gustos: “De los cuatro santos más invocados en Cádiz, Santa Cruz, Santa María, San Servando y San Germán”; “De cuatro gaditanos célebres de dos épocas lejanas, Balbo, Columela, Menacho y Mutis”; “De cuatro héroes de la Libertad, Riego, Mina, El Empecinado y Torrijos”; “De cuatro mártires de Isabel II, Iribarren, León, O´Donnell y Campo Alange”.

            Pero la propuesta que al parecer resultaba más acertada era poner “cuatro nombres análogos al objeto de la plaza, Puerta de la Carne, de la Verdura, del Pan y del Aceite, o bien Puerta de las Hortalizas, del Ganado, de los Cereales, de las Semillas”.

            Una vez puestos de acuerdo los Concejales y previo dictamen de la Academia de Bellas Artes sobre el material y las letras que debían componer los rótulos, el Ayuntamiento sacó a concurso por 3.000 reales de vellón, la construcción y colocación de las 8 lápidas, cuatros por la parte de fuera de los arcos y otras cuatro por su cara interior, que debían estar acabadas y colocadas el 15 de abril.

            Los textos finalmente aprobados, que al final no se colocaron, son los que figuran en la foto adjunta: “En las cuatro lápidas exteriores “Mercado Público”. En la interior del Norte “Plaza de la Libertad”. Interior del Sur “El Ayuntamiento Constitucional”. Interior del Este “La principió en Abril de 1837”. Interior del Oeste “La concluyó en Diciembre de 1838”.  

             

Del Archivo Municipal de Cádiz.